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Alberto, el hombre que nunca sabía demasiado

San Alberto Magno, doctor de la Iglesia
Publicado: 27/09/2018: 113

Cuando por fin consiguió volver al convento, cerró tras de sí la puerta de su celda, más parecida a un laboratorio que al aposento de un fraile.

Se sentó pesadamente en su camastro, mientras intentaba sin éxito calmar la tormenta que azotaba su cerebro. Aquel día de 1278 había sido, muy probablemente, el peor de su vida.

La mañana había comenzado con total normalidad. Empezó como una rutinaria jornada más en Colonia, la ciudad universitaria construida sobre el Rhin, que albergaba las reliquias de los Reyes Magos, y cuya imponente Catedral había comenzado a construirse apenas 30 años atrás. Alberto se había dirigido, como siempre, a impartir sus clases. A ellas, como de costumbre, habían acudido más estudiantes de los que cabían en el paraninfo. Ocupar un sitio en el aula magna para poder escuchar al “doctor universal” era un verdadero desafío.

Comenzó su conferencia. Pero inmediatamente percibió que algo en su mente estaba fallando. El flujo de su poderosa inteligencia comenzó a disminuir su caudal, hasta detenerse por completo. Consultó sus notas, pero éstas le resultaban un cúmulo de apuntes sin sentido, como si hubieran estado escritas en una lengua abstrusa. Dejó entonces de hablar: había extraviado completamente el hilo del discurso. Miró a su alrededor, intimidado, viendo fijos en él los ojos expectantes de los alumnos, que al principio creían que su largo silencio era sólo un efecto retórico. Hasta que los jóvenes le vieron recoger confuso sus libros, y abandonar lentamente la sala. Empezaron entonces a susurrarse entre si lo que rápidamente se siguió comentando en toda la ciudad, propagándose como un veloz contagio: Alberto, el doctor, Alberto el sabio, el hombre que literalmente sabía de todo y más que nadie… había perdido la memoria.

Sus enemigos atribuyeron el accidente a la justicia divina: sin duda Alberto había sufrido aquel castigo por el diabólico autómata de hierro que se rumoreaba construyó, y que su propio discípulo Tomás de Aquino se había visto obligado a destruir. Sus amigos, a una intervención de la Santísima Virgen, que en su juventud le había otorgado una prodigiosa memoria; pero que también le había advertido que cuando su muerte se aproximara la perdería, para que se supiera que era Ella, la Casa de la Sabiduría, quien se la había concedido, y no sus propios méritos. Sea como fuere, la paradoja de ver al hombre más ilustrado de su época, y probablemente de los más sabios de la historia de la Humanidad, reducido a aquel lamentable estado, era una terrible lección de humildad que todos en la ciudad de Colonia comentaban admirados. El propio Alberto, refugiado en su convento, repetía una y otra vez desde el interior de su celda a quienes le llamaban: “Alberto… ya no es Alberto”.

Pero, ¿quién era Alberto?

Tenía sangre noble. Su padre era señor feudal de Lauingen, pequeña localidad de Augsburgo, a orillas del Danubio. Quizás por estar al servicio del excéntrico Federico II de Hohenstaufen, apodado “el Anticristo” por sus contínuas disensiones con el papado, se opuso radicalmente a que recibiera las sagradas órdenes. Pero a pesar de elevar la cuestión incluso ante el papa Honorio, su hijo consiguió cumplir su deseo de ingresar en la Orden de Predicadores, fundada poco tiempo atrás por el español Domingo de Guzmán. Así, Alberto, que inicialmente había sido encaminado a estudiar leyes en Bolonia, acabó en París doctorándose en Teología.

Su curiosidad y afán por saber, fuera cual fuese el objeto de conocimiento, eran infinitos. En el campo de las ciencias naturales, realizó aportaciones notabilísimas, impugnando con firmeza muchas creencias de tipo mitológico que venían aceptándose secularmente desde Plinio. Sus estudios abarcaron multitud de disciplinas: mineralogía, botánica, zoología, química, etc. Por citar sólo algunos ejemplos: asignó un origen orgánico natural a los fósiles; refirió el proceso de asimilación del alimento de las plantas; elaboró una verdadera enciclopedia zoológica en 26 libros; describió detalladamente el arsénico, hasta el punto que muchos le atribuyen su descubrimiento; representó con gran exactitud las cadenas montañosas europeas… Con razón se dice que Alberto “estudió y describió la totalidad del cosmos, desde las piedras a las estrellas”. Wimmer, G., Deutsches Pflanzenleben nach Albertus Magnus, Halle, 1908, p. 8). Entre los años 1254 y 1257 fue Prior Provincial de Sajonia, teniendo a su cargo cuarenta casas de la Orden. El territorio a cubrir era vastísimo, pues se extendía desde Bélgica hasta Lituania, pasando por Alemania, Austria y Polonia. Combinando su celo pastoral y su inagotable curiosidad, aprovechó los frecuentes viajes que realizó para efectuar sus observaciones en todos los campos de las ciencias naturales.

Pero más allá de la cantidad o calidad de sus contribuciones científicas, lo verdaderamente significativo de Alberto fue su método, netamente empírico en el campo de las ciencias físicas. Advirtió que los principios teóricos deben inferirse de la investigación directa y la experimentación. “Porque la Filosofía no puede tratar de cosas concretas… No se pueden hacer silogismos sobre naturalezas concretas, de las que sólo la experiencia da certeza” (De vegetabilibus et plantis, VI).

