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«Huellas de un santo por tierras malagueñas»

Publicado: 00/02/1987: 961

Carta Pastoral con motivo de la Beatificación de Mons. Marcelo Spínola (1987)

 Queridos diocesanos:

El próximo día 29 de Marzo, el Santo Padre, Juan Pablo II, beatificará en Roma al Emmo. y Rvdmo. Mons. Marcelo Spínola. Noticia digna de ser resaltada y conocida por todos. El nuevo beato es español, andaluz, natural de San Fernando (Cádiz).

Pero se da otro motivo que explica que la diócesis de Málaga viva con especial alegría este hecho y yo, como obispo al servicio de la misma, cumplo el grato deber de haceros llegar una semblanza de Don Marcelo. Y el motivo es obvio: Mons. Spínola fue obispo residencial de Málaga en la década comprendida entre 1886 y 1896.

Un grupo de cristianos viviremos el señalado domingo de marzo, representando a toda la Comunidad Diocesana en Roma. La mayoría de los católicos malagueños unirán su oración de gratitud a Dios en la cele­bración de la Eucaristía y en los actos que se organicen con tal motivo y que, a su debido tiempo, serán dados a conocer.

Málaga y el nuevo obispo

El 16 de setiembre de 1886 Don Marcelo llegaba a Málaga proce­dente de la diócesis de Coria. Con nosotros permanecería hasta 1.896 en que marchaba a presidir la Archidiócesis de Sevilla.

Las últimas palabras pronunciadas en la diócesis extremeña ayuda­ban a los malagueños a conocer el talante del nuevo obispo:

“Amad con todas vuestras fuerzas a la Iglesia y ese amor, que en nuestro pecho arde también vivo confundiéndose con el amor de Dios y con el amor del Corazón de Jesús... será lazo que, aun cuando estemos unos de otros a larga distancia, nos mantendrá fuertemente unidos...”

En su primera pastoral, el obispo Spínola describe con acierto y cariño nuestra querida Málaga, su nueva Diócesis:

“La hermosa Málaga ha sido espléndidamente favorecida por el cie­lo. Su posición en la ribera del Mediterráneo no le permite envidiar a la antigua Tiro, reina del mar, ni a la grandiosa Cartago, cons­tante rival de Roma... Nada faltó a Málaga y puede ufanarse de haber dado el ser a hombres ilustres, ornamentos unos de la ciencia, otros de las letras y no pocos de las armas y de la religión”.

Málaga no le defraudaría. Fueron diez años de trabajo incansable como Pastor. De vida en plenitud. Y, ya al final, hizo una confidencia que tiene el mismo acento afectivo de sus últimas palabras en Coria:

“Málaga fue mi Tabor”. “Amo mucho a Málaga donde he encontra­do que me han pagado mis desvelos con afecto muy superior a mis pobres merecimientos”.

El, que siempre se preció de buen gaditano, descubrió el corazón de los malagueños. Fue captado fervorosamente por la Provincia que sólo conocía antes por referencias.

Málaga vivía en aquella época unas circunstancias económico-so­ciales no fáciles. Hoy entendemos lo que representa la crisis industrial. Pues, bien, aquellos años trajeron experiencias negativas de pobreza. Las minas se agotaban, la filoxera acaba con la riqueza de los viñedos mala­gueños, el puerto marítimo bajó fuertemente su movimiento. Por otro lado, la situación rural era generadora de miseria, de pobreza no querida por Dios.

El problema se manifestaba en la vida de la Diócesis y tenía conse­cuencias complejas para la fe de tantos hombres y mujeres. Don Marcelo no tardó en conocer la dura realidad.

El Obispo-Pastor

Desde el primer momento de su llegada a Málaga, Don Marcelo se volcó en el servicio de los malagueños. Visitó, predicó, celebró sacramen­tos.

El contacto con todos y la predicación constituyeron el primer ca­pítulo de su quehacer.

