DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Adoración y Contemplación del Misterio Eucarístico»

Publicado: 00/09/1983: 905

Carta Pastoral en el I Centenario de la Adoración Nocturna de Málaga (1983)

 En el próximo mes de Octubre se cumplen cien años de la Adora­ción Nocturna en Málaga. Queremos celebrar este Centenario con la solemnidad que merece tal acontecimiento. Pienso que, a través de este largo período de años, la vida cristiana de nuestra Iglesia particular ha recibido, especialmente gracias a la Eucaristía, favores incontables de parte de Dios y un fuerte impulso para mantener creciente la fe, la esperanza y el amor.

Si la Eucaristía es “raíz y quicio de la comunidad cristiana” (PO. 6) porque “es fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (LG. 11), hemos de reconocer siempre su influjo vital y dinamismo constante en la Iglesia. No sólo a través de la celebración de la Eucaristía, “memorial perenne de la muerte y resurrección de Cristo” (SC. 47), sino también a través de su presencia permanente en templos y oratorios y con la piedad y culto eucarístico que ofrece y vive cada día el pueblo cristiano.

Por eso nuestra Iglesia particular de Málaga está de fiesta. Quiere alegrarse con gran gozo y expresar su gratitud profunda a Dios por el misterio eucarístico que nos dejó Jesús, haciendo presente en todo mo­mento su sacrificio redentor, pudiendo participar del banquete pascual, gozando de su presencia permanente en nuestros sagrarios y siendo sig­no eficaz y estimulante de unidad y fraternidad entre todos. En conse­cuencia, la Diócesis quiere agradecer también el amor, la esperanza, la alegría, el perdón y tantos otros bienes, fruto de esta fecunda realidad eucarística, que ha derramado en abundancia sobre nuestro pueblo de Málaga y que tienen un cauce efectivo en la Adoración Nocturna.

Agradecer, revisar y profundizar

La Eucaristía es un don, una riqueza que Dios en Jesús nos concede gratuitamente desde un amor inimaginable: “habiendo amado a los su­yos los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Espléndido regalo del Padre Dios, que en su Hijo “quiso poner su tienda de campaña entre nosotros” (Jn 1,14) y hacernos pregustar y vivir los valores del Reino: amor, verdad, justicia, fraternidad y esperanza de gloria futura. Todo ello concentrado y realizado en Jesús, Hijo de Dios, Salvador y Señor.

Este don de Dios implica una respuesta. Está dentro del marco de una Nueva Alianza (Jer 31,31-34; Mc 14,24), con las exigencias propias de la misma. Entraña, consiguientemente, una tarea y un compromiso constante.

La celebración de este Centenario nos obliga, entonces, a revisar la realidad de nuestra vida cristiana para conocer hasta qué punto hemos sido “el servidor fiel y solícito” ( 25,21), que ha trabajado con el don recibido y ha logrado un crecimiento y desarrollo de esa riqueza al ser­vicio de la comunidad. ¿Realmente nuestra vida personal y comunitaria ha alcanzado la adultez de fe y amor fraterno que exige la celebración y encuentro diario con la Eucaristía? ¿Se nota en nuestra Diócesis un es­fuerzo constante por superar el egoísmo, abriendo caminos anchos a la justicia auténtica, al respeto de los derechos humanos, a construir la paz y fraternidad, fruto del amor y compromiso con Dios en la nueva Alianza de Jesús?

Justa valoración del Centenario

Hace cien años que la Adoración Nocturna se inauguraba en la ciu­dad de Málaga. Hombres y mujeres de todas las edades y profesiones, en número incontable, se han ido encontrando junto a Cristo-Eucaristía para testimoniarle cada noche su fe y sincero amor. Y, unidos a El, ofrecer a Dios la adoración, alabanza, acción de gracias, propiciación y súplica por las necesidades de Málaga y del mundo.

