DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Habituales donantes de sangre»

Publicado: 00/06/1990: 378

Carta Pastoral (1990)

 Queridos diocesanos:

La falta de sangre constituye uno de los grandes problemas que afectan a nuestros hospitales y clínicas. Este problema se agudiza en la provincia de Málaga a causa de los accidentes sobre todo durante el vera­no en el que miles de turistas nos visitan o pasan el verano entre nosotros.

Invito con todo interés a todos los católicos de la diócesis de Málaga a dar una respuesta positiva al problema referido; y lo haremos en la medida en que seamos habituales donantes de sangre.

Si el mandamiento nuevo que nos dio Jesucristo al decirnos que debíamos amarnos unos a otros como El nos amó, lo tenemos en cuenta y queremos vivirlo de una manera real, no podemos desentendernos de una necesidad pública y urgente que de una u otra manera nos afecta a todos. En este caso concreto me refiero a la necesidad de transfusiones de sangre exigida en algunas operaciones o a causa de accidentes de tráfico.

En muchas ocasiones os he dicho que la ayuda a los demás no debe constituir un hecho esporádico en nuestra vida, sino que debe ser una actitud habitual. De la misma manera en que insisto a comprometeros periódicamente a donar una cantidad estable a Cáritas Diocesana para ayudar a los necesitados, ahora lo hago pidiéndoos que os comprometáis a ser habituales donantes de sangre. Recordemos que la persona operada

o accidentada casi siempre se encuentra en extrema situación; sin las ne­cesarias transfusiones de sangre, muchos pacientes no podrán sobrevivir. Ayudarles con nuestra propia sangre es expresión real de nuestro amor cristiano.

Cuando un pariente o amigo enfermo necesita sangre, acostumbra encontrar fácilmente donantes entre sus allegados y conocidos. Cuando el paciente es un desconocido, la solución es más difícil. A este último caso me refiero de una manera especial. Nuestra sangre donada gratuita­mente, desconociendo al que la recibirá, supone una actitud de amor más altruista y, por tanto, mucho más meritoria ante Dios.

Lo mismo digo cuando se trata de donar órganos de algún pariente fallecido. En este sentido, todos deberíamos manifestar explícitamente la voluntad de donar los órganos de nuestro cuerpo una vez fallecidos. Esta decisión es ya de por sí un auténtico acto de amor a favor de los demás.

Os lo decía ya en 1979 en una carta pastoral que trataba directamente sobre este tema.

Termino insistiendo en lo que constituye el pequeño mensaje cen­tral de esta breve carta: a todos aquellos a quienes la edad y la salud lo posibiliten, pido que se hagan donantes habituales de sangre, de acuerdo con lo establecido por la sanidad pública.

Los católicos debemos ser los primeros en colaborar en todo lo que sea justo y noble a favor de una sociedad que a veces no puede progresar debida y correctamente a causa del egoísmo o desconocimiento de las necesidades ajenas.

No dudo que la diócesis de Málaga, siempre generosa cuando se trata de ayudar a los demás, se convertirá dentro de poco tiempo en la pionera de donantes habituales de sangre.

Málaga, Junio de 1990. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais