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El agua bendita de las capuchinas

Monja de clausura
Publicado: 11/02/2019: 1839

El Dr. José Rosado, médico acreditado en adicciones, relata la relación de los drogodependientes las religiosas capuchinas cercanas a la finca del Seminario en la década de los setenta.

«Hace algunos años, las monjas recibieron la sorpresa de la visita de tres de sus “niños” con sus familias en su nuevo convento del Monte Calvario».

En las drogodependencias existen periodos traumáticos, difíciles y complicados, pero también tiempos selectivamente gratificantes cuando un humanismo espiritual se hace protagonista de su dinámica y ofrece profundos significados existenciales, dejando grabados de manera indeleble en el territorio emocional de estos enfermos, unas experiencias iluminadoras y vivificadoras que le orientan a singulares plenitudes… que son contagiosas.

La sociedad malagueña a finales de la década de los 70 mostraba signos de inquietud ante el progresivo aumento de jóvenes, que aparecían en las calles como zombis, y que se consideraban peligrosos por su adicción a la heroína intravenosa; cualquier robo o alteración de la convivencia los señalaba como responsables; se les evitaba, despreciaba y, con miedo, se les toleraba. Con este colectivo de jóvenes, nadie sabía qué hacer; los recursos sanitarios no ofrecían ninguna respuesta y estaban ausentes de cualquier implicación: no eran enfermos sino viciosos. Los servicios sociales no estaban organizados y era simbólica su colaboración. La realidad era que ellos no sabían dónde ir a pedir ayuda o dónde encontrar a alguien que los escuchara y orientara; su perfil de marginación y pobreza les hacía sentirse apartados y rechazados por una población en la que se consolidaba una peligrosa alarma social. En este escenario, evitaban en lo posible el contacto con todo el mundo, y buscaban lugares apartados para inyectarse la heroína intravenosa que era la droga a consumir.

Descubrir la finca del seminario que era un espacio abierto, arbolado, tranquilo, retirado pero próximo a la ciudad, podía ser un lugar ideal para no tener que estar siempre a la defensiva, así que de allí encontraron refugio un reducido grupo de “yonquis”. La cercanía de un convento de monjas capuchinas era muy respetada, pero de manera esporádica algunos se acercaban a pedir agua. La hermana hospedera los atendía en las horas del torno, con “mano generosa y tierna”, y, aunque no veían su cara, sí conocían su voz. La escucha atenta, el ser reconocido como persona, ser respetado, dejar de ser invisible, sentir que eran importantes y objeto de interés por alguien, eran motivaciones suficientes para el “enganche” a las visitas al torno, en la que se iluminaban sombras, relativizaban temores y, de manera especial experimentaban que estaban recuperando su dignidad; “nadie sabe lo que es pasar de ser algo a ser alguien” decían algunos.

Durante el tiempo que duró, estos “niños”, como le llamaban ya las monjas, encontraron un puerto seguro en el que se encontraban a salvo, pues las valoraban como “madres” y eran tratados como hijos: “sentirse respetado y querido, es una cosa que no se olvida”.

Una tarde se acercaron al torno porque había llegado un “niño” nuevo, y llevaba dos días con el “mono”: tiritonas, escalofríos, dolores musculares, insomnio… pedían una manta. La hermana lo consultó con la superiora, y por supuesto varias mantas fueron empaquetadas, pero como “donde no llega la ciencia llega el corazón”, una monja le preparó una cesta con unos bocadillos, frutas y un tarro grande de miel al que le había añadido una abundante infusión de valeriana y matalahúva, para que, cada dos horas se tomara un vasito caliente. La noche la pasó más tranquilo; durante el día continuó con el mismo protocolo, y por la tarde ya se encontraba “casi bien”. “Las monjas le han puesto agua bendita en la miel” fue el comentario. La hermana tornera les explicó que esa noche todas las monjas habían rezado, y algunas no cenaron para ofrecer un sacrificio, y Dios, que siempre escucha a sus hijos, había respondido.

Otros tiempos se hicieron presentes y el contacto se perdió, aunque hace algunos años, las monjas recibieron la sorpresa de la visita de tres de sus “niños” con sus familias en su nuevo convento del Monte Calvario. El diálogo se inició con las preguntas sobre las “ausencias de ambos bandos” y que, activando la memoria, hicieron presente recuerdos y añoranzas que crearon un clima emocional dominado por un singular cariño que volvía a despertarse. “Hermana, se acuerda usted cuando…”, eran respondido con, “¡Niño! tu no has podido olvidar aquella tarde que…” y, ante el gozo de los presentes, las lágrimas asomaron… y la de las monjas eran tan abundantes como la de “sus niños”. “Bueno, yo, hasta ahora nunca lo he visto llorar con tanta alegría”, sentenció la esposa de uno de ellos.

El tiempo de reunión fue breve porque el horario de recreo de las monjas no es muy ancho, pero las cosas del querer no se miden en tiempos… y con los ojos empañados se despidieron.

Cuando la superiora abrió el paquete que habían dejado en la mesa del locutorio, se encontró un tarro grande de miel con una foto de una capuchina pegada en el cristal y otra de Fray Leopoldo de Alpandeire, y un sobre con aportación económica con esta nota: “Para una misa por todos los niños de la droga. Muchas gracias.”

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José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones