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Droga y cristianismo

Publicado: 11/02/2015: 1264

Una conexión biográfica entre enfermedad y crisis personal se encuentra, de manera directa o indirecta, en la etiología de todo proceso morboso, y así las drogas, ante situaciones de dificultades existenciales de cualquier orden, ofrecen de manera fácil, cómoda y rápida, un efecto terapéutico al desencadenar en la persona un estado de conciencia gratificante que define la sensación de poder, euforia y relativización y alejamiento de todo conflicto, y que justifica la repetición del consumo y el olvido interesado de sus graves y seguras consecuencias.

Si queremos que la enfermedad de la droga inicie un camino de retorno, tenemos la necesidad de buscar remedios causales: la historia nos ofrece grandes consejeros que ha iluminado el arte de la medicina como Galeno, Hipócrates, Avicena etc., y también  una referencia obligada a un "tal Jesús, el de Nazaret" que en su contexto geográfico fue muy famoso como un gran sanador que inició unos abordajes terapéuticos por los actualmente que suspiran todas las persona enfermas, pues curaba "tocando, mirando y hablando", eliminó los medicamentos para quitar barreras y, sólo en ocasiones, utilizaba barro y saliva que él mismo aplicaba; reconocía a todo hombre como persona, incluso a los esclavos; resucitaba por dentro, ofreciendo palabras de profunda paz, con motivos de esperanza al deprimido, alegría al triste y luz a los desesperados, pero sobre todo se acercaba al enfermo y le ofrecía su apoyo incondicional, y mirándole con ojos de ternura le imprimía en su corazón ilusiones y ánimos tan vivos que esa persona ponía en acción todos sus propios recursos internos… y haciendo lo posible conseguían lo imposible. La medicina que practicaba era holística y desde dentro, porque su truco era utilizar el instrumento sanador más poderoso que existe: el amor (Ágape) -diferente del amor helénico (Eros)- y que es la libre donación de sí mismo: efusión del ser en plenitud hacia el ser en menester o privación. Este Jesús, a veces curaba, otras aliviaba y siempre consolaba de tal manera que el motivo de la consulta se quedaba en otro lugar. Señaló y detalló los virus y bacterias causantes de todas las enfermedades: el odio, el egoísmo, la ambición, la violencia, la injusticia, etc., como consecuencias directas de la ausencia o disminución del amor, y prescribió unas singulares directrices psicológicas que practicadas, aseguran y garantizan la paz y armonía interna que es piedra angular de la felicidad: el sermón del monte. Como sigue gozando de reconocido prestigio científico, ya que sus remedios sanadores no ha sido aún refutados, no sería mala idea practicar sus consejos, aunque sólo sea por "un probar", a ver qué sucede.

Claro que para los cristianos, esta figura no es simplemente un curandero histórico y famoso, sino el Hijo de Dios que vino a la tierra, se encarnó, murió, resucitó y nos hizo, a toda la humanidad, hijos de Dios con todos los derechos: "dioses por participación y filiación", y que llevamos una huella impresa, una especie de  gen espiritual que al ir desarrollándose en nuestra vida, nos identifica cada vez más con Él, porque el cristianismo no es un simple sistema doctrinal sino la presencia de Dios vivo en nuestros corazones, que sólo diviniza cuando se práctica, y que fundamenta la vida "en, por y con Cristo" en una cristogénesis que representa el origen y meta de nuestra existencia, con la más completa respuesta a todas nuestras inquietudes. Es evidente que nadie, tampoco el cristiano, se encuentra exento de  enfermedades o dificultades, pero éstas se viven e interpretan como las ocasiones o caricias que Dios permite para, al ser superadas como demostración de amor, identificarnos con su voluntad.

Después de más de dos mil años, sigue proporcionando un jubiloso sentido a la vida de millones de personas hasta límites en que la razón se encuentra hipotecada para entender lo que les sucede por dentro (¿estarán todos ellos "pillaos"?) pues inmolan su vida en el polo norte, entre los abandonados y últimos de la fila, en una isla de leprosos, un monasterio de clausura, una parroquia olvidada..., y todo ello con la pasión de amor por los demás; a pesar de todo, siguen siendo personas que, aunque divinizadas por su intención, se encuentran sujetas a los acontecimientos que le suceden a cualquiera y en la que sus debilidades humanas son socialmente enjuiciadas con el máximo rigor (hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece), pero siguen trabajando por un mundo mejor y proclamando, a tiempo y destiempo, que el "amor ni cansa ni se cansa".


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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