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RAMÓN ACOSTA. En defensa de nuestros mayores

Ramón Acosta Peso
Publicado: 06/05/2020: 11030

Ramón Acosta Peso es médico odontólogo, miembro de la Delegación de Pastoral Familiar, Máster en Ciencias del Matrimonio y la Familia y Especialista Universitario en Pastoral Familiar. Nos ofrece esta reflexión ante la desescalada del confinamiento provocado por la pandemia del Covid-19.

Estando el cuerpo confinado, he aprovechado para abrir la conexión entre corazón y cerebro. Mis oídos trataban de no escuchar más noticias sobre el maldito virus de la muerte, pero se despertaban de su letargo a las ocho en punto de la tarde. Era la hora del silencio del Covid-19, para hacerse viral la expresión de las familias abalconadas. Dios mío, ¿pero de qué están hechos sus corazones entre tanta calamidad? Manifestaban su fuerza y aplaudían por aquellos que no podían hacerlo. Y sobre todo por los más frágiles y vulnerables: los mayores. Sobre ellos empezó a trabajar mi cerebro, siempre movido por mi corazón.

Esta infección, que luchaba por entender mi cerebro, fue dejada a un lado por otra “infección” imperceptible y tremendamente dañina hacia la que miraba mi corazón. Quizá sea una “infección” que no siga curvas de evolución ni que reclame grandes pabellones, pero es una “infección” que ignora, margina, abandona y descarta a los más vulnerables. Hablo de la “infección” del edadismo, el estigma y discriminación por la edad. Y tanto mi corazón como mi cerebro me advierten que, a partir de ahora, podría agudizarse si no hacemos nada contra ella. La cuestión, que es una invitación a la responsabilidad, es qué podemos hacer como personas, como sociedad y como Iglesia.

Respondamos con honestidad a las siguientes cuestiones: ¿prestamos atención a los ancianos?  ¿cómo los tratamos?  ¿qué lugar les reservamos en la vida comunitaria? Nuestra sociedad individualista y utilitaria se aleja cada vez más de aquellos ideales de piedad filial. Keizo (Cuentos de Tokio, Yasujiro Ozu 1952), el hijo de los ancianos Hirayama, afirmaba en la película: “Hay que ser amable con los padres mientras estén vivos”. El problema es que lo que se ve como valor, luego no se ejerce como virtud.

Entonces, mi corazón empezó a dirigir mi cerebro: ¿Qué podemos hacer para que nuestros mayores se sientan reconocidos, atendidos y acompañados? ¿En qué podemos trabajar para que las nuevas generaciones los entiendan mejor y se preparen para envejecer dignamente? Son preguntas que se abren al ámbito personal, social y pastoral. Frente a este “virus” se deben generar unos “anticuerpos” que nos permitan ver mejor con los ojos del corazón, así como poner a trabajar a nuestro cerebro para encontrar una nueva y más implicada pastoral de los mayores y de los que lo serán en unos años.

Mi cerebro se pone a investigar y a elucubrar. Y saca una vacuna experimental contra este otro “virus de la muerte” llamado edadismo. Su objetivo es lanzarse a ocupar “los receptores celulares” que impedían una buena comunicación. Por eso, tiene una doble diana, actuando sobre la persona huésped y sobre la sociedad. Mi corazón se entristece pensando en tantos ancianos solos y abandonados, aun rodeados de mucha familia. Pero mi cerebro advierte: necesitamos algo más que una vacuna, supone una tarea cultural y educativa que debe comprometer a todas las generaciones.

¿Cuáles son los efectos de esta doble defensa?

Efecto 1. Potencia la mezcla de generaciones, el “virus discriminatorio” tiende a encerrarnos en burbujas de coetáneos y esto hace que aflore el prejuicio. El “virus” genera falsas creencias que son las que dan pie a la discriminación, se adquieren desde pequeños y se alimentan a lo largo de la vida. Solo podemos deshacer este enredo viral si mejoramos el diálogo intergeneracional. Al juntar generaciones, los más jóvenes se dan cuenta de que envejecer no es tan malo y que incluso se puede estar bien. Los niños necesitan tantos adultos carismáticos en sus vidas como sea posible: quienes pasan más tiempo de calidad con sus abuelos tienen una actitud más saludable hacia las generaciones mayores.

Efecto 2. Permite un cambio del paisaje visual que se ofrece en los medios de comunicación y redes sociales.

Efecto 3. Contribuye a cambiar el lenguaje, desechando cualquier término edadista que discrimine al mayor.

Ahora mi corazón pide a mi cerebro que, además de buscar soluciones fuera, dirija su trabajo a quienes lo sufren. Mi cerebro ha investigado y ha oído hablar tanto… de empoderamiento de los mayores, de envejecimiento activo y saludable, y exitoso, y positivo… Entonces, mi corazón dio un paso adelante y vio a los mayores con sus ojos y los escuchó con sus oídos. Mi cerebro se empeñaba en buscarles soluciones desde fuera; mi corazón ardía por mirarlos con otros ojos y escucharlos en silencio. En ese silencio, hiriente a veces, se oían palabras que salían de otros corazones, ya curtidos en mil batallas, llenos de heridas y de preciosas suturas: “No me quitéis lo que Dios me dio, tan solo me queda mi dignidad, por ella lucho en mi soledad. Tan solo quiero ser reconocido y sentir que el amor todavía entra y sale de mi corazón como si fuera su casa. No dejéis que mi corazón se marchite y pierda la esperanza mientras es ignorado, marginado y abandonado”.

Mi corazón explotaba de deseos de abrirse, de salir y darse. Quería ir hacia ellos, pero ellos me pedían un sitio, recuperar el espacio de protagonismo de deberían tener en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia. Saben que nada será como fue, pero esperan que sea lo que debe ser. Y nosotros tenemos que ayudarlos y acompañarlos en este reasentamiento. A unos solo podremos atenderlos y dedicarles tiempo; otros todavía gozan de una excelente calidad de vida, con capacidades conservadas y con intereses y ganas de contribuir a la comunidad.

Cada uno de nosotros, cada familia, cada persona mayor, la sociedad y, sobre todo, la Iglesia como casa común debe asumir su responsabilidad y compromiso para edificar una “sociedad de todas las edades”. En primer lugar, con los ancianos, ayudándoles a que capten el sentido de su edad, a que aprecien sus propios recursos y así superen la tentación del rechazo, del autoaislamiento, de la resignación a un sentimiento de inutilidad y de la desesperación. En segundo lugar, con las generaciones futuras, preparando un contexto humano, social y espiritual en el que toda persona pueda vivir con dignidad y plenitud esa etapa de la vida.

¡Ánimo!, ojalá, ya en la desescalada, salgamos y recorramos nuestras comunidades creando conciencia sobre un envejecimiento digno que, al mismo tiempo, contribuya a construir una sociedad que respete y cuide a sus mayores. Visto lo visto durante el Gran Confinamiento, ¿quién puede pensar que los mayores son descartables? Mi corazón, como el de todos, ha aprendido a aplaudir no solo a las ocho de la tarde, sino cada vez que ve a cada uno de esos mayores que nos lo han dado todo. Gracias a todos ellos.

Diócesis Málaga

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