Cada vez siento más admiración por las madres. Por las que han renunciado a su trabajo para cuidar de sus hijos pequeños, y por las que trabajan también fuera del hogar por los motivos que, con frecuencia, sólo ellas conocen. Hace unos días le oí decir a una de estas madres que se le rompe el corazón cuando deja a sus hijos en la guardería, por la mañana temprano. Supongo que con el tiempo se acostumbrará, pero tiene que ser duro dejarlos en otras manos, especialmente cuando los niños, quizá bebés, no se encuentran bien.
Comprendo y constato que hay abusos por parte de algunos hijos, y me rebelo cuando éstos olvidan las posibilidades y las limitaciones de sus padres; o cuando les exigen –digo “les exigen”– esfuerzos que superan lo que es razonable. Sin la sombra benefactora de los abuelos, sin su sacrificio generoso, la terrible crisis a la que nos han llevado los gobernantes se cebaría con mayor crueldad en las madres y en los niños. Ellos, los abuelos, están dando hoy su verdadera talla: compartiendo su pensión, regalando su cariño, gastando a marchas forzadas unas energías y una salud que apenas tienen, sufriendo las consecuencias de las parejas que se rompen y compartiendo con los nietos la ternura y la paciencia que han acumulado a lo largo de su existencia. No deseo que se les haga un monumento; pero sí, que no se los deje solos cuando su ayuda resulte ya innecesaria o imposible.
Artículo "desde las azoteas" de J. A. Paredes
