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Domingo IV de Cuaresma. Ciclo A

Publicado: 02/03/2008: 2478

1.- A lo largo de los cinco Domingos de Cuaresma, la Iglesia, en la Liturgia de la Santa Misa, nos va explicando los símbolos del Sacramento del Bautismo, por el que Dios nos hace cristianos, hijos suyos, y nos incorpora a Jesucristo y a la gran familia de la Iglesia. Así nos preparamos a celebrar la gran Fiesta de la Vigilia Pascual: en ella se bautiza a los catecúmenos y nosotros, los bautizados, renovamos las promesas de nuestro Bautismo.

La nota dominante de los textos de la Palabra de Dios de este Domingo IV de Cuaresma, es la presentación de Jesucristo como “Luz del mundo”.

Por la fe y el Bautismo somos iluminados con la Luz de Cristo, para que nuestra vida y nuestras obras sean una irradiación de esta Luz de Cristo.

En la Oración Colecta hemos pedido al Señor: “Señor, haz que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y entrega generosa a celebrar las próximas Fiestas Pascuales”.


2.- El Evangelio nos cuenta el episodio del ciego de nacimiento que recuperó la alegría gracias a la curación que recibió de Jesús. Es verdad que nuestra alegría va unida a la luz. Cuando falta la luz y nos encontramos en la oscuridad, resulta difícil estar alegre. Sin embargo, cuando vemos a plena luz todas las obras del Señor, entonces podemos bendecirle y tenemos el corazón repleto de alegría.

El Evangelio habla de dos tipos de ceguera: está la ceguera física del hombre ciego de nacimiento, y está la ceguera espiritual de los fariseos, que se oponen a Jesús, Luz del mundo.

Este ciego que recobra la vista, simboliza a quien encuentra la Fe, esa Luz que nos permite vislumbrar nuevos horizontes y nos presenta a Jesucristo como “La Luz del mundo”.

“Yo soy la Luz del mundo –dice el Señor-, y el que me sigue no anda en tinieblas y tendrá la Luz de la Vida” (Jn 8, 12).

Y por eso nos dice hoy San Pablo a los cristianos en la Segunda Lectura, como decía a la comunidad cristiana de Éfeso: “Pues si un tiempo erais tinieblas, ahora, por el Señor, sois luz. Caminad como hijos de la luz”. Y nos exhorta: “Despierta, tú que duermes, levántate de la muerte y te iluminará Cristo”.


3.- En esta sociedad post-moderna, la Palabra de Dios nos invita de manera apremiante a vivir con bondad, con verdad y con justicia, buscando lo que le agrada al Señor.

Muchos hombres y mujeres luchan de forma denodada por conseguir más dinero y más poder. Somos la sociedad del consumo que ponemos el ideal y la plenitud de la vida en tener, en ostentar y en consumir. Al final tenemos de casi todo, pero no sabemos disfrutar de casi nada. Pues las cosas, por valiosas que sean, no pueden saciar el corazón de la persona. Son necesarias para vivir y no hay que despreciarlas, pero si las convertimos en las metas últimas de nuestros afanes, nos dejan un sabor amargo.

Y es que nos falta lo esencial: un horizonte de sentido que ilumine nuestra vida y nos enseñe a ser verdaderamente humanos. Pues, en lo más profundo de esa voracidad que nos impulsa a buscar nuevos placeres y experiencias, se oculta el hombre de Dios. Un hombre que sólo se sacia con el Evangelio. Por eso dice San Pablo a los cristianos de Éfeso: “Despierta tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu Luz. Pues. Él, Jesucristo, el Hijo de Dios, ha venido para que los ciegos vean y encuentren la Luz quienes caminan en tinieblas. Sólo Él puede decir: “Yo soy la Luz del mundo; quien me sigue tendrá la Luz de la Vida y no caminará entre sombras”.

Por eso, cuando vivimos desde la Fe e iluminados por la Luz de Jesucristo, podemos decir con el Salmo 22: “El Señor es mi Pastor, nada me falta, porque Dios guía mis pasos… aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo… Me conduces hacia fuentes tranquilas y reparas mis fuerzas… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.


4.- La Santa Misa, la Eucaristía, Sacramento de la Fe, es un encuentro personal con Jesucristo Luz.

Jesús se acerca hoy a nuestra oscuridad. Dejemos que su amor encienda la Luz en nosotros.

Él quiere limpiar:

• Nuestra mirada cansada de vivir en ajetreo de las cosas, que nos impiden apreciar la bondad de la Vida.

• Nuestra mirada, oscurecida por tanta superficialidad, que no nos deja contemplar la belleza de lo que ocurre a nuestro alrededor.

• Nuestra mirada estrecha y egoísta, que no nos deja gozar de paz y libertad.

Jesucristo es la verdadera Luz del mundo, la Luz de nuestros ojos, la Luz de nuestros corazones.

Hagamos silencio en nuestro interior, escuchemos, acojamos y comulguemos en esta Palabra:

“Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue tendrá la Luz de la Vida.

Y digamos con el ciego:

“Creo, Señor, que Tú eres el Hijo de Dios, nuestra salvación…”

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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