DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Radiografía en negativo de la Juventud»

Publicado: 00/08/1989: 353

Carta Pastoral Jornada Mundial de la Juventud (1989)

 El próximo día 19, con motivo de la Jornada Mundial de la Juven­tud, el Papa se encontrará en Santiago de Compostela con más de tres­cientos mil jóvenes. Allí estará también un grupo de chicos y chicas ma­lagueños.

Espero, queridos jóvenes, que después del Encuentro tendréis opor­tunidad de leer detenidamente el Mensaje que Juan Pablo II dirigirá a la juventud del mundo entero.

Mientras tanto, y a fin de que os sirva para uniros espiritualmente al gran acontecimiento que tendrá lugar en tierras gallegas, os ofrezco unas reflexiones cristianas sobre el tiempo de vuestra juventud.

No os dejéis manipular

Hay quien sistemáticamente alaba a la juventud. La adulación está al lado opuesto de la sinceridad, y siempre conlleva un interés inconfesa­ble. El adulador no admira; especula.

Para teneros contentos y con tal que no molestéis, con frecuencia se os consienten y aplauden expresiones verbales, gestos y actitudes ante la vida con los que en realidad la mayor parte de adultos no están de acuer­do.

Más aún, puede darse el caso de personas o grupos que os alaban con el fin de sacar ventajas a favor de sus propios intereses. Basta recor­dar el movimiento «Hippie» y el «Mayo Francés del 68», nacidos del descontento juvenil, y más tarde aprovechados en beneficio de determina­dos poderes económicos o ideológicos. Por ejemplo, el pantalón vaquero (símbolo en años pasados del «hippie») fue aprovechado por multinaciona­les de la moda que han llegado a imponerlo a los jóvenes del mundo entero. También se puede decir algo semejante del slogan del Mayo del 68 «la imaginación al poder», amaestrado y sentado cómodamente en sillones del Parlamento.

Con lo que acabo de escribiros, queridos jóvenes, no enjuicio aque­llos acontecimientos, simplemente os advierto que cualquier movimien­to juvenil, de uno u otro signo, puede ser asumido por el sistema o apro­vechado por los que detectan el poder, a base de aplausos y alabanzas.

Si los grupos de jóvenes inquietos de San Francisco de California y de París hubieran encontrado a su lado adultos críticos, tal vez lo positivo de aquellos movimientos habría sido incorporado a la cultura moderna.

Necesitáis «maestros»

A pesar de vuestro afán de independencia, vosotros necesitáis «maes­tros» en el sentido más profundo de la palabra. Sí, os hacen falta «maes­tros» que os escuchen, que tengan paciencia con vosotros, que sepan esperar, que os animen... pero también que os corrijan. Tened en cuenta que no todo lo que pensáis, decís o hacéis es acertado y justo por el hecho de ser jóvenes.

Muy pocos jóvenes aceptan hoy como verdadera aquella máxima que dice «Quien te quiere, te hará llorar». Admito que esta máxima pue­de ser mal interpretada, pero estoy convencido que tiene una buena do­sis de verdad.

Es necesario, queridos jóvenes, que desconfiéis de las alabanzas tó­picas que se os hacen, que huyáis del adulador y que aceptéis las correc­ciones que los mayores os hacemos, a pesar de nuestras propias limita­ciones.

La vuestra es una aportación insustituible

Si embargo, sería un craso error que para evitar la adulación, los mayores no reconociéramos vuestras cualidades.

Sabemos por la historia que todas las generaciones jóvenes han aportado a favor de la sociedad la crítica a sistemas o modos de vida supe­rados y han creado o renovado estilos de convivencia.

Por otra parte, también constatamos que cada nueva generación de jóvenes ofrece al mundo unas aportaciones positivas, originales e insustituibles, propias de un momento histórico concreto.

En este sentido debemos reconocer que el común de vosotros, jó­venes de hoy, es sumamente sensible a todo lo que puede lesionar la jus­ticia, la verdad, la libertad y la sinceridad. Estoy convencido que, entre otras cosas, ésta es la aportación de vuestra generación a la historia de la humanidad.

Los adultos debemos agradeceros todo lo que digáis y hagáis a fa­vor de una comunidad humana que, en tiempos pasados no muy remo­tos todavía, se vio (y todavía se ve) atrapada por la injusticia, por la men­tira, por la esclavitud y por la hipocresía.

Reconoced vuestros propios errores

La perfección absoluta es un atributo que sólo corresponde a Dios. Todas las demás criaturas somos imperfectas por naturaleza o por volun­tad.

Vosotros, queridos jóvenes, no escapáis a esta punzante realidad. También tenéis imperfecciones; unas las habéis heredado de nosotros, los mayores; otras son exclusivamente de vuestra responsabilidad. Y de­béis reconocerlo.

Sirviéndome de unas ideas de Mons. Uriarte, celoso obispo y pro­fundo psicólogo, creo que se os puede ofrecer un retrato-robot o radio­grafía en negativo de vuestra propia juventud.

Los rasgos son los siguientes:

1º. Los jóvenes de hoy actuáis más a impulsos de simples deseos, que por pasiones profundas.

