BlogsDroga, vida y libertad

¡Monjas drogólogas!

Una monitora de las Adoratrices de Málaga charla con las chicas acogidas
Publicado: 23/03/2015: 1228
En los últimos años de la década de los 70 y primeros de los 80, la sociedad malagueña mostraba signos de inquietud ante el progresivo aumento de jóvenes que aparecían en las calles como zombis, y que se consideraban peligrosos por su adicción a la heroína intravenosa; cualquier robo o alteración de la convivencia los señalaba como responsables; se les evitaba, despreciaba y, con miedo, se les toleraba. Con este colectivo de jóvenes-“yonquis”-  nadie sabía qué hacer; los recursos sanitarios  no ofrecían ninguna respuesta y estaban ausentes de cualquier implicación: no eran enfermos sino viciosos. Los servicios sociales, apenas estaban organizados, por lo que la posible ocupación en el tema era simbólica. La realidad era que ellos no sabían dónde ir a pedir ayuda o dónde encontrar a alguien que los escuchara y orientara; su perfil de marginación y pobreza, les hacia sentirse apartados y rechazados por una población en la que se consolidaba una peligrosa alarma social.
 
La historia tuvo su preludio en el Seminario Diocesano, pues su finca, como lugar tranquilo y apartado, era idóneo para inyectarse la droga sin complicaciones; la petición de agua o de algo, facilitó el contacto con las monjas Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús, que con su cariñosa acogida también le ofrecían "comida y mantel".  Después se encontró un sitio más apropiado en los salones parroquiales de S. Gabriel (Malagueta) y de Sto. Domingo (Trinidad- Perchel) donde las terapias de familia y tratamientos iban normalmente  acompañadas de bolsas de alimentos y ayudas económicas en situaciones específicas de urgencia. Allí se presentó para ayudarnos una hermana Ursulina de la comunidad de Palma-Palmilla. Al poco tiempo llegó otra de la misma congregación, y se fue  descubriendo un singular ejército con una vanguardia en que las tareas de acogida, información y orientación, con especial atención a las familias, que son las que soportan, padecen y viven la enfermedad, se completaba con los tratamientos ambulatorios, aunque en muchos casos, ante el desamparo en que estaban y las condiciones de la vivienda, era necesario su ingreso, y la solución se encontró en la Institución Benéfica del Sagrado Corazón ( “Cotolengo”) que nos admitieron a un heroinómano para su desintoxicación. Con la colaboración y entrega de las hermanas, su activo entusiasmo y su exquisita delicadeza, recordada y añorada por muchos enfermos, la superación de la abstinencia fue rápida y sin problemas, y esta puerta se ha mantenido siempre abierta cuando se ha necesitado. El progresivo aumento del consumo en mujeres, menores y adolescentes, tuvo su respuesta contundente y ajustada a su carisma, en las Adoratrices de Sta. Mª Micaela del Santísimo Sacramento, donde se podía abordar los tratamientos en régimen de internado.
 
 Al acompañamiento, la comprensión y la ternura, se le asociaba la pensión completa en una relación horizontal y de respeto que, iluminando sus tinieblas, estas niñas, recuperaban dignidad y categoría de ser humano… y los milagros se presentaban. Una monja en excedencia temporal, responsable de la casa de Jesús Abandonado, ofrecía cena, cama, ducha, y oídos para escuchar. La ausencia de ruido de las Hermanitas de Foucauld de la Virreina señala su muy eficaz participación en esta primera línea. Posteriormente, ante la indiferencia sanitaria y la desprotección social de los infectados por el virus del Sida, las Hermanas de la Caridad abren la casa de Colichet, donde estos enfermos encontraron un puerto seguro donde ponerse a salvo, y sentirse atendidos y reconocidos como personas.  
 
En la retaguardia, que fundamenta y argumenta la razón de ser de la vanguardia, se localiza una división de fuerzas especiales. Cuando admiramos la belleza de un árbol, su frondosidad, vitalidad y elegancia, el colorido de sus hojas y su fragancia, sabemos que es posible porque existen unas raíces enterradas e invisibles: sin ellas no existirían ni belleza, ni salud, ni vida. Las raíces de esa vanguardia, se encuentra formada por una élite de aguerridas mujeres que inmolan su vida en un ejercicio de oración, adoración, alabanza y contemplación que, superando meridianos y fronteras, benefician a todo ser humano; no son conocidas, apenas valoradas y trabajan en silencio y  sin pausas. Son las llamadas monjas de clausura que comparten con generosidad su pobreza material, y desde su riqueza espiritual, regalan sin medida elementos que garantiza felicidad: cariño, ternura, esperanzas y ánimos, son tesoros inagotables en sus manos, y que son los más demandados. Citar a las Carmelitas Descalzas del Monasterio de S. José o Capuchinas del Monte Calvario, es por la implicación más directa que tenemos con ellas, y por utilizar  sus locutorios como lugares circunstanciales de consultas. Esta retaguardia se extiende por los numerosos cuarteles distribuidos por la provincia: clarisas, capuchinas, franciscanas y carmelitas descalzas. No son necesarias sino imprescindibles, pues utilizando el amor como el proyectil más poderoso que existe, y teniendo éste la propiedad de multiplicarse en todos los que lo reciben, constituyen la piedra angular de toda la milicia, pues vivifican, sostienen y alientan a las que se encuentran en el frente, y también a las numerosas personas que acuden a sus puertas con la confianza y la seguridad de encontrar caricias para sus heridas.
 
Este ejército de amor  se encuentra en permanente actividad pues el amor "ni cansa ni se cansa", y, de manera única y admirable, no representa peligro para nadie, pues tiene quebradas la ansías de protagonismo y poder: sus conquistan son otras que a eternidad saben.
 

José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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