¡Cuántas noches suman, estos cien años, en las que el sacrificio, la alabanza, la oración del pueblo malagueño han estado presentes junto a la Eucaristía! Cristo ha encontrado siempre “servidores fieles en vigilia constante” (Mc 13,35-37) durante toda la noche, a pesar del cansancio, del trabajo, del sueño, del frío o del calor, de las propias limitaciones de edad o enfermedad. ¡Son testigos fieles de una fe, probada en el sacri­ficio!

En el canto y recitar de salmos y en la plegaria silenciosa y callada de los adoradores nocturnos, junto “a aquel que siempre vive intercedien­do por nosotros” (Heb 7,25), Dios ha recibido alabanza y amor, y Málaga unas gracias y estímulos abundantes que han dado vitalidad cristiana y progreso humano a todo el pueblo.

Es justo, entonces, nuestra gratitud sincera y un merecido recono­cimiento a la fe, sacrificio y oración de estos buenos e innumerables ado­radores.

El Obispo Don Manuel González

Al “Obispo del Sagrario”, Dn. Manuel González, inolvidable Pastor de Málaga, tenemos que recordarlo en estas fechas. Es un deber de parte de todos. Su vida está marcada por la Eucaristía. Y marcó también la Diócesis. Su fe impresionante en el Jesús del sagrario fue el motor de su existencia y el gran impulsor de la piedad eucarística en sacerdotes, reli­giosas y laicos. En los quince años de Obispo en Málaga tuvo como obje­tivos prioritarios pastorales un Seminario nuevo y renovado en el espíri­tu, la formación y espiritualidad de los sacerdotes, la evangelización y catequesis del pueblo. Todo ello desde un centro convergente y vitalizador: la Eucaristía.

“En ella, dice Dn. Manuel González, hay que llenarse hasta rebosar de Jesucristo, y empapar de ese amor a todo el que se nos acerca. Y salir por las calles y plazas ebrios de El”.

Efectivamente, un aire nuevo corrió por nuestra ciudad y por los pueblos de la Diócesis: era el espíritu evangélico que manaba del Jesús-Eucaristía, hecho presencia viva en tantos adoradores, amigos y acompa­ñantes fieles en las horas del día y de la noche. “Estoy convencido”, dice, de que en la “eucaristización” de la escuela, del seminario, del púlpito, de los centros de acción, de los procedimientos apostólicos, de todo el traba­jo y de las orientaciones todas de la vida cristiana, está el súmmum de su seguridad, eficacia y prosperidad”.

La renovación pastoral experimentada en aquellos años y que ha seguido influyendo en tantas personas y realidades diocesanas, tiene su fuente y empuje dinamizante en aquel Obispo que así concretó su minis­terio el día de su entrada en Málaga: “Que el Evangelio vivo sea bien conocido, el Maná escondido sea gustado y el Modelo vivo que en El se exhibe sea copiado”.

Significación teológica de la adoración

Hay muchos que se preguntan si todavía tiene significado la adora­ción eucarística en nuestros días; si no basta sólo con la celebración co­munitaria de la Eucaristía. Hasta qué punto, hoy que el activismo y la eficacia inmediata, la acción social y caritativa, la militancia y trabajo apos­tólico es lo que prima y se intentan como tareas primordiales en todas partes, siguen teniendo valor esos ratos de silencio o visitas al Santísimo, esas horas de oración en grupo, diurna o nocturna, mientras se recitan salmos o se hacen plegarias ante Cristo sacramentado. A muchos cris­tianos, en efecto, les resbalan y les resultan ya superfluos, vacíos y carentes de sentido. De ahí la realidad que en estos últimos años venimos ya vi­viendo de “desafección”, ausencia, minusvalía, supresión de las visitas al Sagrario.

Ante estos hechos, que todos vamos constatando, es bueno y nece­sario preguntarse: ¿Realmente la adoración eucarística, tan pujante en otros momentos de la historia, tiene hoy significado y dimensión teoló­gica? ¿Podemos garantizarle un puesto en la vida y dinamismo creciente de la Iglesia?