2º. Los jóvenes de hoy os movéis más por intereses, que por opcio­nes.

3º. Los jóvenes de hoy tenéis más percepciones, que convicciones.

La pantalla de la computadora nos da una fisonomía con profun­dos rasgos de superficialidad.

Posiblemente, queridos jóvenes, el retrato-robot de vuestra juven­tud sea el resultado de un ambiente familiar y social en el que los adultos os hemos educado.

La superficialidad que parece caracterizaros puede ser fruto de la educación que os ofrece la sociedad de consumo, y en la que, a fuerza de facilitaros todas las cosas y satisfacer vuestros caprichos, ha llegado a embotar la inteligencia y deteriorar la voluntad de muchos de vosotros.

Hablo, por supuesto, en términos muy generales. Siempre habrá jóvenes que por circunstancias muy variadas no encuadran en absoluto en este retrato-robot que hemos descrito.

¿Juventud cristiana imposible?

Un joven matrimonio extranjero que, hace unos años, escogió nues­tra provincia para pasar sus vacaciones, me decía que el ambiente de nuestra costa hacía prácticamente imposible la vida cristiana a cualquier joven.

La afirmación me dolió. Me dolió por frívola y generalizada; por­que en tan escaso tiempo nadie puede formular una opinión sobre un colectivo humano determinado; porque me consta que muchos jóvenes «están ya de vuelta»; porque entre vosotros los hay que ponen un sincero esfuerzo en vivir coherentemente la vida cristiana; porque en muchas parroquias, movimientos apostólicos, cofradías, peñas, asociaciones re­creativas y culturales, sindicatos, partidos políticos... hay chicos y chicas que les dan un aire renovado; me dolió, finalmente, porque entre voso­tros los hay de generosidad radical que optan por la vocación a la militancia seglar cristiana o la vida consagrada.

A pesar de las dificultades que podáis tener, apreciados jóvenes, no debéis renunciar a un proyecto de vida personal y comunitaria que supe­re en perfección al proyecto que un día hicimos los que os hemos prece­dido en la juventud.

La conversión o cambio de vida

Dios nos llama a la conversión, es decir a un profundo cambio de vida. Esta llamada afecta ante todo a los adultos; pero también a vosotros, jóvenes, llega la invitación de Dios, realizada en Cristo, presente en la Iglesia.

La conversión conlleva, entre otras, unas exigencias sobre las que quisiera hablaros de una manera muy concreta:

1º. Es necesario que sepáis «deteneros interiormente»; que agudicéis vuestra capacidad de observación. No podéis dejar que, con la velocidad de la moto o del coche, todo se deslice vertiginosa­mente a vuestro lado, sin daros apenas cuenta de nada.

2º. Debéis buscar razones profundas y convincentes para vuestra vida. No podéis limitaros a centrar vuestra ilusión en las noches del viernes o las tardes del sábado. No convirtáis las discotecas en templos.

3º. Debéis ser libres, entendiendo por libertad lo que os integra, armoniza y desarrolla interiormente. No seáis esclavos del alco­hol, ni de la droga, ni del sexo, ni de vuestros propios intereses.

4º. Sed constantes en el trabajo y en el estudio. La inconstancia genera superficialidad y fracaso.

5º. Apreciad a vuestros mayores. Reconoced sus valores. No les echéis la culpa de todo lo que anda mal.

6º. Apasionaros por Jesucristo, el Señor Jesús que predica la Iglesia. Huid de cualquier secta o grupo sectario que pudiera darse aun dentro de la misma Iglesia. Liberaros del subjetivismo.

7º. Sed generosos. Generosos con Dios y con el prójimo. «No endu­rezcáis vuestro corazón», como dice el salmo, si Dios os llamare a integraros activamente en grupos organizados de apostolado o la vida sacerdotal o religiosa.

Vuestros derechos

Vosotros, queridos jóvenes, exigís vuestros derechos. Y lleváis ra­zón. Pero, olvidáis con demasiada frecuencia vuestras propias obligacio­nes.

Tenéis derecho a desarrollaros corporal, intelectual y espiritualmen­te. Pero tenéis la obligación de poner todo lo que dependa de vosotros en superar aquellos obstáculos que encontréis en el camino de la vida.

Tenéis derecho a la verdad, a la autenticidad. Pero debéis buscarla, seguirla, defenderla y proclamarla.

Tenéis derecho a encontrar el sentido de la vida, que es tanto como decir el gozo de vivir. Pero también tenéis que luchar contra todo aquello que engendra la muerte física o moral.

Jesucristo está a favor vuestro

Los derechos que os corresponden no los reclamáis vosotros solos. Cristo, el amigo que nunca falla, los reclama con vosotros y para voso­tros. De El sacaréis fuerzas para hacer posible que, partiendo de vuestros deberes, vuestros derechos sean reconocidos y realizados.

El Papa en Santiago de Compostela nos dirá más cosas y con mayor autoridad. Juan Pablo II, sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia es el eco peculiar de la voz de Jesús que nos sigue diciendo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Será necesario escuchar al Papa y llevar a cabo las orientaciones que ofrezca a la juventud del mundo.

Málaga, Agosto de 1989. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais