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Antonio, el archivo de la Escritura

Antonio de Padua, visto por Murillo
Publicado: 26/06/2018: 244

Antonio de Padua fue proclamado solemnemente Doctor de la Iglesia por Pío XII, el día 16 de enero de 1946.

“Cinco monjes franciscanos han sido degollados en territorio islamista”.

No es una reseña actual (aunque por desgracia puede parecerlo). Corresponde al 16 de enero de 1220. En ella se informaba de la muerte violenta de cinco franciscanos, ejecutados en Marrakech por causa de su fe católica.

La muerte de aquellos frailes produjo una profunda tristeza en toda Europa. Y particularmente causó una enorme impresión en Fernando Bullones, un joven canónigo regular de Lisboa. Conmovido, se mudó el hábito –de agustino a franciscano- y el nombre –de Fernando a Antonio-. Después, pidió permiso para ir a África, para reemplazar a sus compañeros asesinados. Quería el martirio.

Ante su insistencia, sus superiores le concedieron la licencia. Quizás una “licencia para morir”

Sin embargo, nada más desembarcar en el continente negro, tuvo que enfrentarse a un enemigo aún más peligroso que los islamistas. Contrajo la malaria –“mal aire”-, las terribles “fiebres cuartanas”, llamadas así por su ciclo de cuatro días de duración.

Esta enfermedad parasitaria, transmitida por la hembra del mosquito “anofeles”, desde que el hombre existe ha sido su compañera más letal. Aún hoy produce cientos de miles de muertos cada año, sin que ninguna de las vacunas diseñadas se haya mostrado completamente eficaz hasta la fecha.

La malaria derribó los planes de Antonio. La fiebre y los escalofríos, las heces sangrantes y los terribles dolores de cabeza le revelaron inútil para la misión que se había propuesto. De manera que sus superiores le obligaron a regresar a Europa. Abatido, embarcó de nuevo, con el cuerpo estragado por los efectos del mal contraído, y con el parásito alojado de modo latente en su hígado (huésped mortífero, que ya jamás le abandonaría).

Pero el viaje de vuelta se vio truncado por un temporal, que a punto estuvo de resolverse en naufragio. El barco, sin rumbo, finalmente fue arrastrado a las costas de Sicilia, donde Antonio, solo, desconocido y convertido en un guiñapo humano, parecía haber llegado al límite de sus fuerzas.

Su cuerpo estaba tan débil que intentar regresar a Lisboa hubiera sido un suicidio. La opción que tomó fue afortunadamente más sensata: encaminarse hacia Asís, para ponerse en  contacto con el fundador de su orden, Francisco. Se incorporó al Capítulo general “de las Esteras”, convocado para el envío de los frailes en misión a los distintos lugares de Europa. Pero ningún superior reclamó al desconocido Antonio, juzgándole incapaz para ninguna tarea. Estaba “tan gastado de salud, tan desfigurado y flaco, que … habiendo los custodios elegido los frailes que les pareció importarles para sus casas, ninguno hizo caso ni cuenta dél, ni lo miró a la cara con ánimo de llevarlo consigo, porque les pareció inútil, idiota, enfermo y sin algún provecho” (Mateo Alemán, San Antonio I, 13, 80). Finalmente, casi por compasión, el provincial de la Romaña se lo llevó consigo, instalándose en el eremitorio de Monte Paolo.

Aquí podría haber acabado la historia de Antonio: ignorado completamente, con todos sus propósitos frustrados, enfermo crónico y alojado en una cueva a más de dos mil kilómetros de su tierra natal. Pero en lugar de desesperarse, él llevó a cabo esa cumbre de la vida espiritual que es abandonarte en manos de Dios, hacer real la petición “hágase tu voluntad” y acogerla de corazón, confiando en que Dios nos escriba la biografía con la hermosa caligrafía que esconden sus renglones torcidos. Y así, providencialmente, llegó la ocasión de poner en la repisa aquella luz oculta (Lc. 11,33) para iluminar a sus hermanos.

Ocurrió con ocasión de una ordenación de franciscanos y dominicos. Eventualmente le encargaron –sin mucha confianza, hay que decirlo- la predicación en una celebración litúrgica, en la que se reveló sorprendentemente elocuente. Antonio había ocultado su profunda formación teológica, adquirida durante su época como agustino en Portugal. Pero ésta salió a la luz impulsada por la intensa vida espiritual que había acrisolado su terrible sufrimiento físico y psíquico durante aquellos años de oscuridad.

