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Bodas civiles

Mons. Fernando Sebastián · Autor: S. FENOSA
Publicado: 23/01/2017: 6311

FIRMAS. Artículo del Cardenal Fernando Sebastián sobre las bodas civiles.

Hace pocos días, los medios de comunicación comentaban el fuerte descenso de bodas católicas. Sólo un 22% de las bodas que se celebran en España son católicas. Y en varias Diócesis no llegan al 20%.

¿Qué podemos hacer los católicos ante esta situación? En primer lugar, tenemos que darnos cuenta de que se trata de un cambio profundo, en la sociedad y en la Iglesia, en las familias y en las personas. El matrimonio no es un acto transitorio, sino que es un proyecto de vida que afecta a la vida entera de los contrayentes y configura la sociedad. Casarse solo según la ley civil es algo muy diferente de lo que es casarse según el rito católico y la fe cristiana.

El amor pide perpetuidad

El matrimonio católico implica la voluntad de perpetuidad. Los contrayentes establecen un pacto de convivencia para toda la vida. El matrimonio es una alianza fundada en el amor, y el amor pide perpetuidad. El amor pide eternidad. Nadie que ame de verdad pone plazos al amor. Amar es comprometerse con la vida del otro de manera ilimitada, para siempre. En ese “siempre” está Dios. Por eso el amor acerca a Dios. Por eso el matrimonio es un acto religioso.

En cambio, el matrimonio civil es esencialmente temporal, no va más allá de lo que marca la ley civil, y nuestras leyes consideran el matrimonio como una realidad temporal y mudable. El amor que, de entrada, renuncia a la perpetuidad es un amor deficiente. El verdadero amor tiende a la perpetuidad, por encima de todas las dificultades. En esa voluntad de perpetuidad está la verdadera libertad, la afirmación de uno mismo como persona, la plenitud de la entrega.

Como Cristo nos amó

El matrimonio católico está abierto a la fecundidad. Los que se casan se unen para ayudarse a vivir su vida plenamente, y en esta plenitud están la paternidad y la maternidad. Los esposos se dan mutuamente esa dimensión nueva y preciosa de la vida humana que son la paternidad y la maternidad.

Por último, el matrimonio sacramental lleva consigo la presencia santificadora de Jesucristo en la raíz misma del amor y de la fidelidad de los esposos. Ellos se comprometen a amarse como Cristo nos amó, y el mismo Cristo les ayuda día a día a avanzar y crecer en ese camino.

En el fondo, el sorprendente crecimiento de las bodas civiles en España nos descubre la profundidad de la crisis espiritual y religiosa de los españoles. La gente joven ha aprendido a vivir sin relacionarse con Dios, sin contar con la eternidad. Quien se olvida de Dios se ve a sí mismo como una criatura de este mundo, estrictamente mundana y mortal. Ahora bien, cuando las personas se ven a sí mismas como seres del todo contingentes y pasajeros, es lógico que el amor, la convivencia, los compromisos personales aparezcan también como algo contingente, sin pretensión de eternidad ni referencias religiosas de ninguna clase.

Cuando un bautizado decide voluntariamente casarse por lo civil, está diciendo que en la organización de su vida prescinde de su bautismo, de su relación con Cristo y con Dios. El casamiento civil de un bautizado, de una bautizada, en sí mismo considerado, dejando aparte la conciencia y las intenciones personales, es una manera de prescindir de la eficacia de la fe cristiana en la propia vida. Significa la voluntad de ajustar la vida a las leyes civiles, dejando a un lado las exigencias objetivas de la fe cristiana y de la ley divina.

Los que toman esta decisión no siempre lo hacen con suficiente conocimiento de lo que hacen. Algunos de ellos acuden después a la parroquia con la pretensión de bautizar a sus hijos. Pero en esto no son consecuentes. Deberían pensar un poco más seriamente en la coherencia de su vida, o creen en Dios y tratan de vivir de acuerdo con la esperanza de la vida eterna, o prescinden de Dios y entonces no tiene sentido que quieran bautizar a unos hijos que van a crecer sin aprender de sus padres a vivir como Cristo nos enseña. En una sociedad libre, tenemos que ser más claros, más libres y más consecuentes.

+ Fernando Sebastián