Si durante los años que permaneció en la diócesis de Coria visitó pueblos de las Hurdes que no habían conocido jamás a un obispo, aquí fueron los pueblos más alejados, aquellos que no tienen carretera, ni faci­lidad alguna, los primeros que le recibieron. La Axarquía, la Serranía, contemplaron el subir y bajar de un Obispo que quiso conocer y ser conocido, que tenía inquietud de predicar el Evangelio y de celebrar sacra­mentos cuando fuera necesario; un Obispo que escuchó a los pobres la­briegos que vivían situaciones de estrechez, de hambre e injusticia.

Cuando escribía a su madre y hermana les relataba las pocas horas que tenía de descanso, los pueblos que visitaba y las enseñanzas que ad­quiría con el contacto de las gentes sencillas.

El hospital de Málaga, los suburbios y la cárcel componían, asimis­mo, la trilogía de lugares que supieron de la presencia repetida de Mons. Spínola. Los bienes que poseía dada su ascendencia familiar, ya para aque­llas fechas muy reducidos, se gastaron para solucionar algo de la mucha necesidad. Enfermos y detenidos le conocían personalmente, como si fuera el párroco que se acercaba a sus feligreses.

Y cuando el terremoto o el cólera asolaron zonas extensas de la Dió­cesis, su preocupación no se redujo a la oración. Solicitó ayuda de los que podían dar. Se hizo presente allí donde la respuesta positiva era previsi­ble. Incluso pidió a los sacerdotes que cedieran el 10% de la exigua ayuda económica que recibían. Y así lo hicieron todos porque, aparte la genero­sidad de los presbíteros, el estimulo del testimonio del propio Obispo impidió a ninguno cerrarse en su propia necesidad.

En defensa del obrero

Como se ha escrito en la relación de los pocos españoles capaces de percibir las urgencias sociales de la época, hay que señalar a Don Marcelo. A este respecto manifestó:

“No desconocemos que el obrero se queja, a menudo con razón, de la conducta usada para con él por el capitalista, que, codicioso de ga­nancia, lo explota cual si fuese una máquina a la que no se da más que aceite y sebo para que se mueva ligera y funcione con perfección”.

Pero había situaciones que no podían esperar el cambio de estruc­turas, ni siquiera la conversión de las personas. Junto a la denuncia, hizo lo posible por disminuir el mal que no era otro, en su radicalidad más inhumana, que el hambre. Por eso creó un servicio de comidas gratuitas y abrió un asilo donde pudieran dormir los que no tenían techo.

Maestro de la fe

El «pastoreo» de Don Marcelo llevó consigo, y muy especialmente, ser “maestro de la fe”. La enseñanza que brindó a los diocesanos encon­tró cauce de excepción en las “Pastorales”. Especialmente, y es dato a tener muy en cuenta, en las que escribió con motivo de los ciclos litúrgicos de Adviento y Cuaresma.

Fueron muy comentadas porque iluminaban con profundidad a los creyentes y facilitaban la preparación de las fiestas de Navidad y Pas­cua.

Un dato deseo hacer notar porque manifiesta la especial sensibili­dad que entraña su magisterio. Don Marcelo escribió poco más de un mes después de la toma de posesión:

“Una fiesta cristiana no es el simple recuerdo de un misterio, sino el misterio mismo en acción”.

¿Qué es lo que hizo que el Obispo transmitiera en los primeros días de su estancia en Málaga esta casi definición de la Liturgia, en un mo­mento en el que la comunidad cristiana vivía tan pobremente lo celebrativo y el concepto de Liturgia tenía tantas dificultades para llegar a ser alimen­to del pueblo de Dios?

Sólo la valoración y el conocimiento de lo que es la Liturgia para la Iglesia y el aspecto celebrativo y de memorial de la misma, pudo hacer escribir al santo Obispo la frase citada anteriormente.

Impulsó las catequesis, potenció las distintas formas de predica­ción; y de él mismo se puede afirmar que fue el primer predicador. Como indican los testimonios y escritos de la época, Mons. Spínola se encontró con frecuencia «predicando» cada día en tres o cuatro lugares distintos o a personas diferentes.

El obispo y los sacerdotes

Desde su llegada a Málaga quiso estar cerca de los sacerdotes y seminaristas. Procuró, por lo mismo, vivir muy entrañablemente todo lo relacionado con el Seminario que se encontraba situado en el mismo edi­ficio donde él residía. Desde el ventanal que daba al patio contemplaba a los futuros sacerdotes en el juego, en la oración y en el estudio. Poco a poco se estableció la mejor relación entre el Obispo y ellos.

