DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«¿Es distinto el Cristo que unos y otros entendemos y seguimos?»

Publicado: 00/01/1979: 356

Carta Pastoral con motivo de la Semana Oración Unidad de los Cristianos (1979)

 Queridos diocesanos:

Se acerca la Semana de la Unidad de los Cristianos, a celebrarse los días 18 al 25 del presente mes de enero. Se nos pide orar y reflexionar sobre «una causa grande y delicada», como es la unión entre cristianos.

Despreocupados

Produce profundo dolor la triste indiferencia e incluso fría animad­versión de muchos ante este problema acuciante y actual. Por unos y otros motivos, se le considera secundario y accidental en la vida cristiana. No voy a examinar los motivos de este fenómeno. En la raíz quizás esté el no plantearnos con suficiente claridad nuestra jerarquía de valores, no acabar de convencernos que buscar y fomentar la unión, es un espíritu que entronca con el ser mismo del Cristianismo. A eso añadamos el man­dato expreso de evangelizar y proclamar la Buena Nueva.

Así como no es auténtico cristiano quien no vive como «testigo de Jesús», tampoco lo es quien no dedica su fuerza y su talento a realizar el precepto tajante de «amaos unos a otros...».

La fidelidad

El Papa Juan Pablo II en sus primeras palabras después de su elec­ción, habló de la fidelidad a la misión recibida. Desde la suya propia se refirió a la de todos los fieles, indicando que «la fidelidad es un deber que dimana de la condición de cristianos... Pónganla en práctica y den testi­monio de ella con ánimo dócil y sincero...» y enseguida añadió: «En este momento no podemos olvidar a los hermanos de otras Iglesias y Confe­siones Cristianas. Demasiado grande y delicada es, en efecto, la causa ecuménica para que podamos dejarla sin una palabra nuestra. ¿Cuántas veces hemos meditado juntos el testamento de Cristo, que pidió al Padre, para sus discípulos el don de la unidad (Jn 17, 21-23)? ¿Y quién no re­cuerda la insistencia de San Pablo acerca de la «comunión del espíritu» con la cual los discípulos de Cristo tienen «una misma caridad, una sola alma, un solo y un mismo pensamiento»? (Flp 2, 2,5-8). Es increíble que se dé todavía el drama de la división entre los cristianos, que es para todos causa de perplejidad y acaso también de escándalo. Intentamos, por tanto, proseguir en el camino, ya felizmente comenzado, y favorecer aquellos pasos que valgan para remover los obstáculos, deseando que, gracias a un esfuerzo concorde, se llegue finalmente a la comunión per­fecta».

Varias veces en estos párrafos repite el Papa conceptos interesantes que os invito a tener muy en cuenta:

-Califica a la causa ecuménica de «grande y delicada».

-Nos llama a la meditación conjunta del testamento de Cristo y de la insistencia de Pablo.

-La división de los cristianos es, dice, dramática e increíble, causa de perplejidad y escándalo.

-Propone la comunión perfecta como ideal del esfuerzo común.

Como podréis ver, el Papa parece querer confirmarnos en la fideli­dad a esta causa de unir, siendo lazos de unión. ¿Podremos continuar en nuestra despreocupación e indiferencia?

El don personal supone ser fieles a la comunidad

Este año el tema de la Semana está tomado de la 1ª Carta de San Pedro. El apóstol indica que estemos al servicio unos de otros para gloria de Dios y escribe: «que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido como corresponde a buenos administradores de la gracia de Dios, tan variada» (1 Ped 4,10). O sea que el don personal, dado a cada uno por Dios, tiene carácter social, supone fidelidad a la comunidad... Antes, indicaba «ante todo, vuestro amor sea ardiente, porque el amor cubre la multitud de los pecados». Y todo en función de la segunda veni­da del Señor, tan cerca, que en cierto sentido está ya presente (V. 7).

¿Cómo es posible la fidelidad a esta indicación de San Pedro en la actual coyuntura cristiana? Ante tanta división, mi amor no puede ser del todo ardiente ni mi don personal beneficiar plenamente a los demás... Hay eslabones que faltan... No hay fidelidad a la unión de la cadena en su conjunto.

Reflexionemos

Esto es doloroso. Con todo, mayor dolor aún, si cabe, se siente al reflexionar sobre un hecho muy actual. El Alfa y Omega, el Hijo del Amor, el Redentor muerto por todos, sigue siendo causa de desunión.

Asistimos atónitos al espectáculo incomprensible de unos cristia­nos desautorizando a otros en nombre de Aquel que pidió solemnemen­te al Padre «que todos sean uno...». Se ha escrito incluso que es distinto el Cristo que unos y otros entendemos y seguimos... Se cumple todavía el grito desgarrado de Pablo... «¿Es que Cristo está dividido?». No hay ma­yor infidelidad a lo que El es, nos da y enseña.

Estas ideas breves y sencillas, quizás nos hagan comprender la ur­gente necesidad de ser fieles a un punto esencial de nuestro ser y queha­cer cristiano. Recomponer la unidad eclesial es labor de todos, deshacer el escándalo de la desunión no es de unos ni de otros, sino algo personal e intransferible... No valen excusas de cualquier signo que sean. Debe­mos vivir este espíritu hacia dentro y hacia fuera de la comunidad indivi­dual. Sólo así se realizará nuestra fidelidad al don personal, recibido de Dios.

Termino de nuevo con unas palabras vibrantes de Juan Pablo II dándoles un matiz de unidad.

«¡No tengáis miedo! ¡Abrid más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo...! Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Está invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, -os lo ruego, os lo imploro con humildad y confianza-, que Cristo hable al hombre. Sólo El tiene palabras de vida, de vida eterna» (Juan Pablo II en el discur­so de su instauración como Sumo Pontífice).

Y Cristo, -Palabra del Padre-, uno e indiviso, rogó claramente y sin rodeos: «…que todos sean uno...». Es su palabra de vida que nosotros debemos hacer realidad.

Málaga, Enero de 1979. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais