DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Nuestro deber es anunciar a Jesús»

Publicado: 00/04/1988: 360

Carta Pastoral Misión Diocesana (1988)

 Queridos diocesanos:

Celebramos hoy el Día de la Misión Diocesana.

Al agradecer a Dios el don de la fe, debemos tomar conciencia del deber que nos incumbe de propagarla según la voluntad del Señor: “Id y haced discípulos de todas las naciones” ( 28,19).

En pleno tiempo pascual las lecturas que se nos proclaman en este domingo nos ayudan a comprender la dimensión misionera de nuestra fe.

Es hora ya de que, liberados de complejos vergonzantes, proclame­mos con valentía la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo. Así lo hizo Pedro cuando, después de curar milagrosamente al paralítico que pedía limosna sentado junto a la Puerta Hermosa del Templo de Jerusa­lén, se dirigió a los judíos allí congregados (Hch 3,13…).

Pero, a fin de que el anuncio de la fe cristiana tenga credibilidad, es necesario que esté apoyado por el testimonio de fidelidad evangélica de quien predica. Así nos lo recuerda el apóstol Juan en la lectura de su primera carta. Guardar los mandamientos es vivir aquello que creemos (I Jn 2,1…).

Y todo esto es posible cuando, como los apóstoles y algunos discí­pulos de Jesús, se tiene experiencia de la resurrección de Jesús; es decir, cuando se posee la profunda convicción de que Cristo vive y actúa entre nosotros (Lc 24,35…).

Si verdaderamente creemos, debemos ser misioneros de una u otra manera. El creyente no vive su fe de manera individual y exclusiva, sino que, convencido de que sólo por ella llega la salvación a todas las perso­nas, unido a la comunidad eclesial, la predica con gozo y esperanza a fin de compartir con otros el don recibido.

Hay muchos a quienes todavía no les ha llegado la Buena Noticia de la salvación. Entre ellos quizás contemos a familiares, amigos y conocidos nuestros. Nuestro deber es anunciarles a Jesús.

Pero, nuestra obligación se extiende mucho más allá. Llega de una manera especial a aquellas personas con las que, por razones de historia, de cultura, de idioma, nos sentimos unidos. Me refiero concretamente a nuestros hermanos de Latinoamérica.

Es cierto que en aquel Continente se implantó hace años la fe cató­lica; fe católica que ha dado y sigue dando frutos de santidad que estimu­lan y alientan a toda la Iglesia. Tanto es así que en muchos aspectos las comunidades cristianas de Latinoamérica superan a las de Europa.

Sin embargo, dado el crecimiento demográfico y la extensión de aquellas naciones hermanas, sus Iglesias particulares no cuentan con las suficientes personas y medios para el apostolado. Estas razones obligan a la Diócesis de Málaga a que, desde su pobreza, ayude generosamente a aquellas comunidades de Latinoamérica.

Málaga viene haciéndolo ya hace muchos años. Pero ahora debe­mos redoblar nuestra generosidad, tanto en personas como en medios. Mi último viaje a Venezuela y República Dominicana me lo han confir­mado.

Hoy, Día de la Misión Diocesana, quiero dar las gracias a aquellos malagueños que aceptaron ser enviados para colaborar con los Pastores de aquellas Iglesias particulares.

Y a vosotros, queridos diocesanos, pido el apoyo de vuestra ora­ción, de vuestro afecto y también de vuestra ayuda económica. Nuestros “enviados” tienen unas necesidades concretas para poder llevar a cabo su misión. Debemos ayudarles. En hoja aparte podéis constatar lo que nece­sitan.

Seamos generosos para con ellos y para con todos los demás espa­ñoles que ofrecen su colaboración a las Iglesias jóvenes de Latinoamérica.

La Eucaristía que estamos celebrando es la máxima expresión de nuestra fe y, al mismo tiempo, la fuente de la que emana la fuerza para proclamarla.

Málaga, Abril de 1988. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais