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Autohipnosis vigil

Publicado: 23/05/2015: 747

La enfermedad de la droga, por las sistemáticas secuelas neurológicas y la presencia de las recaídas, se define como crónica y recidivante, por lo que es subsidiaria de un seguimiento y una vigilancia terapéutica prolongada en el tiempo. Es pues necesario, y objetivo importante, que el propio enfermo, abandonado el consumo, normalizado en su vida laboral, familiar, social, e integrado psíquicamente, participe activamente en la evolución de su postadicción.

Con la experiencia acumulada en las sesiones de hipnosis y los recuerdos de sus armoniosos, pacíficos y relajados estados de conciencia, esa persona tiene la oportunidad y las argumentaciones suficientes para ser adiestrados en la práctica de la autohipnosis vigil, que conserva la misma metodología y ejercicios que la hipnosis, de la que sólo se diferencia en que es el propio paciente, asumiendo progresivamente el control de la técnica, el que se hace protagonista del proceso terapéutico.

El ejercitarse a diario y hacer un hábito de esta modalidad de hipnosis, le garantiza un puerto seguro donde ponerse a salvo de las olas de la superficie y gozar del silencio y la paz de las profundidades, conformando un escenario idóneo para que la persona aumente la conciencia de sí misma con conocimiento de sus movimientos interiores; pueda sentir la sensación, quizás por primera vez, de autodominio y fortaleza; consolide la secuencia lógica de los pensamientos y, trabajando con menos condicionamientos y más libertad, le ofrece aumento de discernimiento en los conflictos, con soluciones más objetivas y que fortalecen la seguridad y autonomía de sus decisiones. Este panorama, le ilustra y facilita para cambiar remordimientos y recuerdos por esperanzas argumentadas que al crear en su mente una nostalgia del futuro, activa todos los recursos y acelera una neurogénesis que asegura la normalización funcional cerebral. Es una dinámica en que la limpieza mental es un efecto que consigue un grado de funcionalidad cerebral suficiente, para que pueda trabajar con una independencia que la droga le había hipotecado

Se acepta que la espiritualidad es un bien común patrimonio de la humanidad, pues la llamita o el rescoldo de la divinidad que toda persona tiene por creación, se encuentra siempre dispuesta para que cualquier soplo la encienda y la desarrolle en una dirección hacia la búsqueda de respuestas a los deseos universales de trascendencia e inmortalidad. Y así sucede que personas, extrañas a creencias o religiones, pero con la recta intención y la luz de la razón, en esa situación de paz, armonía y silencio, al reavivarse las ascuas mortecinas de su espíritu, "y no sin el influjo misterioso y secreto de la gracia", les aprieta una necesidad intrínseca que le impulsa a investigar el origen, meta y fundamento de su vida, y no dejan de encontrar la Verdad que les está esperando en el hondón de su ser: su vida adquiere una nueva y especial sintonía.

Para el creyente, el tema se presenta más directo y con unos matices que la aportan especiales características, pues en esta ruta interior que le hace bucear en sus profundidades, se le presentan recuerdos gratificantes de su niñez y juventud en que las devociones, rezos, catequesis, fiestas, misas, confesiones y procesiones, son intensas añoranzas que con huellas felices inundan su mente, y que le hacen sospechar que en ellas se encuentran las respuestas a todas esas inquietudes que le interpelan, y que fueron precisamente el señuelo que la droga utilizó para que, con la esperanza de soluciones, la esclavizó en un consumo que desencadenó la gran frustración de su vida. Y así, inicia la recuperación de sus prácticas religiosas, y en el silencio de sus plegarias, y las luces iluminando sus espacios interiores, condicionan que el alma se despierte y active sus recursos que tienen sabor a divinidad y que empiezan a retumbar de forma significativa en todo su ser.

La memoria hace su función, y las verdades que conforman su fe, saltan al consciente, y rumiando que Dios lo creó en un acto de amor, a su imagen y semejanza, dejando una impronta divina en su alma que la señala como templo del Espíritu Santo, la persona se encuentra en condiciones para ser íntimamente seducida y entender que ese tesoro del que es portadora, puede y debe conocerlo y "utilizarlo"; es entonces cuando Dios deja de ser una entidad mental y se empieza a descubrir como Presencia que vivifica, anima y diviniza.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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