A los sacerdotes, diseminados por la geografía diocesana, manifestó su preocupación de pastor bueno y padre de los sacerdotes.

El 22 de junio de 1896 escribió lo que en la práctica había intenta­do:

“Más que un clero numeroso, quiero para mi Diócesis un clero ejem­plar y santo”.

Santo, “porque en el sacerdote es la santidad más que en nadie grata, esplendorosa, activa”. El listón quedó situado donde debe. La or­denación sacerdotal era título de radicalidad evangélica que el Obispo tenía presente en su magisterio a los sacerdotes.

Por eso, desde el primer año de su estancia en Málaga organizó tres tandas de Ejercicios Espirituales a las que invitó a todos. Siempre dirigió algunas de ellas y las pláticas de las otras dos también fueron predicadas por él.

Organizó lo que él mismo denominó “Asociación sacerdotal de cola­boradores del Corazón de Jesús”.

Pero, especialmente, se ha de resaltar su cercanía a los sacerdotes. El testimonio siguiente manifiesta con claridad la confianza con que le trataban:

“La casa episcopal fue para todo sacerdote su verdadera casa sola­

riega, la casa del padre en la que penetraban con toda confianza y

cariño que inspiraba la morada paterna y a donde se iba de día y de noche a ver al padre, a cuya discreción se confiaban todos los secre­tos... a cuyo acierto se pedían los necesarios consejos... y donde todos salían consolados y confortados”.

El obispo y la cultura

Un capítulo excepcional de su vida lo constituyó su actitud ante el hecho de la cultura.

Su postura ante un mundo que conocía el avance técnico era posi­tiva. Cuando no en todos los sectores eclesiales fue comprendido el desa­rrollo, Don Marcelo Spínola estuvo clarividente. Son impresionantes es­tas afirmaciones suyas:

“La Iglesia nos ha hecho amar el progreso...” “El reinado de Dios no es la anulación del hombre”. “Nada de lo que hay entre nosotros de bueno destruirá el reinado de Dios”.

No había recelos, por tanto. Si en la sociedad existían males no se debían al verdadero progreso, sino a la utilización del mismo en contra del hombre.

Su preocupación tuvo en este campo otro hecho: la ignorancia. Lle­gó a escribir a este respecto:

“Peor que el hambre es la plaga de la ignorancia en España”.

Esta clara visión del grave problema de la sociedad española adqui­ría tintes tan fuertes, que le hizo fundar la Congregación de las Religiosas Esclavas del Divino Corazón de Jesús. Nacidas en Coria, no descansó has­ta que llegaron a Málaga.

Sus religiosas en Málaga

En 1887 profesan las primeras religiosas y es cuando reciben la apro­bación diocesana que, con profunda alegría, les concedió quien reunía en su misma persona ser Obispo y Fundador. Años más tarde, el 25 de octu­bre de 1893 abrieron la casa de Ronda.

Málaga y Ronda, las dos fundaciones de las Esclavas que se man­tienen desde entonces y que tanto bien han sabido y querido hacer a generaciones de niñas y jóvenes malagueñas.

La Diócesis les agradece lo que han trabajado, y tiene la profunda convicción de que continuarán, desde el espíritu de Don Marcelo Spínola, contribuyendo a la edificación de la Iglesia diocesana y sirviendo el pro­yecto evangelizador que se constituye en respuesta de fidelidad al Señor y de amor a la sociedad que tiene tan especiales características.

Los medios de comunicación

Una segunda problemática conoció, en el capítulo de la cultura, el santo Obispo: los medios de comunicación social, especialmente el perio­dismo.

Valoró la importancia que tenían en el desarrollo de la sociedad, en el avance de la increencia y del anticlericalismo. Supo de la fácil manipu­lación a la que estaban sometidos. Pues bien, su campaña no se redujo a la protesta o a la advertencia. Siendo Arzobispo de Sevilla consiguió la publicación de un periódico: “El Correo de Andalucía”. Y tan importante lo consideró el Cardenal, que escribía:

«Erigir un templo es cosa excelente; levantar un hospital, rasgo de

misericordia... pero el manantial más fecundo de bienes consiste en

derrochar dinero sin esperanza de lucro en diarios populares”.

