DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Sobre los trasplantes de riñón»

Publicado: 00/01/1971: 871

Carta Pastoral (1979)

Queridos diocesanos:

Todo cristiano tiene el derecho de preguntar a sus pastores, integra­dos en la comunidad, cuál debe ser su postura evangélica ante situacio­nes nuevas de la vida.

La respuesta que reciba, no inhibe su responsabilidad personal, tanto en la recta formación de su conciencia, como en la determinación que tome. Con todo, el cristiano necesita apoyarse en las orientaciones de la comunidad eclesial, que le hará más humilde y certero en sus decisiones.

La presente carta, queridos diocesanos, quiere ser también una orientación sobre situaciones nuevas que se dan entre nosotros.

El contenido de estas líneas parecerá tal vez de escasa importancia o de inútil generalización de hechos esporádicos que interesan a pocos. Sin embargo, yo pienso que es un servicio humilde y sencillo que puede orientar a algunos, y ampliar los horizontes de la generosidad cristiana de todos.

El hecho

El hecho que paso a exponer, y que puede repetirse, es el que ha motivado la presente carta.

En el Departamento de Nefrología hay un enfermo renal, cuya úni­ca posibilidad de sobrevivir, humanamente hablando, es la de un tras­plante de riñón. En el mismo Centro de Sanidad agoniza un paciente, a causa de otra enfermedad. Estudiados detenidamente ambos casos, los responsables del Departamento de Nefrología piden a los familiares de este último poder extraerle un riñón, inmediatamente después de muer­to. Los familiares se niegan rotundamente. Entre las razones aludidas, dicen que tanto el agonizante como ellos son cristianos.

Todos sentimos un inmenso respeto y cariño para con los cuerpos de nuestros familiares fallecidos.

Sin embargo, si alguna vez se diera el caso expuesto, ¿cuál debería ser nuestra actitud cristiana?

Más aún: si después de un minucioso examen médico, se nos ase­gura que uno de nuestros riñones puede salvar la vida de un familiar o de otra persona, sin que la extracción nos afecte gravemente, ¿qué debemos hacer?

La presente carta, sin poder ni querer ser exhaustiva, intenta dar una respuesta sencilla y clara a los católicos malagueños ante un nuevo reto a la generosidad cristiana.

El don de la vida

En toda la extensión y hondura de la Biblia, la vida se nos presenta como un don sagrado, en el que Dios manifiesta su generosidad y miste­rio. La vida aparece como corona y culmen de la creación.

«Y dijo Dios:

Bullan las aguas con un bullir de vivientes,

y vuelen los pájaros...

Y los bendijo, diciendo:

Creced y multiplicaos...

Produzca la tierra vivientes según sus especies…

Y Dios vio que era bueno” (Génesis 1,20-25)

Como última y más perfecta obra de sus manos, Dios crea al hom­bre semejante a El; lo constituye rey y señor de los vivientes, dotado de inteligencia y libertad, con poder y señorío sobre el resto de la creación.

 «Y Dios creó al hombre a su imagen;

 a imagen suya lo creó;

 varón y hembra los creó.

 Y los bendijo, diciendo:

 Creced, multiplicaos, llenad la tierra

 y sometedla» (Génesis 1,28).

 El poder y señorío sobre las demás criaturas serán un servicio a ellas mismas, ayudándoles a cumplir su cometido y a ocupar el lugar que les corresponde en el maravilloso concierto de la creación. El despotismo y ciego antojo estarán siempre contra el poder servicial.

«Lo hiciste (al hombre) poco menos que un dios;

lo coronaste de gloria y dignidad;

le diste el mando sobre las obras de tus manos,

todo lo sometiste bajo sus pies...» (Salmo 8,6-7).

Así, el hombre es, de una manera especial, signo expresivo de la presencia de Dios sobre la tierra.

Y si Dios es fuente y defensor de la vida, igualmente el hombre debe hacer todo lo que noble y justamente esté a su alcance para que la vida subsista y se perfeccione.

«Dios no hizo la muerte,

ni goza destruyendo a los vivientes.

Todo lo creó para que subsistiera.

Las criaturas del mundo son saludables» (Sabiduría 1,13-14).

El hombre, colaborador de Dios en el don de la vida

Dios hace al hombre su colaborador en la donación de la vida, dán­dole el poder de transmitir el origen o principio de la vida inteligente y libre a otros seres (Génesis 1,1,28).

Y si, a la vez, Dios se presenta como el que mantiene la vida (Salmo 104, 29-30), el hombre compartirá también con el Señor el poder divino de conservación de la existencia (Salmo 8,5-7).