La presencia permanente de Jesús en la Eucaristía

Pablo VI en la Encíclica “Mysterium Fidei” dice: “La Eucaristía es conservada en los templos y oratorios como el centro espiritual de la co­munidad religiosa y parroquial, más aún de la Iglesia universal y de toda la humanidad, puesto que bajo el velo de las sagradas especies contiene a Cristo, Cabeza del Cuerpo de la Iglesia, Redentor del mundo, centro de todos los corazones, por quien son todas las cosas y nosotros por El”.

Es de capital importancia tener muy claro lo que significa Cristo permanente en la Eucaristía, para descubrir el valor teológico de su presen­cia y las exigencias que entraña una adoración y encuentro o visita per­sonal con El.

Fundamentalmente es prolongación de la Eucaristía celebrada. Las especies eucarísticas dicen siempre relación profunda con el sacrificio ofre­cido y mantienen vinculación plena con El. Perpetúan su presencia.

Toda Eucaristía, en efecto, es actualización de la muerte y resurrec­ción de Cristo, con todo lo que significa de amor, entrega, fidelidad a la voluntad del Padre, en servicio de una acción redentora, que es remisión de todos los pecados y liberación integral del hombre y del mundo.

La presencia permanente de Cristo bajo las especies sacramentales implica, en consecuencia, un estar “siempre” en actitud de ofrecimiento: amor, adoración, fidelidad, oración continuada al Padre por todos los hombres. Y en espera constante de cuantos quieran, desde el encuentro personal, sintonizar con sus sentimientos, amor y actitudes, y vivir en oblación y compromiso sincero los frutos de su victoria sobre el pecado y nueva vida, conseguidos en la cruz. (Cfr Instr. Euchar. Myster. 50).

Toda Eucaristía celebrada es memorial de la Alianza Nueva, cuyas estipulaciones y cláusulas profundas son los valores del Reino y están compendiadas en el Mandamiento nuevo del amor fraterno. La presen­cia continuada de Jesús en la Eucaristía es, entonces, un compromiso constante de Alianza para el hombre que se acerca y le adora, en favor de la fraternidad auténtica y unidad sincera: “Como Yo os he amado” (Jn 13,34) y como “Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti” (Jn 17,21). Sacramento perenne del amor y de la universalidad.

Es una forma impresionante y significativa del amor y entrega en las especies de pan y vino para que, a través de la comida sacrificial y fraterna, el hombre participe vitalmente del sacrificio de Cristo e intente vivir y compartir en la solidaridad más estrecha. La adoración eucarística puede reactivar esa vivencia profunda con Cristo, hermano universal, y estimular al hombre a dar y a darse como El, con generosidad plena.

Toda Eucaristía celebrada es, además, signo permanente de la pre­sencia también del Espíritu que da plenitud a la obra salvadora de Cristo, el Señor, y alienta y realiza, a través de la Iglesia, la expansión, crecimien­to y exigencias del Reino. Cristo, presente en la Eucaristía, perpetúa esta acción constante del Espíritu y es fuente perenne de estímulo y compro­miso para una colaboración y actividad militante de cuantos le visitan, adoran y aceptan con verdadera fe.

Aquí debemos también recordar lo que S.S. el Papa Juan Pablo II decía a los adoradores nocturnos de España, con motivo de su visita apos­tólica a nuestra Patria: “la Eucaristía es misterio de fe, prenda de espe­ranza y fuente de amor a Dios y a nuestros hermanos”.

Estas reflexiones teológicas en torno a las especies eucarísticas ofre­cen unos valores y dimensiones, ciertamente significativas y de gran peso, que pueden dar a la adoración y encuentros personales con Cristo en la Eucaristía densidad, validez y garantías serias para una vida cristiana fe­cunda y comprometida.

¿Por qué, entonces, la realidad que constatamos en nuestro pueblo cristiano hoy de indiferencia, “desafección”, vacío, alergia, en cuanto se refiere a esa adoración, visitas, encuentros con Cristo Sacramentado? ¿Nos pedirá, tal vez, Dios una purificación de formas y adherencias extrañas, crecidas en el correr del tiempo, y un mejor discernimiento, a la luz del Espíritu, de los auténticos valores teológicos que ayuden a un aprecio más objetivo y a una mayor vitalidad y desarrollo de la piedad eucarística?

