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¿La limosna cristiana es sólo dar dinero o algo material?

Publicado: 03/04/2014: 12200

«En una ocasión un pobre le pidió limosna a una mujer. La mujer le dijo al pobre que le rezara a Dios y le pidiera ayuda. El pobre le dijo que le sonaban tanto las tripas que se distraía con el ruido de su estómago y no se concentraba al rezar». Ciertamente es difícil rezar con hambre, con el estómago vacío, con frío, durmiendo en la calle…

Creo que casi todos coincidimos en que la limosna es una obligación para los cristianos, y más si la limosna va destinada a aliviar el sufrimiento de los más desfavorecidos. Pero, ¿la limosna cristiana es sólo dar dinero o algo material? Cierto día, entre ricos opulentos que echaban grandes cantidades de dinero en el Arca del Tesoro del Templo de Jerusalén, se acercó una viuda pobre que depositó allí dos insignificantes monedas. Aquella escena la contemplaba a poca distancia Jesús, quien, sobrecogido, llamó a sus discípulos y les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el Arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,43-44). Jesús nos dice que la pobre viuda se estaba dando a sí misma.

Por eso, aunque no podemos olvidar que nuestra limosna también debe ser material, la verdadera limosna del cristiano no está en dar sino en darse.Dar es un acto de generosidad, pero que se queda vacío y carente de sentido si no viene acompañado de la donación de sí mismo. San Pablo expresaba esta idea al afirmar: “Aunque repartiera todos mis bienes, […] si no tengo caridad, nada me aprovecha” (1 Cor 13,3). Y es que la caridad cristiana tiene su origen en el corazón, sin el cual no dejaría de ser altruismo frío.

El cristianismo siempre debe luchar contra la pobreza. Debemos luchar por un mundo más generoso, y la generosidad debe empezar por nosotros mismos. Pero debemos evitar el dar simplemente por dar. Dar dinero no arreglará sin más nuestro mundo. La limosna debe ir acompañada con la donación sincera, generosa y personal de uno mismo.

La beata Teresa de Calcuta, al inicio no tenía nada que dar a sus pobres, pero comenzó por ofrecerles lo más valioso que tenía, algo que ni todo el dinero del mundo podría sustituir y ni siquiera comparase: su corazón y su tiempo. Por esto ella misma lanzaba esta valiente invitación: “No deis solo lo superfluo, dad vuestro corazón”. 

Autor: Rafael Jesús Caro, párroco de Arriate y La Cimada-