Durante toda su vida, proclama la necesidad de la investigación objetiva, abandonando los fines moralizantes y didácticos con que los primeros cristianos se aproximaban místicamente a la naturaleza. Clasifica, analiza, enumera, organiza, relaciona, siempre con exquisita objetividad, comprendiendo perfectamente los límites y fronteras de la fe y la ciencia, y el respeto mutuo que deben tributarse. No en vano, en 1941 será proclamado por Pío XII “patrón ante Dios de cuantos se dedican a las ciencias naturales” (Breve Ad Deum per rerum naturae, AAS 34, 1942, pp. 89-91).

Como señalaría Gilson (La filosofía en la Edad Media, Gredos 1972, p. 368), Alberto se lanzó al saber “con el gozoso apetito de un gigante de buen humor … era un caso de pantagruelismo … si escribe tratados De omni re scibili (De todo lo que se puede saber) o un `Manual del perfecto jardinero´ es -dice él-, porque resulta `agradable y útil´. Ésta avidez heroica hacia todos los conocimientos accesibles al hombre es lo que la Iglesia ha querido glorificar en este santo al canonizarlo. Poner al alcance de los latinos toda la física, la metafísica y las matemáticas, es decir, toda la ciencia acumulada hasta entonces por los griegos y sus discípulos árabes o judíos: ésa era la intención este extraordinario enciclopedista” (o.c. p. 469)

Sus clases en la Universidad de París gozaban de tanto éxito que no había sala suficientemente grande para acoger la afluencia de los estudiantes que deseaban oírle. Así, tenía que impartirlas en plena calle, acomodándose sus alumnos sobre improvisados asientos hechos con esteras de paja, en la que aún hoy se conoce como plaza de Maubert (deformación de Maître Albert), entre los barrios de la Sorbona y San Víctor.

Ante su enorme prestigio, y confiando en sus cualidades, el papa Alejandro IV le propuso ser Obispo de la Diócesis de Regensburg (Ratisbona), que en aquel entonces se hallaba en un estado lamentable. El entonces Superior general de la Orden dominica se opuso frontalmente, considerando que aceptar el nombramiento sería atentar contra el voto de pobreza: “Quién podría imaginar que un hombre como tú, en el ocaso de la vida, iba a ser capaz de estampar esta mancha en la gloria de nuestra orden … preferiríamos escuchar que nuestro querido hermano está en la tumba antes que ocupando una sede episcopal. … te suplicamos de rodillas, en nombre de la humildad de la Santísima Virgen y de su Hijo divino, que no abandones tu estado de abajamiento” (Huscenot, J., Los doctores de la Iglesia, San Pablo 1999, p. 307).

La petición y consejo del papa finalmente se transformaron en orden y mandato. Alberto se vió obligado en 1260 a aceptar la sede de Ratisbona. La Diócesis estaba en una situación deplorable, con una economía arruinada, y un presbiterio corrupto sin ningún afán pastoral, y movido exclusivamente por el ánimo de lucro.

Para dar ejemplo, el nuevo Obispo empezó a realizar sus visitas pastorales a pie y con un sencillo y fuerte calzado. Pero se prodigaron las burlas, y sus mismos clérigos le llamaban abiertamente “monseñor zapatones” y “el obispo de los zuecos”. Tras sólo dos años de mandato, el saldo de su esfuerzo era tan pobre, y el contínuo sufrimiento que le provocaban sus propios sacerdotes tan amargo, que acabó presentando su renuncia al nuevo papa, Urbano IV.

Suele decirse que la preparación previa de los materiales que realizó Alberto fue la que permitió que su alumno Tomás de Aquino construyera su gigantesco edificio filosófico. “No se contenta con reproducir a Aristóteles o a sus comentadores: explica, comenta, completa y se entrega a un verdadero trabajo de restauración.” Con su esfuerzo, reconocido universalmente, incluso por personajes de la talla de Rogelio Bacon, “los cristianos comprobaban con satisfacción que habían encontrado por fin la filosofía, y que uno de los suyos se colocaba en la misma línea que los más ilustres de entre los árabes y los judíos”. Ciertamente, “si hoy existe una filosofía como tal se debe a la paciente labor de los pensadores medievales. Ellos fueron los que, con una obstinación prudente y reflexiva, lograron definir un ámbito en el que el pensamiento fuese independiente y reconquistar para la razón derechos que ella misma había dejado caer en desuso … si la característica del pensamiento moderno es la distinción entre lo que es demostrable y lo que no lo es, fue en el siglo XIII cuando se fundó la filosofía moderna, y fue con Alberto Magno con quien tomó conciencia de su valor y de sus derechos” (Gilson, o.c. 470-3)

En definitiva, su gran mérito fue enseñarnos que entre fe y ciencia no existe oposición. Él estaba convencido de que “todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, diferente de la teología, a la cual la une sólo la unidad de la verdad. Así nació en el siglo XIII una distinción clara entre los dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la auténtica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre todo la teología, definida por san Alberto "ciencia afectiva", la que indica al hombre su llamada a la alegría eterna, una alegría que brota de la adhesión plena a la verdad”. (Benedicto XVI, Audiencia General, 24 de marzo de 2010).

Tras la tormenta de su cerebro, Alberto se recogió sereno en la meditación sobre su próximo fin. Rezaba a diario el oficio de difuntos junto a la que sería después su tumba. Su memoria había caído en el duro combate del saber. Pero su entendimiento y voluntad se encontraban intactos. Sabía, y quería, ponerse en manos de Dios. Y éste le abrazó con amor cuando su vida terrena cesó el 15 de noviembre de 1280.

Alberto Magno fue proclamado santo y Doctor de la Iglesia en 1931 por S.S. Pío XI.


Francisco García Villalobos

Abogado canonista y escritor. Autor de Semblanza de D. José Gálvez Ginachero (2012), Los Procesos Judiciales de Jesús de Nazaret (2013) y Solima (2014). Secretario general-canciller del Obispado de Málaga.

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