BlogsDroga, vida y libertad

Cautivo, heroinómanos y "legionario"

Manos del Ntro. Padre Jesús Cautivo, de Málaga
Publicado: 22/12/2014: 1742

A la memoria de mi amigo Antonio Ramírez Mesa, "El legionario". Párroco de Sto. Domingo (1981).

«¿Es que Dios no es capaz de hacerlo?» Decía uno, y otro respondía- «Bueno, Dios puede que no, pero ¿El Cautivo?, venga tío, ese lo puede todo. ¡A mí, mi madre me ha contado cada cosa!»

En 1981 empezaba a hacerse visible un grupo de jóvenes que, enganchados a la heroína intravenosa, se encontraban atrapados, sin saber qué hacer ni adónde dirigirse, con una percepción clamorosa de sentirse excluidos, marginados y olvidados. Las incógnitas eran muchas. Con este panorama, el párroco de Sto. Domingo, Antonio Ramírez Mesa (“El legionario”), ofreció su persona y los salones parroquiales para tener un espacio físico donde reunirse con ellos y su familia, e iniciar una aproximación a un fenómeno desconocido, pero que se intuía progresivo y perverso. Él se implicó y complicó, de tal manera que ante las dudas que surgían y la ignorancia que se tenía, siempre era el gran animador, “Pepe- me repetía- lo que tenemos que hacer es atenderlos, escucharlos, darles consuelo, cariño y esperanza, lo demás vamos a dejarlo en las manos del Señor”. Así fue como empezamos a descubrir que donde no llega la ciencia llega el corazón y unido al interés que se ponía, en poco tiempo la cosa se iba clareando. Por la proximidad del barrio del Perchel y de la Trinidad, la mayoría de los drogodependientes eran de esa zona, y el matiz que empezamos a notar, era que sin apenas haber pisado una iglesia, una mayoría de las familias proclamaban una devoción muy exclusiva y excluyente al Cristo del Cautivo, y desde luego sin ninguna afición o querencia clerical o eclesial. Sus fotos, estampas y alguna imagen, con sus lamparillas de aceite encendidas, se encontraban con frecuencia en una habitación de la casa: era el "médico para todo", el paño de lágrimas y al que de manera especial, las madres acudían para contarles sus problemas con la certeza de ser escuchadas y aliviadas. Era una devoción que emergía con fuerza desde lo más íntimo de unas personas generalmente en unas situaciones casi miserables de vida y de la que participaban con un especial respeto, de una manera directa o indirecta, todos los miembros de la familia.

En las reuniones que teníamos tres días a la semana en la parroquia, siempre faltaban muchos, porque ganarse la vida para el consumo no era ni es fácil, pero las madres eran fieles, y la comunicación de sus problemas, junto con sus descargas emocionales, representaban alivios muy terapéuticos. Con los enfermos, como la ciencia que teníamos era tan parca, y no existía mucha información sobre tratamientos, nos centrábamos en el análisis de los factores de riesgos, evitar conflictos sociales e intentar ensayar algunos remedios farmacológicos. Durante este primer periodo, lo más importante para ellos era tener un refugio donde ponerse a salvo y sentirse respetados, valorados y reconocidos como personas. El cura, "el legionario" como alter christus (y no era ni es la excepción en su gremio) junto a la acogida cariñosa siempre risueña y optimista, su cercanía y las palabras singularmente estimuladoras, siempre le añadía una bolsa de comida…y lo que "encartara". Unidos en las dificultades, nos enriquecimos en alegría, y el trueque fue desmedidamente ventajoso.

En una de esas reuniones, “el Lolo” nos dijo que su madre le había hecho una promesa al Cautivo, y que él también le había hecho otra: «si me dejan salir con el trono, dejo la heroína». La discusión se inició de inmediato, pues el temor y miedo que se le tenía al mono estaba más que magnificado. «¿Es que Dios no es capaz de hacerlo?» Decía uno, y otro respondía- «Bueno, Dios puede que no, pero ¿El Cautivo?, venga tío, ese lo puede todo. ¡A mí, mi madre me ha contado cada cosa!» El asunto nos tuvo entretenido durante un buen rato. Parece ser que el lunes santo, “el Lolo” consiguió arrimarse a un varal del trono y tener la mano apoyada durante el traslado hasta el hospital, y por la noche aguantó, con su madre de la mano, la tromba de agua que ese año inundó muchas zonas de Málaga: «es que el Cautivo llora por todos nosotras» , explicaban alguna madres.

Como pasaban los días y "el Lolo" no aparecía en la parroquia, con el cura nos acercamos a su casa para ver lo que le pasaba. La madre nos confirmó que desde que encerraron al Cautivo, hacía 8 días, su niño no había puesto los pies en la calle para nada. Lo encontramos tranquilo y sereno y se mantenía sin consumir, pero tenía mucho miedo a salir. Después de algunas semanas apareció en las reuniones. Había recaído, y es que Dios nos da las nueces, pero nosotros tenemos que partirlas, pero ratificó sus testimonio de haber pasado el mono “sin monazo”, y a todos nos sirvió para disminuir la tragedia de dejar la droga y considerar la posibilidad de poder, a pelo y siempre que se tengan motivaciones, superar el síndrome de abstinencia, y esto sí que fue el auténtico milagro de “el de la túnica blanca”.

Durante esa temporada adquirimos experiencia, ¡qué falta nos hacía!, aprendimos cosas, y empezamos a comprender y por lo tanto a saber ayudar a la persona que sufre, y de manera especial tocamos una dimensión que nos sirvió para desterrar definitivamente la idea de reducir al ser humano a lo que ve, oye, palpa o incluso siente, porque al tener la osadía de asomarnos a su interior se descubren espacios de infinitud con aromas de divinidad que le señala como "espíritu localizado".


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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