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Sobre curas, monjas y drogas

Chabolas en la zona de El Bulto donde nació el Cottolengo hace 50 años · Autor: ARCHIVO CTI-UMA
Publicado: 08/01/2019: 1146

José Rosado, médico acreditado en adicciones, firma esta colaboración.

Actualmente tenemos en nuestra provincia, una red de atención a las drogodependencias, coordinada con el plan andaluz que, con los recursos públicos, acreditados, subvencionados y concertados, se valoran a un nivel no inferior a los que existen en cualquier lugar de la Comunidad Europea. Algunos abordajes terapéuticos la hacen destacar con cierta singularidad, y el reconocimiento de la comunidad científica así lo demuestra. Pero al ser un tema dinámico, la necesidad de un constante estudio y adaptación a las nuevas drogas, formas de consumo, interrelaciones etc., exige que, aunque "descanso es la batalla ganada", ese reposo se convierte en un ejercicio de recuperación, porque no se puede bajar la guardia, y sigue siendo prioridad el aumentar los recursos materiales, y sobre todo la urgente necesidad de formación de especialistas: la complacencia en lo que tenemos, no evita las inquietudes que surgen de vislumbrar el largo camino que aún nos queda por delante. Pero este presente se puede valorar dignamente si miramos hacia atrás, a sus "fuentes y orígenes", y nos servirá para fortalecernos, impulsarnos e ilusionarnos.

Bien, a finales de la década de los 70 y hasta 1986, en que se crearon los centros provinciales de drogodependencias, se vivieron unos años en que la droga llegaba a nuestra costa del sol, y los enfermos "gota a gota" se hacían presente en una sociedad en la que no existían recursos públicos ni privados; no se sabía qué hacer con ellos, ni cómo, ni cuándo y evidentemente ni dónde.

En la finca del seminario algunos consumidores de heroína encontraron un lugar solitario y tranquilo para “pincharse”, evitado protestas y que la policía los pudiera localizar pues tenían la consideración de delincuentes peligrosos y no de enfermos; la situación cercana al convento de las H.H. Capuchinas era una ventaja porque tenían asegurada el agua, en ocasiones algo de comida y posteriormente los tarritos de miel del panal que ellas trabajaba: al convivencia de estos años llegó a ser muy positiva. Mi visita médica semanal a las monjas, estrecharon lazos de amistad con este pequeño grupo de consumidores. Como anécdota, que se repitió en muchas ocasiones, el despacho del rector del Seminario Diocesano (1981,82, 83,84,85) se utilizó como lugar de consulta, con el entusiasmo de los seminaristas y la implicación, dentro de sus posibilidades, de algunos de ellos, y que posteriormente ya ordenados, promocionaron actividades preventivas y terapéuticas.

Pero todo el tema era una gran interrogante. Con parva ciencia y muchas ganas, se intentaba hacer algo, hasta que nos llegó un enfermo "enganchado" a la heroína "pinchada" y marcado por unos meses de total abandono; no tenía amigos, familiares o conocidos y, ¿dónde ingresarlo para su cuidado y tratamiento? Se acudió al "Cottolengo" (Institución Benéfica del Sagrado Corazón) de las playas de S. Andrés (perdón hermanas Sabina, Begoña e Isabel por este "arañazo" a vuestra humildad, pero es la única y excepcional cita que se hace por exigencia de una referencia histórica) donde fue acogido (1979): el recibimiento, la comprensión de las hermanas y los internos, el "reconocimiento" como persona que le hicieron, y el cariño con el que se sintió rodeado, con unos brazos abiertos hasta "descoyuntarse", determinaron que el tratamiento para su "mono" fuera una excusa, por vergüenza profesional, más que una necesidad: la demostración que "donde no llega la ciencia, llega el corazón" se nos hizo evidente e iluminó una perspectiva todavía no refutada: el problema no está en las drogas, sino en las personas, y son ellas el "escenario" en el que se debe trabajar. Desde entonces este recurso lo hemos utilizado de manera esporádica y puntual para informar a las familias de los enfermos de la droga, hacer prevención en el barrio (El Bulto) y prescribir tratamiento de desintoxicación ambulatorios aunque, como sus objetivos principales eran la acogida de enfermos desahuciados y con graves dificultades para ser atendidos en su núcleo familiar, buscamos y encontramos otros lugares más idóneos.

La primera comisión andaluza para el estudio de la droga se formalizó con la tutela del Obispo (1981), que facilitó reuniones informativas en algunos arciprestazgos y vicarías, y asumió el compromiso de buscar un "lugar físico" para atender a los drogodependientes. Posteriormente el obispado cedió una finca para un proyecto terapéutico que inició un religioso franciscano. Igual ocurrió con la habitación del capellán del hospital Materno Infantil, la sala de visita de las Capuchinas del Seminario, de las Adoratrices y posteriormente los locutorios de las Carmelitas Descalzas. Durante el tiempo que estuvo abierta, la casa de Jesús Abandonado de la calle Granada, era un lugar donde siempre existía un cobijo, ropa, cama, comida y asistencia médica ambulatoria. Con cierto respeto y algo de temor, acudimos a algunas Iglesias para que nos dejaran los salones parroquiales, algunos días semanales, para las terapias familiares e individuales; desapareció toda clase de inquietud, cuando el párroco con "énfasis" nos facilitaba todo, y nos preguntaba con "exigencia de servicio", pero "item mas" , “¿qué puedo hacer yo?” En poco tiempo, lo que nos faltaban eran personas en el equipo, que estaba formado por 6 voluntarios y una monja ursulina, "sin uniforme y en pantalón vaquero". En esta parroquia de S. Gabriel también se inició el primer programa andaluz de metadona (1982) y ahí tenemos al cura toreando, explicando y calmando a los feligreses que simplemente participaban de la opinión peyorativa de estos enfermos. Él era nuestra barrera y los salones de la parroquia, nuestro "ruedo". Una monja "de uniforme" se tiró "palante" y animó la fundación de una asociación y de talleres ocupacionales. En esos años las parroquias de Santo Domingo, Santa María de la Victoria, la Amargura, la Asunción y posteriormente la Presentación y Copus Christi, fueron referencias para escuelas de padres de la droga, lugares de asistencia y también de ayuda económica, alimentos y ropas.