Causas que han podido disminuir la piedad y culto eucarístico

No intentamos hacer un análisis exhaustivo de las causas que han influido y siguen influyendo en esta situación endémica que padece, en general, la adoración eucarística. Ni podemos ni tal vez acertaríamos en todos los casos. Es bueno, sin embargo, subrayar algunas de esas causas, aunque sea sólo de paso, que nos hagan reflexionar y estimulen a una serena revisión:

-La decadencia de la oración personal privada.

“Es un hecho, como nos decía Pablo VI en una alocución de 1970, que este tipo de oración está en baja. Mientras la oración comunitaria y litúrgica recobra auge y difusión, la oración personal disminuye con gra­ves inconvenientes para el cristiano y la vida de la Iglesia”... Si existe, pues, una decadencia de este tipo de oración privada, no es extraño que se note la misma situación en la adoración eucarística.

-La espiritualidad individualista.

Algunos cristianos han fomentado y vivido una forma de oración demasiado individual y aislada. Proliferación de visitas al Santísimo, en un marco muy personal de rezos y oraciones privadas, con detrimento de celebraciones comunitarias y litúrgicas, que reflejasen de una manera clara la unidad y vida del cuerpo eclesial.

-El enfoque a veces demasiado sentimental de la piedad eucarística, que tanto subrayaba el abandono y soledad del Jesús del Sagrario y la necesidad de “reparar” los ultrajes y desprecios de los suyos. Hoy la teo­logía presenta con mayor fuerza y realce al Cristo resucitado y glorioso, de quien procede en hontanar perenne, todo honor y gloria en alabanza al Padre por el Espíritu. Y pide a los hombres se incorporen a este miste­rio de adoración, acción de gracias, propiciación e impetración, unidos vitalmente a El.

-Toda esta realidad un tanto decadente está propiciada, sin duda, por dos razones fundamentales:

  •  Haber aislado y olvidado prácticamente la vinculación que exis­te entre especies eucarísticas y Eucaristía celebrada, tan esencial para vivir y comprender las dimensiones teológicas de la mis­ma, subrayadas ya anteriormente.
  •  Desconocer, en consecuencia, los auténticos valores de la teolo­gía eucarística, que tanto ha mermado la dimensión redentora, el sentido fraterno universal y el compromiso misionero por el Reino.

 

Hacia una adoración renovada y creciente

Pienso que, a la luz de estas consideraciones, debemos descubrir la acción del Espíritu en la Iglesia. El nos acompaña siempre en nuestro caminar, nos ayuda a discernir cuanto no es evangélico y ofrece nuevas pistas que nos vayan llevando a la verdad plena. (Cfr Jn 16,13).

¿Es que no es altamente positivo el resurgir de la celebración eucarística con un sentido más pleno de la participación y compromiso comunitario? ¿No es también interesante que tengamos más conciencia de las limitaciones y obstáculos que impiden una auténtica piedad eucarística?

Ojalá, en este mundo tan cargado de materialismo y donde la esca­la de valores está trastocada, la celebración de este Centenario nos lleve a descubrir con un sentido más profundo el significado teológico de la ado­ración y vivirla con una dimensión más renovada y creciente (cfr. Myster. Fidei, ap. 5). Ser los adoradores que el Padre busca: “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23).

“…Toda la comunidad eclesial, dice Pablo VI, recibe su vida y amor en este centro permanente que es la persona misma de Cristo. La adhesión a esta presencia asegura la conservación y el desarrollo de la vida comunitaria de la Iglesia, de su unidad con El” (Cong. Euc. Perú, 1965).

La Adoración Nocturna hoy

Con estas reflexiones sobre la adoración eucarística, se puede valo­rar mejor el significado positivo y actual de la Adoración Nocturna. Si, efectivamente, es una realidad de fe la presencia continuada de Cristo en las especies sacramentales, en relación profunda y prolongación del sa­crificio celebrado, la adoración brota, en consecuencia, como parte inte­grante y necesaria.

El culto eucarístico, los encuentros y coloquios personales con Jesu­cristo en la Eucaristía son manifestaciones de una fe, un reconocimiento, una gratitud con Aquel que nos amó hasta la muerte, y mantiene este amor y entrega continua, siempre en actitud de ofrenda y con los mis­mos sentimientos de entonces, en fidelidad perpetua a Dios y a los hom­bres.

Y aquí entra de lleno el sentido profundo y la validez consiguiente de la Adoración Nocturna. No es una forma de piedad y religiosidad cual­quiera. Tiene una dimensión litúrgica que la avala y le da actualidad per­manente: la celebración de la Eucaristía y la adoración continuada de la misma.

Todo ello a través de una comunidad de creyentes que, en las horas de la noche, se reúne en torno a Jesús, el Señor, para hacer presente su sacrificio, participar de su cuerpo y sangre en la comida sacrificial y man­tener en una adoración prolongada sus mismos sentimientos de entrega, de acción de gracias, de propiciación, para glorificar a Dios y liberar al hombre de todo pecado y esclavitud, creando la familia de los hijos de Dios. Los cantos, el recitar de salmos, la oración silenciosa y callada, den­tro de este marco comunitario, son la mejor expresión de sintonía y co­rrespondencia a la liturgia permanente de Jesús.

No es, pues, la Adoración Nocturna una asociación piadosa que heredamos del pasado, como algo ya anacrónico y sin sentido para la generación de hoy. Siempre tendrá vigencia y actualidad, si intenta res­ponder a su dimensión teológica con fidelidad y acierto y se renueva y purifica de toda adherencia extraña.

Principios de identidad permanente

-Es necesario abrirse cada día, con toda sinceridad a Dios: en po­breza, humildad, sencillez profunda, reconociendo siempre su condición de criatura y dependencia de El, y aceptándolo como supremo y absolu­to valor.

-Entrar en sintonía con los sentimientos y actitudes de Jesús, el gran adorador y Cabeza universal de cuanto existe, y ofrecer con El, des­de la Eucaristía, la alabanza, el honor, la gratitud, el amor, la adoración profunda a Dios, Padre de todos.

-Convertirse a El todos los días, con mayor exigencia evangélica, en actitud de respuesta a su llamada y al ofrecimiento y entrega reden­tora de Jesús, para ser los adoradores que el Padre busca: testigos con­vincentes de “una fe que se traduce en amor” (Gal 5,6).

-Intentar que la adoración-plegaria y encuentro con Dios no quede solo en un plano personal. Unidos al Hermano universal, Jesús el Señor, sentirse solidario del mundo con sus grandes problemas, y abrirse a la unidad y fraternidad con el compromiso serio de colaborar por la exten­sión y crecimiento de los valores del Reino.

- Despertar el sentido evangélico de la justicia y, sobre todo, ser consecuentes en los diversos ámbitos de la existencia humana, como exi­gencia de una Eucaristía asimilada y vivida.

-Encarnar lo más posible el espíritu sencillo y humilde del evange­lio tanto en el contenido como en la expresión de la adoración.

-Estar en actitud permanente de aceptar la formación teológica necesaria para comprender, saborear y vivir esta realidad eucarística en su dimensión rica y fecunda.

-Ir gradualmente cada día, a través de los encuentros con Jesús-Eucaristía, hacia una oración contemplativa, que lleve a una intimidad y experiencia gozosa de Dios.

-Ser conscientes, finalmente, de que todo esto es don de Dios, pura gratuidad; hay que suplicarlo todos los días al Espíritu, “que intercede por nosotros con gemidos inexpresables” (Rom 8,27), para cada uno y para todos los hombres.

El centenario: compromiso diocesano

La celebración de este Centenario de la Adoración Nocturna no puede quedar en un mero recuerdo festivo y en unos actos solemnes que engrandezcan el acontecimiento y sirvan para rendir un homenaje calu­roso y multitudinario a Cristo en la Eucaristía.