El don recibido de Dios de conservar la existencia es ejercido, entre otras formas, a través de una profesión especial: la medicina. Tal vez por esto, el libro bíblico «Eclesiástico» reviste la profesión de la medicina de una aureola sacra por difundir y conservar la salud de los hombres, apun­tando hacia el bienestar que Dios quiso desde el principio para toda la creación.

«Dios hace que la tierra produzca remedios;

el hombre prudente no los desdeñará...

Con ellos el médico alivia el dolor...

Dios concedió al hombre inteligencia

para que se gloríe con la eficacia divina;

así no cesa su actividad,

ni la destreza de los hijos de Adán» (Eclesiástico 38,4-8).

Jesús, «el médico»

Jesús, el Hijo de Dios, a lo largo de su vida terrena, hecha servicio a favor de los demás, estuvo en frecuente contacto con los enfermos. Una gran parte de sus gestos milagrosos se inspiraban en la compasión que sentía para con los leprosos, tullidos, epilépticos,...

Es cierto que, en el caso de Jesús, las curaciones milagrosas son «expresiones profundas» que significan otra realidad mucho más honda: la liberación y salvación integral.

Porque sin Dios, todos somos espiritualmente ciegos, sordos y pa­ralíticos. La curación corporal que Jesús realiza, es símbolo de la curación «total», que El viene a operar a favor del hombre: el perdón del pecado y la liberación de sus consecuencias (Mc 2,1-12), su iluminación (Jn , 9) y su vivificación interior (Jn, 5).

Y si el designio y la acción de Dios por medio de Cristo es:

«...reconciliar consigo el universo,

lo terrestre y lo celeste,

después de hacer la paz con su sangre derramada

 en la cruz...» (Col, 1,20)

y si con nuestra colaboración podemos «completar lo que falta a las penalidades del Mesías...» (Col, 1,24), es cierto que todos debemos ser colaboradores de la gran obra de Dios, aun en aquello que de «terrestre» tenga.

Los enfermos de riñón

Desde esta perspectiva del gran don de la vida, lesionada por el pecado, restablecida de manera maravillosa por la redención de Cristo y ofrecida libremente a todos los hombres,... quiero dar a conocer a unos y recordar a otros, un angustioso problema que pesa sobre los afectados, preocupa a los médicos de nuestra provincia y exige la atención de todas las personas de buena voluntad, principalmente de aquellos que nos sen­timos estimulados y comprometidos por el mandamiento nuevo del amor: «Amaos unos a otros, como Yo (Jesús) os he amado» (Jn, 13,14).

Se trata, como ya he dicho antes, de los enfermos de riñón, afecta­dos por una insuficiencia renal crónica y sometidos al tratamiento de la hemodiálisis periódica o riñón artificial, para purificar su sangre de la urea.

 La característica de esta enfermedad y su tratamiento obligan al paciente a acudir al hospital para someterse al mecanismo del riñón arti­ficial con una frecuencia media de tres sesiones semanales de seis horas cada una. Para ellos es una necesidad estrictamente vital, porque, o se someten a dicho tratamiento o mueren.

Problema acuciante en Málaga

Según los datos que me han proporcionado los mismos médicos, el número de tales enfermos en nuestra Provincia es aproximadamente de un centenar. La cifra, baja en apariencia,  es alarmante en su proporción; más, cuando, según parece, tiende a subir por muchas razones, que aho­ra no hacen al caso.

El problema se torna acuciante no sólo por razón del número y por los trastornos físicos que conlleva la enfermedad, sino también porque el tratamiento al que el paciente se ve obligado y que le exige abandonar su trabajo, afecta profundamente las condiciones de su realización personal. Así, se dan en el enfermo incluso perturbaciones en su carácter. Y no es raro que de todo ello se siga una marginación mayor o menor del entor­no social en el que vive.

Otro factor que agrava el problema

En el aspecto socio-humano, los enfermos de riñón de nuestra Pro­vincia son, en su mayor parte, de un índice cultural muy bajo. Un sesen­ta por ciento trabajaban en el sector rural o en el de la construcción.

Esto hace que si, a pesar de su estado delicado de salud, exigidos por razones económicas o sociales, intentan incorporarse de alguna ma­nera a la vida normal, les resulta casi del todo imposible. Su integración al mundo laboral no les permite desarrollar aquellas fuerzas físicas nece­sarias, para las que antes estaban capacitados. Por otra parte, su escasa preparación les priva de aceptar otro trabajo de menor esfuerzo físico, pero de mayor signo intelectual.

Los esfuerzos de la ciencia medica actual

Me consta que el Servicio de Nefrología de Málaga, encargado de la atención de estos enfermos, recurre a todos los medios posibles para pa­liar esta situación.

