DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Millones de hombres esperan al Redentor»

Publicado: 00/10/1983: 333

Carta Pastoral Domund (1983)

Queridos diocesanos:

La Jornada Misionera del Domund aparece este año estrechamente vinculada al Año Santo de la Redención que se está celebrando en todo el mundo. Se presenta bajo el lema: “Cristo es el Redentor, muchos no lo saben”.

El Año Jubilar, en efecto, reviste un carácter eminentemente misio­nero, pues se propone que todos los hombres conozcan al Redentor y participen plenamente de los bienes de la Redención. “Compenetrarse con el espíritu del Año Jubilar –dice Juan Pablo II- equivale, pues, a em­paparse del espíritu misionero”. Por eso el Domund nos invita a todos a adentrarnos en el misterio de la Redención y a tomar conciencia de nues­tro compromiso misionero que nos obliga a llevar a todos los hombres la Buena Noticia de la llegada del Redentor.

El Redentor ha venido para todos los hombres

Efectivamente, hace cerca de dos mil años, el Hijo de Dios hecho Hombre, realizó la gran obra de la Redención y salvación del mundo, muriendo en una cruz y resucitando de entre los muertos. Vino a liberar al hombre de todos sus pecados y de sus esclavitudes y a dar la respuesta verdadera y válida a los grandes interrogantes que inquietan a los hom­bres y a las sociedades. Llegó como el único y verdadero Salvador. “En ningún otro hay salvación –dice San Pedro-, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos” (Hch 4,12).

Esta Redención realizada por Cristo abarca a todos los hombres de todos los tiempos y lugares, sin excepción alguna. “El Hijo del Hombre –nos dice Jesucristo- vino a salvar lo que había perecido” ( 18,11). Y el Apóstol San Pablo afirma que “Cristo Jesús se entregó en rescate por todos” (I Tim 2,6). Nadie escapa a la acción redentora de Jesús.

Muchos no conocen al Redentor

Sin embargo, después de veinte siglos de cristianismo, miles de millones de hombres todavía no conocen al Redentor y muchos siguen buscando la salvación y la respuesta a los profundos interrogantes de su vida por caminos lejanos, ambiguos o equivocados. Es necesario que tam­bién a ellos llegue cuanto antes la Noticia de la Salvación en Cristo.

Responsabilidad de la Iglesia

Esta es precisamente la misión directa de la Iglesia de Cristo. Sobre ella recae el mandato del Señor de llevar el mensaje de la Redención hasta los últimos confines de la tierra ( 19,20). Ella ha sido “enviada por Dios a las gentes para ser Sacramento universal de Salvación” (A.G. 1).

La Iglesia, consciente de este grave deber, ha sentido siempre la urgencia de evangelizar a todos los hombres y ha enviado numerosos hijos suyos por todo el mundo, anunciando a Cristo Redentor.

Pero, el deber de evangelizar no es propio sólo de algunos especial­mente llamados por Dios, sino también de todo cristiano y de toda co­munidad eclesial, ya que forman parte integrante de la Iglesia universal, que, es “por naturaleza, misionera” (A.G. 2).

Y con respecto a nuestras comunidades, si quieren ser cristianas y eclesiales, han de sumergirse en el misterio de la Redención y estar plena­mente abiertas a la Misión universal encomendada por Cristo. De ningu­na manera podrán replegarse sobre sí mismas y ocuparse de modo ex­clusivo de los hombres que tienen más cerca y conviven en su mismo lugar.

A todos se nos pide cooperación

Todos, pues, hemos de cooperar con generosidad y alegría a la obra de las Misiones. Que nunca falten nuestra oración constante, el ofreci­miento de nuestros sacrificios y de nuestros sufrimientos cotidianos, la ayuda económica para atender a las múltiples necesidades de las Misio­nes, la estima y el apoyo a nuestros hermanos misioneros que, dejándolo todo, se han entregado a la misión de llevar el Evangelio hasta los últimos rincones de la tierra.

Hemos de cooperar y esforzarnos, sobre todo, en el fomento y la promoción de las vocaciones misioneras. Este será el mejor servicio que podemos prestar a la Iglesia de las Misiones. A este fin la Iglesia tiene puesta toda su esperanza en las nuevas generaciones, en los jóvenes. A ellos quiero dirigirme particularmente utilizando las mismas palabras del Papa en su mensaje para el Domund de este año: “Pongan los jóvenes su entusiasmo, sus exuberantes energías y sentimientos, su ardor y audacia al servicio de la Santa Causa de las Misiones… Digo, pues, a los jóvenes: ¡No tengáis miedo! No temáis entregaros a Cristo, en dedicarle vuestra vida mediante el servicio generoso al más alto ideal, el misionero. Os es­pera una empresa maravillosa de gran dinamismo”.

Las Obras Misionales Pontificias

Para encauzar con mayor eficacia esta cooperación espiritual y ma­terial de todos y para la mejor formación de la conciencia cristiana en la dimensión universalista y misionera de los diocesanos, quiero recomendaros vivamente, una vez más, el establecimiento de las Obras Misionales Pontificias en las Parroquias y en los grupos cristianos donde aún no existan. Deseo que ocupen el lugar que les corresponde dentro de la pastoral diocesana.

Que el Domund de este año, tan relacionado con el Jubileo Extraor­dinario de la Redención, nos empuje a todos a abrir de par en par las puertas de nuestro corazón al Redentor y nos lleve a vivir intensamente el espíritu misionero universal, cooperando con generosidad para que el anuncio de la salvación en Cristo llegue pronto a tantos millones de hom­bres que aún no le conocen ni le aman.

Málaga, Octubre de 1983. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais