Mis queridos hermanos y amigos:

Me dirijo a vosotros con motivo del primer día del año 1.974, “Día de la Paz”. Me refiero a la paz que anunciaron los ángeles en Belén, la única paz que puede llenar las legítimas aspiraciones del hombre, y que, como en años anteriores, nos describe bella y profundamente el Papa Pablo VI en el Mensaje que os exhorto leáis en la prensa de nuestra Pro­vincia.

La Jornada de la Paz fue establecida por el Papa Pablo VI, para que los cristianos tomemos conciencia de la necesidad de unirnos a todos los hombres de buena voluntad en el esfuerzo arduo de la realización de la paz. Este año el Papa nos ha dirigido su apremiante llamamiento a la paz bajo el lema “La Paz depende también de ti”. Sus palabras deben ser para nosotros ocasión de seria reflexión.

La cruda realidad del mundo

Si buscamos los motivos de este grito incansable del Papa, tenemos que convenir con él en que no se trata de una idea fija, una especie de obsesión en su mente. Responde a una cruda realidad del mundo que lacera insistentemente los miembros doloridos de la humanidad actual.

Basta una mediana atención a los medios de información que nos traen la noticia de los hechos que continuamente se producen en el mun­do, para darse cuenta que estamos viviendo una crisis a todos los niveles, que va dando como resultado una creciente agresividad del hombre con­tra el hombre. El Papa denuncia en su llamamiento este recrudecimiento del espíritu contencioso en las relaciones entre los hombres en el momento actual.

La paz es posible

Sin embargo, a pesar de estas negras sombras, debemos tener con­fianza en la causa de la paz, que es la causa de la civilización y de la huma­nidad. Pero, esto será a condición de que la idea de la paz gane efectiva­mente los corazones de los hombres, de que se haga pensamiento en el pueblo. “La Paz es posible -dice el Papa- si cada uno de nosotros la quie­re,... cada uno de nosotros debe escuchar en su conciencia la llamada imperiosa: La Paz depende también de ti”.

Todos nosotros deseamos vivamente la paz y queremos que se cons­tituya en destino de la humanidad. Pero, con frecuencia, nos sentimos como decepcionados e impotentes. Y tal vez al pensar en la paz, al desear­la de todo corazón en nuestra vida personal y social, no hayamos pensa­do que ella depende en gran parte también de nosotros, de ti, de mí, de cada uno.

Por eso yo os invito a que, de cara a nuestro mundo universal, na­cional y local, tratemos de descubrir las razones de la precariedad de nues­tra paz y reconocer sinceramente la parte que personalmente nos toca.

La paz en la justicia

La paz sólo se puede establecer en la justicia. El Concilio Vaticano II, queriendo llegar a la raíz más profunda de la mayoría de los conflictos de nuestro tiempo a todos los niveles, señaló como primer peldaño en la construcción de la paz la realización de la justicia. Se refiere a una justicia progresiva, capaz de integrar las nuevas exigencias que cada época histó­rica aporta como constitutivas de la idea del hombre en sociedad.

De aquí que sea de la mayor importancia, al trabajar por un orden de paz, plantearse, en primer lugar, el sentido de justicia de ese orden, tal como esa justicia es percibida en la conciencia histórica del momento.

La paz verdadera

Es indispensable formarse una idea lo más exacta posible de lo que es la verdadera paz. Para conocerla hay que asomarse a las profundida­des del ser humano. El concepto auténtico de paz corre paralelo al descu­brimiento del hombre, al respeto profundo a la persona, a toda persona.

La paz verdadera, ha repetido varias veces Pablo VI, debe fundarse en la idea intangible de la dignidad humana.

La paz y los derechos del hombre

El prólogo de la famosa declaración de los Derechos del Hombre, cuyo XXV Aniversario hemos celebrado, manifiesta que el reconocimiento de la dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana, y de sus derechos iguales e inalienables constituye el fundamento de la liber­tad, de la justicia y de la paz en el mundo. Este es el camino real y efectivo que conduce a la paz. Hombre y paz son dos realidades que se reclaman mutuamente.

La paz exige que todos los hombres tengan reconocidos sus dere­chos fundamentales, aquellos que necesitan para responder plenamente a su vocación humana y religiosa. El derecho a conocer a Dios y amar a Cristo y vivir unidos a El; el derecho a la verdad; a vivir de su trabajo sin la angustia de no encontrarlo o de perderlo; la posibilidad de promocio­nar socialmente, el de participar activa y responsablemente en la orienta­ción de las comunidades a las que pertenece.

Una paz sin límites

No podemos olvidarnos de otros pueblos. No sea que el afán de aumentar nuestro bienestar y de conseguir una organización social más justa, nos haga cometer la injusticia de no ayudar, personal y colectiva­mente, a quienes -y son dos terceras partes de la humanidad- todavía sufren hambre, son víctimas de la enfermedad y de la ignorancia y no han recibido el Evangelio de la Paz.

Una mirada a nuestra realidad

Volvamos la vista a nuestra realidad para reconocer posibles causas de inestabilidad y de falta de paz personal y familiar, en el seno de algu­nos sectores sociales.

La sola contemplación del mapa económico de nuestra Provincia, con los últimos datos confeccionados por la Organización Sindical, co­rrespondientes a 1972, presenta ante nosotros grandes sectores geográfi­cos con una diferencia enorme en la distribución de la renta por habitan­te y año.

Esta realidad es de capital importancia: el desequilibrio existente en el desarrollo económico de distintas zonas y, en consecuencia, las grandes diferencias del nivel de vida que resultan de esta tan desigual participa­ción en la riqueza.

Está patente la repercusión directa de la situación descrita sobre el derecho a un nivel de vida digno, como presupuesto esencial para la paz. ¿Cómo puede haber paz en una familia, en la que la renta por habitante de sus miembros no supera las 15.000 ptas. al año?

Este problema no escapa a nuestras Autoridades que no ahorran sacrificios para llegar por caminos más justos a superar esta despropor­ción en la participación de los medios necesarios a toda persona.

La paz cristiana

Como parte última de esta reflexión, quiero recordaros que la paz verdadera, la paz cristiana, tiene que ser una paz dinámica. Son biena­venturados, según el Evangelio, no quienes desean la paz o hablan de ella, sino quienes la hacen ( 5,9). Supone un compromiso de caminar y de trabajar constantemente por ir avanzando hacia una paz más plena y perfecta.

Para no decaer en este esfuerzo, la paz cristiana está iluminada por la esperanza, que da sentido y fuerza al trabajo presente en la edificación de la paz verdadera y confianza plena de que así llegaremos a la perfecta Paz en el reino del Padre.

Por todo ello, es misión de la Iglesia y de las comunidades cristianas el “anunciar la paz” (Act. 10,36), realizándola (Rom 14,8; Cor 13,11; Heb 12,14).

Hombres que hacen la paz

Si los nubarrones de la guerra, de la discordia y del odio no parecen alejarse de la humanidad, vemos con esperanza el esfuerzo de muchos hombres que, tanto a nivel internacional como nacional, se esfuerzan en construir un orden social, cimentado en la justicia que dará como fruto una paz estable.

La paz no llegará nunca, como pueden creer algunos, por los cami­nos del sabotaje y de la violencia, en cualquiera de las formas que inten­ten cubrirla con piel de oveja. El sabotaje y la opresión sólo dan como fruto la violencia. Y la dan, también, muchas veces, aun los sinceros y verdaderos esfuerzos de los que construyen la paz. Es el misterio del pe­cado.

A estos hombres que, a pesar de su buena voluntad y heroísmo, recogen los frutos de la ingratitud, debemos apoyarlos con nuestra ora­ción y colaboración, para que no desfallezcan en el más hermoso de los trabajos de los hombres: construir la paz.

Cristo es nuestra Paz

La plena consecución de la Paz, para nosotros mismos, para nues­tro pueblo y para el mundo, debe ser motivo continuo de la oración con­fiada a Dios Padre mediante Jesucristo, por cuyo medio fue designio de Dios “reconciliar todas las cosas, pacificando mediante la sangre de su Cruz lo que hay en la tierra” (Col l,20; Efes 1,10).

“Cristo es nuestra Paz”, afirma San Pablo en la Carta a los Efesios (2,14): El es para nosotros fuerza y gracia para la realización del hombre nuevo, justo y fraterno, el que debe ser “ciudadano del mundo”, según la feliz expresión reivindicada por el Papa Juan XXIII, en la Pacen in Terris.

Pidamos al Padre por medio de la Madre Santísima, Reina de la Paz, que sea Jesucristo para nuestra Diócesis, nuestra Patria y para todo el mundo causa de unidad, paz y salvación; que El nos comunique su Espí­ritu para que caminemos durante toda la vida como pacíficos hijos de Dios.

Málaga, 28 de Diciembre de 1973.