La eclosión fue entonces imparable. El propio Francisco de Asís le encomendó la formación teológica de sus hermanos “siempre que este estudio no apague en ellos el espíritu de la oración y devoción, según los principios de la regla”. Antonio sentaría “las bases de la teología franciscana que, cultivada por otras insignes figuras de pensadores, alcanzaría su culmen con San Buenaventura de Bagnoregio y el beato Duns Scoto”. (Benedicto XVI, Audiencia General, 10.II.2010).

Se le encomendó después ir a tierras francesas a predicar a los herejes albigenses -maniqueos fundamentalistas-. Anduvo de Tolouse a Le Puy, Bourges, Limoges y Arlés, y finalmente fue elegido ministro provincial de la Romaña, otorgándosele la máxima responsabilidad en la misma provincia donde pocos años antes había sido acogido casi por misericordia. Era tan profundo su conocimiento de la escritura, que el propio papa Gregorio IX le llamó “Arca del Testamento” y “Archivo de la Sagrada Escritura” después de escucharle predicar. En sus Sermones pueden contabilizarse más de seis mil citas bíblicas, lo que explica el sobrenombre de Doctor Evangélico que se le otorgaría. (Pío XII, Exulta Lusitania felix, 16.I.1946)

En 1229 fue finalmente enviado a Padua. En solo tres años (murió en 1231), Antonio conquistó de manera irrevocable los corazones de sus habitantes, hasta el punto que su nombre quedará indisolublemente asociado a la ciudad. Pero no sólo cautivó a sus habitantes por su elocuencia, o la profundidad de su doctrina. Era el impactante testimonio de su persona, que entregó noche y día a difundir el mensaje evangélico a pesar de la enfermedad que le arrasaba. Aquél parásito letal que se había introducido en su organismo en tierra africana, el plasmodium, acabó matándole a los 36 años: realmente había conseguido el martirio que deseaba cuando desembarcó desde la Península; sólo que su sacrificio no fue fulminante, sino que se demoró dolorosamente a lo largo de once años, hasta su consumación y sólo tras lograr enormes frutos que aún hoy perduran. 

Antonio “usó todos los instrumentos científicos de entonces para profundizar el conocimiento de la verdad evangélica y hacer más comprensible su anuncio. El éxito de su predicación confirma que supo hablar con el mismo lenguaje de sus oyentes, logrando transmitir con eficacia los contenidos de la fe y haciendo que la cultura popular de su  tiempo acogiera los valores del Evangelio”. (Juan Pablo II, Mensaje con ocasión del VIII centenario del nacimiento de San Antonio de Padua, 13.VI.1994). A su vez Benedicto XVI ha destacado que los dos ciclos de Sermones que se conservan (los “Dominicales” y los “Sermones sobre los santos”) “son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que san Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana” (Benedicto XVI, Audiencia General, 10.II.2010)

“En estos sermones, san Antonio habla de la oración como de una relación de amor, que impulsa al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve al alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita un clima de silencio que no consiste en aislarse del ruido exterior, sino que es una experiencia interior, que busca liberarse de las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma, creando el silencio en el alma misma. Según las enseñanzas de este insigne Doctor franciscano, la oración se articula en cuatro actitudes indispensables que, en el latín de san Antonio, se definen: obsecratio, oratio, postulatio, gratiarum actio. Podríamos traducirlas así: abrir confiadamente el propio corazón a Dios; este es el primer paso del orar, no simplemente captar una palabra, sino también abrir el corazón a la presencia de Dios; luego, conversar afectuosamente con él, viéndolo presente conmigo; y después, algo muy natural, presentarle nuestras necesidades; por último, alabarlo y darle gracias.

Y en esta enseñanza de san Antonio sobre la oración “observamos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, de la que fue el iniciador, a saber, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que también es la fuente de la que brota un conocimiento espiritual que sobrepasa todo conocimiento. De hecho, amando conocemos”. (ibídem)

Antonio de Padua fue proclamado solemnemente Doctor de la Iglesia por Pío XII, el día 16 de enero de 1946.


Francisco García Villalobos

Abogado canonista y escritor. Autor de Semblanza de D. José Gálvez Ginachero (2012), Los Procesos Judiciales de Jesús de Nazaret (2013) y Solima (2014). Secretario general-canciller del Obispado de Málaga.

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