El hombre interior

Necesario es que nos asomemos al interior de este hombre. Si bien es verdad que por las obras se conoce a las personas, es indispensable que descubramos matices de su personalidad de creyente.

Monseñor Spínola que respondió a lo que es conocido como “voca­ción tardía”, porque se decidió al sacerdocio después de haber ejercido la carrera de abogado, tuvo clara su meta. La misma que, después, ha que­dado enseñada por el Vaticano II: vocación a la santidad. Será su objetivo prioritario. Tres frases, escritas en distintos momentos de su vida, señalan la dirección:

“Quiero la santidad o la muerte...”

“El tiempo se va, y si en él no nos hemos santificado, ¿qué hemos hecho? ¿De qué nos ha servido la vida?”

“¿Para qué vivir si no hemos de ser santos?”

Cómo vivir la fe

El horizonte al que se encaminó cada día le hizo configurarse pro­gresivamente en hombre de fe. Fe que, enseñó, “es el problema funda­mental de la vida cristiana”.

No podemos olvidar que sólo hacía unos años (1870) que la Iglesia había vivido un Concilio que estudió el tema de la fe. Me refiero al Con­cilio Vaticano I. Para el Obispo Spínola, el grave problema de la fe no era la aceptación de alguna verdad o de todas las verdades. El problema bási­co consistía en “cómo vivir la fe”.

Fe que no es un añadido que cada persona se traza. La fe para Don Marcelo fue “dar vida” a toda la existencia. Valgan dos expresiones muy suyas:

“El soplo de la fe lo vivifique todo”.

“Con arreglo a la fe vuelva cada cosa a ocupar el lugar que en razón y por justicia le pertenecen”.

 Este vivir en fe le condujo inexorablemente a la vivencia de dos virtudes evangélicas imprescindibles en cualquiera que tome en serio el evangelio: la pobreza y la reciedumbre.

El Obispo falleció tan carente de bienes que fue necesario vender sus libros para sufragar sus deudas.

Conocidas son las anécdotas, los hechos de su vida, sobre su vieja ropa o la impresión que le produjo a un chico travieso, que entraba con reiteración en la casa episcopal, la austeridad de la vida del Prelado.

Pero, asimismo, aquel Obispo de cuerpo frágil, de contextura asce­ta, enmarcó una persona cuyo talante fue la reciedumbre. Mons. Spínola integró, desde la fe, sufrimientos repetidos. Es la constante de toda per­sona que quiere, a partir de la vocación cristiana, hacer algo por los de­más. Un día comunicó sus sentimientos más profundos:

“He perdido el paladar de tantas amarguras como he tragado”.

Reciedumbre que le hizo vivir según tríptico muy suyo:

“Orden, que multiplica el tiempo. Plan de acción, que facilita las obras. Pureza de intención, que avalora los hechos”.

Conclusión

El Concilio Vaticano II en su Constitución “Lumen Gentium” ense­ña a propósito de los santos “que están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación” (n. 49).

Es el bien amplio que recibimos al venerar con afecto profundo y sincero al nuevo Beato de la Iglesia. Junto a la gran alegría que experi­mentamos por considerarle tan nuestro, tan de la Diócesis, como Obispo que fue de ella, estamos seguros que, con su ayuda, seremos consolida­dos en la santidad y sabremos acertar en la edificación de la Iglesia.

Para todos, pero especialmente para mí, el Beato Marcelo Spínola, se nos brinda como ejemplo de vida evangélica autentificado para nues­tra Diócesis.

No podemos borrar las huellas de un hombre que vivió entre nues­tros antepasados y siguió de una manera heroica a Jesucristo. Al reavivar su memoria, nos sentiremos alentados en la fidelidad a caminar por el sendero que nos abrió Jesús y que nos conduce al Padre.

Y si las dificultades nos acechan, recurramos a María, la Inmaculada, de cuya mano el Beato Spínola supo asirse confiadamente para seguir al divino Maestro, Cristo Jesús.

Málaga, febrero de 1987. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais