Durante los últimos años ha disminuido el porcentaje de parejas que se casan por la Iglesia. Pero también se advierte, en los que piden este sacramento, una conciencia más lúcida y una responsabilidad mayor ante el mismo. Pues Jesucristo se hace presente en el amor de los esposos y lo transforma.
Como matrimonio, tienen su camino propio, que se concreta en la espiritualidad conyugal. El amor que se manifiestan con el cuerpo y el alma, la vida diaria en relación, la entrega que comienza en la familia y llega a quienes los necesitan, la contribución a la alegría del hogar, la lectura compartida de la Palabra de Dios, el don de sí mismos que culmina en la Eucaristía del domingo y el compartir todo, son algunos elementos de su espiritualidad. Todo lo que fomenta su entrega y su unión, es un signo cierto de que caminan tras los pasos de María y de José. No basta con que cada uno sea un santo por su parte, sino que están llamados a santificarse mutuamente. Y fue Juan Pablo II el que tuvo la audacia de beatificar a un matrimonio como tal matrimonio.
Artículo "Desde las azoteas" de Juan Antonio Paredes