Sin embargo, los escasos recursos y las propias características de este grupo de enfermos, condicionan en gran medida su rehabilitación vital y social.

Pese a los grandes esfuerzos hechos por los investigadores de la ciencia médica, existen muchos problemas sin resolver.

Porque, aun en los casos que la situación clínica del enfermo no es «límite», su tratamiento, como antes he dicho, les impone una reducción muy notable en su trabajo y en su misma convivencia familiar y social.

El trasplante como solución más eficaz

El trasplante renal es, por ahora, la solución más estable, y en mu­chos casos definitiva, cuando va acompañada del éxito.

Afortunadamente cada año son mejores los resultados, gracias a los adelantos que la ciencia médica está realizando en este campo.

Es espectacular observar a uno de estos enfermos cuando recibe un riñón y éste funciona adecuadamente. La anemia desaparece y la activi­dad del enfermo puede ser la de una persona totalmente normal.

Conozco a una mujer, ama de casa, que había quedado totalmente inutilizada a causa de una enfermedad renal. Después que su propia madre, ya mayor, le ofreció uno de sus riñones, ahora desarrolla todas sus actividades con perfecta normalidad.

También se conocen otros casos de hombres  que, después de un trasplante aceptado por el propio cuerpo, han vuelto a conducir camio­nes de gran tonelaje o a realizar otros trabajos que exigen esfuerzos físicos considerables.

Trasplante de un riñón de una persona fallecida recientemente a un enfermo renal

Veamos ahora, siempre bajo el prisma de la fe y ética cristiana, las posibilidades de trasplantes de riñón.

La manera más normal y frecuente de llevar a cabo el trasplante de riñón es extirpándolo de un difunto, sea éste familiar o no del enfermo.

En algunos países se da el caso de que muchas personas de buena voluntad manifiestan por escrito o verbalmente su deseo de donar algu­no de los órganos de su cuerpo, ya fallecido, para que pueda ser ofrecido a un enfermo.

Más frecuente es todavía el caso de trasplante de riñón de un difun­to a favor del enfermo renal, si aquél no hubiera manifestado lo contrario en vida, y con el debido consentimiento de los familiares más allegados.

Nuestros infundados escrúpulos

Entre nosotros, este tipo de donación es poco menos que excepcio­nal y rara. La razón puede ser el arraigado sentimiento de administración exclusiva e intransferible por parte de los familiares, en lo que al cuerpo del difunto y a cada uno de sus miembros se refiere.

Pensamos menos en la posibilidad de que se disponga de nuestro cuerpo, después de la muerte, porque generalmente desconocemos la utilidad que tal disposición puede aportar a la vida y salud de otras perso­nas.

Como cristianos hemos de comprender que el hecho de disponer de nuestros riñones después de fallecidos, es una manera de dar sentido a nuestra muerte, sobre todo cuando ésta tiene lugar de forma inespera­da o accidental.

Los cuerpos de nuestros difuntos fallecidos recientemente

Por lo que toca al cuerpo de nuestros familiares pueden frenarnos falsas concepciones religiosas o un exagerado sentido del debido respeto hacia los restos mortales de los seres queridos.

Sin embargo, nuestra fe nunca podrá oponerse a que dispongamos de esta manera de aquel cuerpo, sino que por el contrario, más bien nos ha de impulsar a un tal acto de caridad siempre que sea posible. En modo alguno faltaremos al respeto debido a todo difunto si permitimos que sus riñones se pongan al servicio de la salud y vida de nuestros hermanos enfermos.

Ninguna razón en contra. Muchos motivos a favor

Desde una perspectiva ética cristiana, no se encuentra ninguna ra­zón en contra de la donación de riñones de una persona fallecida a favor de un enfermo.

Con todo, conviene recordar los siguientes principios:

a) En aquellos casos en que el donante, por testamento verbal o escrito, ha manifestado su voluntad de ofrecer, después de muerto, uno o ambos riñones, sólo se podrá ejecutar su voluntad, cuando se dé la muer­te real.

b) En los casos en que el difunto no manifestó su voluntad en con­tra de tal donación, los médicos o científicos deben pedir la autorización de los parientes. En caso afirmativo, no sería honesto hacerlo por fines lucrativos, sino sólo por motivaciones altruistas o de caridad.

Manifestar en vida nuestra voluntad de donación

Es un acto de amor anticipado al prójimo, manifestar por escrito o de palabra ante varios testigos, la voluntad de donar los miembros de nuestro cuerpo, una vez muerto, a favor de los que los necesitaren o, simplemente, a favor de la investigación de la ciencia médica, que tarde o temprano redundará en bien de la humanidad.

También sería de desear, como antes he dicho, que los deudos del difunto concedieran esa autorización, interpretando así su buena volun­tad de ser útil con su cuerpo, ya muerto, a favor de los demás.

