BlogsDroga, vida y libertad

Un "camello" particular

Publicado: 29/01/2015: 1073

La propia dinámica de la enfermedad de la droga condiciona situaciones conflictivas y traumáticas, que en muchas ocasiones despiertan lo mejor de cada persona, estimulando y desarrollando una conducta con resultados terapéuticos que la ciencia difícilmente consigue: en todos los casos, el fármaco milagroso es el amor.

"Rafa", llevaba dos años en tratamiento por su adicción a las drogas y su evolución presentaba las alternativas normales. Su vida se encontraba limitada a un buscarse la vida para conseguir la dosis y, en los esporádico periodos de abstinencia en los que apenas salía de su casa, su madre Carmen,  a la que profesaba un profundo y sincero cariño, respeto y devoción, constituía su única familia; en las terapias siempre repetía que era ella el motivo y la razón para abandonar la droga, aunque esto era sólo una declaración de intenciones. Por unas molestias gástricas, tuvo Carmen que someterse a unas pruebas en el hospital y le diagnosticaron un cáncer de páncreas en periodo avanzado y con un tiempo muy limitado de vida. A "Rafa" la noticia lo dejó grogui y desorientado. Los primeros tiempos no se separaba de su madre y la acompañaba a casi todas las revisiones. Las consultas a la clínica del dolor se empezaron a ser más frecuentes y los tratamientos de sedantes, hipnóticos, analgésicos, antidepresivos, ocuparon tiempo y preocupaciones. El insomnio se consolidó como síntoma y junto a las ansiedades, miedos y preocupaciones, condicionaron dolores y sufrimientos que los medicamentos no lograba superar.

"Rafa" vivía un calvario porque su mente rumiaba una culpabilidad que le obsesionaba, y que manipulaba para justificar su consumo.  Una noche su madre presentó un cuadro agudo de náuseas, vómitos y dolores, y tuvo que ser ingresada en el hospital. "Rafa" pasaba esa noche acurrucado en un portal bajo los efectos de la droga y cuando de mañana llegó a su casa y no encontró a su madre, se obsesionó con la idea que había muerto, y fue una vecina la que le informó de lo sucedido. Como un zombi se fue al hospital y cuando vio a su madre en un estado de especial postración y con mascarilla de oxígeno, sueros y un tubo en la boca, se puso de rodilla y, gimiendo y llorando, estuvo hasta que una enfermera le ayudó a levantarse. Con el alta hospitalaria, Carmen volvió a su casa, pero los dolores se hicieron cada vez más intensos y resistentes a los fármacos, lo que desesperaba a "Rafa" que no soportaba ver a su madre sufriendo, a pesar de la forma tan magistral con la que ella lo disimulaba en su presencia. Pero "Rafa" vivía una experiencia interior de confusión, desánimo e impotencia, que no dejaba de torturarlo. Algo se tuvo que quebrar en su interior, y como el amor no soporta la espera, decidió abandonar el consumo y dedicar a cuidar con todas sus fuerzas a lo único que quería y que le ofrecía sentido a su existencia: su madre.

Un día me sorprendió con: "doctor, por qué no probar con mi madre el revuelto (cocaína y heroína), pues a mí me deja muy tranquilo y me quita todo". Como médico no tengo la menor duda en que mi primera y más importante misión es aliviar el sufrir humano con cualquier sustancia que lo pueda conseguir  y que no provoque más inconvenientes de los que se pretenden evitar, y esto con independencia de las consideraciones morales, éticas o legales que al ser accidentales, son siempre de un rango inferior al de aliviar el dolor. Le expliqué a Carmen los detalles y ella dio su conformidad. "Rafa" se comprometió a que no le faltara, con sus trapicheos, la dosis necesaria diaria y se convirtió en un "camello por amor", y en estas condiciones acepté  controlar el tratamiento, ajustar dosis, valorar efectos y vigilar su evolución.

Cuidar a su madre se convirtió en la razón de su vida y  le ofreció un sentido existencial: el amor entre madre e hijo consolidó una relación en que la vida empezó a tener otro colorido; nada había cambiado pero todo era de otra manera: el horizonte estaba colmado de ilusiones y optimismos asociados a oasis de paz que tenían casi olvidados. Los dolores disminuyeron, el insomnio desapareció, aumento el apetito y sus ganas de salir a la calle, por lo que los días tenían muchas luces y menos sombras, y de manera singular, sus estados de conciencia gratificantes fueron más intensos y frecuentes:  resquicios de felicidad empezaron a presentarse. Las últimas semanas de su vida fueron de una digna calidad de vida, y su muerte, con la mano de su hijo entre las suyas, fue "pacifica y pacificadora". 
"Rafa" sigue intentando resolver su particular proceso de duelo, que le hace vivir en una rutina llena de tinieblas y remordimientos que le ha hecho volver al consumo. Conseguir hacer las paces con su pasado y cambiar los recuerdos por esperanzas, define el objetivo en el que actualmente trabajamos.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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