La Iglesia Evangélica era otra posibilidad a la que acudíamos con frecuencia, ya que tenía la única granja de internamiento: la convivencia con sus cultos siempre fue muy enriquecedora.

Con "curas, monjas y cristianos comprometidos" se fue consolidando un estado de opinión más favorable sobre el tema droga, y se empezaron a recoger los frutos de las semillas de comprensión que se habían sembrado. Ellos -curas y monjas- no se "lucraban con la salud del prójimo" y al hacerlo "de balde y con todo lo nuestro" (gratis et amore Dei) y con el instrumento terapéutico del amor, aseguraban la eficacia de la "sanación"; muchos de los "enganchados" y sus familias, que pisaban por primera vez una Iglesia, se quedaban "alucinados" de la acogida del cura, del respeto con que se les trataba, del interés por conocer sus problemas y también de las ayudas en ropa, alimentos, juguetes e incluso algo de dinero: "venían con lloros en el corazón, y volvían a sus casas con canciones en sus labios".

En las drogodependencias existe un periodo de "silencio clínico", que puede durar algunos meses, en que no aparecen señales ni síntomas que descubran el consumo de drogas de esa persona; ni la familia, ni el propio enfermo tiene conciencia de enfermedad ya que la normalidad de vida es la tónica. Pero es en esta fase cuando la droga hace todo su "trabajo" en el cerebro, "a escondidas y sin dar señales de vida". También existen unas monjas que se llaman de clausura, esas que están encerradas detrás de unas rejas. Apenas dan señales de vida, están como a escondidas de la sociedad, "solo" se dedican a rezar y mantienen un "silencio terapéutico"- mientras Dios trabaja en ellas- y la Iglesia afirma que no son necesarias, sino insustituibles, ya que a manera de una vigorosa "oxigenoterapia", purifican el "aire de toda la cristiandad". El monasterio de las Carmelitas Descalzas se encuentra en una zona muy “propicia” para el contacto rutinario con estos enfermos. Su dos locutorios, convertidos en algunas ocasiones como consultas por “necesidad ”, también eran lugares de “paz y consuelo” para muchos enfermos y familias y fuente de esperanzas para las madres: “pidan por mi hijo, porque ya no sé qué hacer con él, ¡y mi niño es tan bueno!” y algunas, como verdad inconcusa expresaban: “a algún lado tienen que ir esos rezos y esas oraciones…y en el torno , me dicen tanta cosas bonitas que…” En eta tarea de oración participaban las monjas del Cister que unidas a las referidas capuchinas y adoratrices conformaban una retaguardia orante, que realizaban una singular, auténtica y eficaz terapia...también por "amore Dei" y de la que todos nos beneficiamos. No es casualidad que muchos enfermos de la droga se hayan "saneados" y que "hablen" de su fe como ese "poder ilimitado de Dios en su interior", o que el Xto. del Cautivo sea casi como un "colega"; aunque contemplando estas “cosas” y admitiendo la ayuda del cielo, los profesionales insistían e insisten que no se “queden embobados esperando al cielo” porque Dios da las nueces pero nosotros tenemos que cascarlas.

En este contexto y a látere pero intrínsecamente unido a esa plegaria invisible pero real, eficaz y eficiente, tenemos la suerte de tener una comunidad de monjes trapenses: Monasterio de S. Isidro de Dueñas, de Palencia, que desde hace 34 años, tienen presenten en sus plegarias a los enfermos de la droga de Málaga. Puedo certificar las renovaciones que año tras año, sin olvidos, hacen de estas intenciones, por la presencia de dos monjes malagueños y un seglar que vive con ellos. El Hermano Rafael Arnáiz (canonizado 2009) no es un desconocido en algunas familias, y el estilo de la vida trapense despiertan inquietudes e interrogantes que orientan hacia respuestas que “dan luces a muchas noches oscuras”

Si se acepta que las drogodependencias es una enfermedad del alma, para cualquier significado de la palabra, entonces "los curas y monjas" son auténticos especialistas de la materia, con un MIR de varios años y una experiencia acumulada de más de 20 siglos.

Sería un triste error considerar este artículo como una apología o propaganda de un colectivo que ni la necesita ni la desea, pues saben perfectamente de "quién se han fiado" y de la realidad del ciento por uno, porque : "Oh, oh, que buen pagador, y sin tasa". La intención es para que sea un recordatorio , "ad futuram rei memoriam".

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José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones