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Móvil dependencia infantil

Publicado: 16/03/2015: 1000

Un tiempo importante de nuestra vida, lo utilizamos en un diálogo mental para el discernimiento de los acontecimientos que se hacen presentes en nuestra existencia, porque nuestra calidad de vida se encuentra marcada esencialmente, no por los que nos sucede sino por su interpretación, ya que dependiendo de ésta, se desencadenará unos movimientos afectivos y emocionales que son los que dirigirán una conducta determinada. Es este trabajo cerebral el que definirá nuestras alegrías y nuestras penas, ofreciendo argumentos para afirmar  que en el cerebro encontramos el paraíso o el infierno. Por tanto, proteger y cuidar su normal funcionamiento, es mantener una garantía de felicidad. Pues bien,  las ondas electromagnéticas de los móviles, tienen no sólo la capacidad de entorpecer el proceso de discernimiento, sino de contaminar las respuestas e incluso interferir órdenes y sus mecanismos de acción, y que adquieren una singular importancia cuando el escenario es un cerebro inmaduro y en periodo de expansión y desarrollo.

Es evidente que cuando los padres regalan a su hijo un móvil, su intención está adornada de bondades recíprocas: la tranquilidad que proporciona el tenerlo localizado, y que él pueda llamarlos cuando lo necesiten, supera ampliamente el gasto que pueda suponer. El niño acepta el regalo como un juguete que considera inocuo y que puede utilizar con toda tranquilidad; descubre que puede contactar con sus amigos cuando lo desee; se siente más libre para salir, y esto fortalece su sensación de autonomía; alivia el posible malestar derivado de sus momentos de aislamiento; tiene la percepción de cierta impunidad para hablar y tocar todos los temas, lo que hace disminuir su timidez y aumentar su seguridad, y puede ofrecer una imagen idealizada de su persona, reforzando su autoestima. La sensación de experiencia gratificante justifica el deseo de su uso, y cuando se da satisfacción a un deseo (refuerzo positivo), se refuerza un hábito  que se consolida por la repetición del acto (coger el móvil) y que va condicionando una cierta urgencia compulsiva, especialmente si ese acto le puede aliviar o retrasar una situación de intranquilidad, soledad o simple aburrimiento, y que conforma el refuerzo negativo que ayuda a enraizarlo. Casi sin percatarse, aumenta la frecuencia y cantidad de su uso, consumiendo cada vez más tiempo, energía, dinero y recursos emocionales. Toda actividad que provoca una gratificación inmediata, posee la potencialidad de generar una querencia, que le hace relativizar los argumentos para no repetirla,  ya que conseguir el placer y evitar el displacer, es el instinto primario y visceral de toda persona, pero también marca una grabación neuronal que con su estructura bioquímica consolida una memoria emocional que tiende permanentemente a expresarse en la conducta. Su tiempo de ocio se rellena con el aparato. Se araña espacio a sus deberes escolares y disminuye su rendimiento. Se abandona responsabilidades en la casa e incluso empieza a aparecer el factor de aislamiento. La ocupación y preocupación por el móvil, define una conducta que tiene un contenido de la conciencia muy selectiva y que crea una realidad bioquímica similar a cualquier dependencia.

El uso del móvil pasa a adicción, cuando origina alteraciones de la conducta, que siempre van unidas a las emocionales. El diagnóstico se confirma cuando, tiene que prescindir del móvil durante horas o días, y se manifiestan síntomas de malhumor, intranquilidad, ansiedad,  palpitaciones, agresividad, alteraciones digestivas y otros síntomas que tipifican un síndrome de abstinencia.

La invasión sistemática de estas ondas, también condicionan una confusión en el sistema de información cerebral, frenado la velocidad del pensamiento y los razonamientos, disminuyendo la capacidad de aprendizaje y afectando directa o indirectamente a las potencias mentales: memoria, entendimiento y voluntad.

Actualmente se estudia la hipótesis de su capacidad, como emisor de ondas electromagnéticas asociada a todas las ondas que nos rodean, de facilitar la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, exponiendo al cerebro a un mayor número de sustancias tóxicas, y de modificar el proceso de maduración de las células sanguíneas comprometiendo sus funciones defensivas, plásticas, analgésicas, etc. En algunos casos, lo anterior puede coincidir con enfermedades  respiratorias o metabólicas que alterando el aporte de oxigeno y glucosa, que son alimentos esenciales del cerebro, condicionan un escenario neuronal que tiene potencialidad de crear zonas hipofuncionantes con las carencias derivadas.

El abuso o mal uso de un recurso nunca puede hipotecar su correcta utilización que nos proporciona sus beneficiosas y gratificantes propiedades, pero para que sea remedio y no veneno, se necesita una información objetiva  y científica de sus indicaciones, aplicaciones, efectos y consecuencias.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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