Esto es bueno, justo y necesario. Pero debemos ir a más. La Euca­ristía “es fuente y cumbre de la vida cristiana” (LG. 11). Es centro potente de energía que irradia vitalidad y empuje renovador. “En ella se hace presente la victoria de Cristo y el triunfo de su muerte” (SC. 6) “y nos hace conocer y vivir más intensamente el misterio pascual” (Ch D. 14). “Ella significa y realiza la unidad del pueblo de Dios” (LG. 11). “Y es raíz y quicio de toda la comunidad cristiana” (PO. 6). Es decir, memorial, actualización permanente de una Alianza nueva, con las implicaciones y compromisos consiguientes en relación vital con Dios y con todos los hombres.

Nuestra Iglesia particular, nuestra Diócesis, siempre necesitará la Eucaristía. En su largo caminar hay muchos aspectos interesantes, y que ha manifestado y manifiesta de muchas formas y maneras su valoración y piedad eucarística. Pero, está aún lejos de ser un organismo vivo y vita­lizante, que llega con su impulso dinámico-cristiano a todas las capas y sectores de nuestro pueblo. Hay una fuerte esclerosis que impide el riego abundante y fecundo, capaz de transformar tantas realidades endémicas que padecemos. Reconozcamos que la situación no es muy halagadora y sí preocupante:

-El individualismo, la incomprensión mutua, la injusticia manifes­tada de muchas formas, han sido constatadas en estudios y sondeos últi­mos

-Cáritas, signo claro del vivir el amor cristiano, no es todavía el corazón de cada parroquia, ni de la Diócesis.

-El sentido de comunidad, a nivel parroquial y de grupos cristia­nos, con todo lo que significa la comunión de vida, de bienes y de acción, no alcanza el nivel medio necesario.

  • La inquietud misionera y trabajo militante, que tienen su fuente y empuje dinámico en la Eucaristía, están más bien bajo forma.
  • La participación en la Eucaristía dominical ocupa un puesto bajo en relación con otras diócesis españolas.

 

-El número de adoradores, “amigos fuertes” de Jesús-Eucaristía, en horarios del día o jornadas de la noche, está a un nivel escaso y reduci­do.

Todo esto y otras cosas más deben hacernos pensar, cuando cele­bramos este Centenario. Si estamos convencidos de lo que significa y entraña esta gran riqueza de Dios al mundo y “que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (PO 5), debemos conocerla en más profundidad y vivencia, y nos debe comprometer a comunicar una dimensión seria­mente “eucarística” a nuestra Diócesis.

Año Santo de la Redención

Estamos en el Año Santo de la Redención. ¿No sería interesante celebrarlo con el sentido teológico de una Eucaristía sentida y vivida, en actitud de ofrenda redentora y fidelidad, como Cristo, a Dios y a los hom­bres? ¿Trabajar por una liberación integral de nuestro pueblo, que vive bajo el peso del pecado, esclavo de tantas pasiones y estructuras egoístas, e intentar entre todos, con valentía y coraje, que aparezca el nuevo hom­bre, la nueva humanidad, por los que Jesús luchó y se entregó con tanta ilusión y amor hasta la muerte? ¿Darle, en consecuencia, a Cristo el cen­tro de nuestra existencia y desde El irradiar y trabajar con la verdad, la justicia, y el amor, para construir esa comunidad eucarística, fraternidad real de nuestro pueblo, el mejor fruto de su muerte y resurrección en servicio del Reino de su Padre y Padre de todos?

Conclusión

María fue la mejor adoradora, porque fue la mejor contemplativa (Lc 2,20; Jn 19,25). Unámonos a ella en la advocación de Santa María de la Victoria. Que Ella nos alcance este sentido profundo de adoración y vivencia eucarística, que todos necesitamos.

Termino con las palabras de San Agustín en su comentario al Evan­gelio de Juan y que puede ser síntesis y compromiso en la celebración de este Centenario de la Adoración Nocturna: “Oh Sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad. Quien quiera vivir, aquí tiene dónde y de dónde vivir. Acérquese, crea, hágase miembro vivo y sano del Cuer­po de Cristo, si quiere vivir del Espíritu de Cristo” (In comm. Jn Evang. 26,13).

Málaga, Septiembre de 1983. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais