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La exaltación de la Santa Cruz

Publicado: 14/09/2015: 7074

Ignacio Fornés, sacerdote de la Prelatura del Opus Dei, comparte una reflexión sobre la fiesta de la exaltación de la Cruz.

¡Exaltar la cruz! Qué cosa más curiosa. ¡Exaltar un signo de dolor, de tortura, fracaso y sufrimiento! Era un suplicio tremendo y cruel, que aplicaban los romanos a los criminales. Pues sí, la Iglesia exalta la cruz, le hace una fiesta.

Si buscas en el diccionario la palabra “exaltación”, se puede leer: «gloria que resulta de una acción muy notable».

Efectivamente, muy notable fue lo que ocurrió en esa Cruz. No deja de ser curioso que un símbolo de tortura, de muerte, sea exaltado. Y ahí la tenemos, a la vista de todos, en lo alto de las iglesias, en las cimas de los montes y en las paredes de muchas casas.

Parémonos un poco para pensar. Es como si en lo más alto de los templos, en los picos de los montes y en las habitaciones pusiéramos la soga de un ahorcado, o una silla eléctrica, y además las exaltáramos. No deja de ser paradójico, algo que es extraño a la común opinión o al sentir de las personas.

¿Por qué la Iglesia le hace una fiesta a la cruz, a algo tan cruel? Todos sabemos la respuesta, pero hay una anécdota muy gráfica de un cardenal español, y que responde directamente a esta pregunta.

Contaba este cardenal que, una vez fue invitado a la embajada de un país en Roma. Como es lógico, acudió vestido con la indumentaria típica de cardenal, incluyendo también la cruz pectoral, que estaba a la vista.

En el aperitivo que allí se ofrecía, el embajador se le acercó y estuvieron hablando un rato distendidamente.

En un momento de la conversación, el embajador, señalando el crucifijo del pectoral, le dijo al cardenal que nunca había llegado a entender cómo los cristianos podíamos seguir a un hombre clavado en una cruz, a un ajusticiado.

El cardenal escuchó pacientemente y cuando terminó le aclaró que el crucifijo no es el símbolo de un torturado ni de un ajusticiado, sino la expresión del Amor de Dios por los hombres.

Ahora sí, ahora se entiende mejor que la Iglesia exalte la cruz con una fiesta que se remonta nada menos que al siglo IV, en el año 335, con la dedicación de la basílica del Martyrion en Jerusalén, edificada por el emperador Constantino sobre el Gólgota, junto al sepulcro de Cristo, porque el Amor de Dios se merece eso y mucho más.

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