BlogsDroga, vida y libertad

Exégesis de un suicidio

Publicado: 29/12/2014: 1097

Buscar el placer y evitar el displacer constituye un instinto permanente de todo ser humano, que tiene su motivación mas esencial en conseguir la felicidad, entendiendo ésta como el conjunto de una serie de elementos y circunstancias en que el tener un nivel económico suficiente es un factor importante, siempre que la salud sea buena y se acompañe de un requisito necesario e indispensable: gozar de estados emocionales gratificantes, alejados de preocupaciones y problemas. Salud, dinero y amor, parece que es el paradigma de una felicidad que siempre se nos está escapando, como jugando al escondite, y que cuando aparece, son periodos de tiempo que saben a poco.

Pero la verdadera realidad de la persona, es su mundo interior, con el que está   todo el día, ocupando ese espacio en un continuo reflexionar, pensar y dialogar, buscando explicaciones a todo lo que le ocurre, rumiando el pasado y diseñando el futuro, en una tonalidad de búsqueda de la felicidad. Y es precisamente la interpretación de lo que le acontece, que se encuentra condicionada por las motivaciones de su conducta, lo que determinará su calidad de vida: no es lo que le ocurre, sino la manera de vivirlo lo que tiene el mayor significado para su existencia.

No es difícil que para muchos, esa calidad se encuentre amenazada por el contexto de una sociedad que se vive como complicada, competitiva y generadora de estrés y que le provoca una sensación de desconcierto y desorientación. Es entonces cuando puede surgir la droga como instrumento terapéutico, ya que ofrece de manera rápida, fácil y sin esfuerzo personal, una clausura del contacto con esa realidad agresiva, y abre una puerta al descanso. También facilita, por su propiedad enteógena, un cierto proceso de fusión con lo más íntimo que todos tenemos y que conforma un escenario interior con capacidad de ofrecer respuestas  a los niveles de ansiedad que soporta…, al menos es lo que experimenta cuando se encuentra con los efectos del consumo, y aunque en poco tiempo llega a tomar conciencia que la droga es un error de cálculo en el camino de la felicidad, es una verdad que generalmente asume a posteriori, cuando  la esclavitud bioquímica se ha hecho dueño del cerebro. Y es que la dinámica es fija y sistemática: el consumo marca un paréntesis gratificante, pero pasado sus efectos, surge otro de cierta incómoda disforia que impulsa a repetir ese consumo cuando se presente la ocasión, ¿por qué no? Nadie deja una sustancia que le hace vivir un estado positivo de conciencia hasta que sus inconvenientes no sean muy superiores a sus alegrías. De manera gradual, la salud se deteriora, el dinero disminuye y se agota, y sobre todo, la realidad interna, donde reside la vida afectiva y emocional, se distorsiona. Después de un cierto tiempo se llega a admitir el fracaso que le ha originado la droga, pero vive ya en un estado de confusión mental en el que apenas se consigue una secuencia de pensamientos lógicos. Empieza a tener la percepción de sentirse abandonado y rechazado. Comprueba dolorosamente que no le importa a casi nadie, y la indiferencia de los que le rodean es la más evidente y cruel señal. Su vida se encuentra plana. Tiene pocas razones para vivir, e igual para morir; vida y muerte se representan en la misma línea, y dejar el cuerpo se empieza a considerar como una liberación. Pesa sobre él una oscuridad que le hace experimentar un suicidio virtual, pues sin querer mirar al pasado, no viendo el futuro y con un presente insoportable, surge con fuerzas la idea de dejarlo todo, y también se pregunta: "¿dejar qué?, ¿qué tengo que dejar?"

Existen datos neurobiológicos que definen el problema, pues la droga ha ocasionado deterioro de la corteza frontal que es sede de las funciones ejecutivas del cerebro, entre ellas la de la censura interna, que impide actuaciones peligrosamente impulsivas, a lo que hay que sumar la alteración general de las líneas de comunicación cerebral que dificulta la comprensión de los acontecimientos, y las repercusiones de la situaciones continuadas del estrés en el sistema inmunológico, y que se encuentran fundamentado en el denominado cuadro bioquímico del suicida que señalan las alteraciones de los niveles de serotonina (5-HT) y su metabolito, el Ac.5-hidroxiindolacético (5-HIAA), y  la disfunción del eje hipotálamo-hipofisario-suprarrenal, con el aumento del FCR ( factor liberador de corticotropina) que nos señala del cortisol, y en los niveles séricos del colesterol que alteran la función de las membranas neuronales y por tanto su unión con los neurotransmisores: esta relación entre los niveles lipídicos en suero se relacionan actualmente con el diagnóstico y pronóstico de diferentes trastornos mentales. Pues bien, estos factores de riesgos neuroquímicos se presentan rutinariamente en los consumidores veteranos de drogas, de manera muy singular con la cocaína, y a los que también se le suman las disfunciones de otras dos monoaminas (dopamina y noradrenalina), y que per ser condicionan una situación de anhedonia, apatía, desinterés y depresión.

A pesar de todo, en esta situación de necrópolis neuronal que conforma un suicidio psíquico y un pre-suicido físico, siempre se encuentra presente una luz que pidiendo auxilio a la esperanza, persiste en lo más hondo de su ser. Solicita ayuda y es entonces cuando el trabajo de los profesionales de las drogodependencias adquiere su pleno sentido y fundamento, y que consiste en soplar en esas ascuas encendidas de su espíritu, para convertirlas en llamas. Esto se consigue si le acogemos y atendemos con interés y pasión, y ella percibe que es escuchada, respetada, consultada, valorada y reconocida y, entonces, espontáneamente se movilizan y se activan sus potencialidades cerebrales; es fácil que supere el escalón autodestructivo y vislumbre otros caminos. Se nos presenta la ocasión para ofrecerle la posibilidad de acompañarlos en una relación de ayuda y orientación para que tomen conciencia de sus recursos con la seguridad que, si quiere y lo argumenta, pueda recuperar el control de su vida y hacerse protagonista de su futuro. De una manera singular se trabaja para que definan hacia dónde quieren dirigir sus vidas para que sabiendo la meta a alcanzar, todos los vientos le sean favorables.

Cooperar para que estos suspiradores de suicidio encuentren motivaciones para controlar su vida y alcancen dignos y aceptables niveles de vida, es una de las más apasionantes aventuras que un humano puede realizar, y en la que, en muchas ocasiones, recibimos de ellos lecciones de grandeza, generosidad, fortaleza y voluntad.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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