Todo lo dicho queda justificado por razones de amor al prójimo, solidaridad humana y colaboración al gran don de la vida.

Donación de un riñón de una persona viva a favor de un enfermo

El trasplante puede efectuarse también con un riñón procedente de una persona viva.

En naciones de índice cultural más elevado que el nuestro, estos casos de donación son frecuentes, sobre todo entre familiares del enfer­mo.

También en este caso habría que tener presente la finalidad altruis­ta. Porque difícilmente se podría justificar la donación, si se hiciera con fines lucrativos, a no ser que este lucro fuera, a su vez, exigido por otra necesidad vital.

La donación de un riñón debe ser siempre signo de amor al próji­mo, y este amor es precisamente el que la justifica.

Los moralistas católicos

Tiempos atrás se discutió entre los moralistas católicos sobre la lici­tud moral, tanto desde la perspectiva humana como desde la cristiana, de poder ofrecer algún miembro del propio cuerpo, cuya donación no afectara gravemente al donante, a favor de otra persona que lo necesitara irremediablemente para poder vivir o gozar de un mínimum de buena salud.

Hoy día, los moralistas católicos tienen como lícita tal donación y el consecuente trasplante. Y esto basándose en los valores de solidaridad y amor cristiano que entrañan tales donaciones, como también en los avan­ces y progresos de la ciencia, que permiten concluir que no existe grave riesgo ni para el donante, ni para el receptor. Habrá que respetar, eso sí y como requisito fundamental, que la donación se realice con plena liber­tad y que la intervención quirúrgica del trasplante tenga suficiente pro­babilidad de éxito en cada caso concreto.

El riesgo del donante

La donación de un riñón de una persona viva a favor de un enfer­mo, comporta consecuentemente una cierta limitación física en el do­nante. Pero tal limitación está justificada y es totalmente lícita desde el punto de vista ético, si consideramos la acción en su conjunto, y se cum­plen las siguientes condiciones:

a) Que el dador obre con total libertad y no por coacción.

b) Que sea por motivos altruistas.

c) Que exista una razonable expectativa de éxito en el receptor.

d) Que se prevea que la salud física y psíquica del donante no va a sufrir quebranto grave.

Supuestas estas condiciones y teniendo en cuenta los reparos últi­mamente señalados, la donación de miembros lejos de ser reprobable desde el punto de vista moral, será una acción positiva y laudatoria, signo de solidaridad humana, y en el creyente signo también de caridad cristia­na.

No es un deber absoluto

Es cierto que no se puede hablar, en ninguno de los casos anterior­mente expuestos, de una absoluta obligación o deber moral frente al pró­jimo o familiar que sufre. Pero sí es innegable que estas donaciones supo­nen un saber hacer realidad lo que tantas veces formulamos como prin­cipio fundamental cristiano: la salud y la vida al servicio del amor.

Una llamada a los servicios competentes

Quién sabe, y éste sería mi deseo, si esta carta podrá mover la gene­rosidad de algunos de entre nosotros. En este caso, sería lamentable que tal generosidad no se viera facilitada por todo el aparato burocrático que supone la donación de miembros del propio cuerpo o del cuerpo de al­gunos de nuestros allegados fallecidos.

Comprendemos que debe existir una legislación sobre los trasplan­tes, con el fin de evitar abusos e injusticias. Pero, en todo caso, debe ser una legislación ágil y actualizada, que más que entorpecer un acto de generosidad, lo facilite.

De ahí que, haciéndome portavoz de muchos cristianos y personas de buena voluntad, pido a quienes corresponda que revisen toda la legis­lación que pudiera relacionarse con la problemática de los trasplantes.

Una generosidad creativa

He titulado esta carta como “Un nuevo aspecto de la generosidad cristiana”. Porque si es verdad que con la formulación del mandamiento del amor cristiano «Amaos unos a los otros, como Yo os he amado», se nos ha dado el principio definitivo de toda nuestra ética, también es cier­to que, en la medida que la vida hace camino, se van presentando situa­ciones y posibilidades diferentes que exigen una aplicación actualizada del mandamiento del amor, tal y como nos lo dejó Jesús. Este será el quehacer de la Iglesia: iluminar con la luz del principio evangélico las realidades nuevas que la vida nos va deparando.

Para la persona humana, la vida es un reto a su creatividad. La fe cristiana debe potenciarla.

Dios quiera que mi reflexión ayude en este sentido.

Y que la Virgen María, la más fiel colaboradora al plan de salvación trazado por Dios en la persona de su Hijo, sea nuestro modelo y nuestra intercesora.

Málaga, Enero de 1979. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais