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¿Por qué el botellón?

FOTO: EL MUNDO
Publicado: 10/09/2015: 984

Muchos adolescentes y jóvenes, no especialmente marginados ni conflictivos, se reúnen los fines de semana con la intención de divertirse y pasarlo bien, y  utilizan el alcohol como instrumento para relacionarse con los demás, pues consiguen de manera fácil, rápida y barata un estado de euforia, alegría y desinhibición que facilita ese objetivo. Se congregan en espacios públicos que ellos sienten suyos, de tal manera, que están dispuestos a defenderlos como algo propio, y la firme convicción de tener perfecto derecho a gestionarlo, recreándose en una experiencia de libertad y autonomía. La fuerza y seguridad que proporciona el grupo, la ausencia de límites horarios, la clara percepción de no ser una actividad de riesgo, y el empañamiento de normas éticas, morales o sociales, completan un cuadro muy sugestivo y atrayente, que se encuentra reforzado por la rebeldía patognomónica de la edad. En un primer análisis se evidencia que lo importante no es el consumo de alcohol, sino la necesidad de comunicarse y sentirse seguros en un grupo de iguales, con plena libertad para hablar y hacer. No tienen conciencia de estar haciendo algo malo: el sitio es público y la venta de alcohol es legal. Son tiempos añorados  durante la semana. Ellos crean, durante esos días, una realidad que, aunque sea artificial, ofrece una tregua a la angustia o sin sentido que bulle en la mente de algunos. Viven una experiencia satisfactoria y se alejan de una sociedad llena de cosas pero hueca en contenidos,  generadora de una desarmonía interior que desencadena una disconformidad honda y profunda, en que la soledad, la falta de solidaridad, la inseguridad, y en general las condiciones de deshumanización, crean las condiciones idóneas para que nazca una conducta que se puede considerar adaptativa. Para ellos representa una  psicoterapia semanal a la que no quieren renunciar.
Pero  lo anterior es un síntoma que nos señala que algo importante está detrás de todo esto, y que debemos investigar para conocer sus causas, y no quedarnos en una preocupación del fenómeno botellón activada por las repercusiones sobre el descanso de los demás, posibles alteraciones de orden público, suciedad y medio ambiente, o signos que provocan alarma social, pues con estas perspectivas las soluciones serán accidentales y superficiales, como puede ser el cambio de lugar a zonas aisladas y que apenas generan molestias, porque entonces estamos recogiendo el agua y no cerramos el grifo.  Lo verdaderamente esencial es la existencia de un problema de salud pública que incide en niños, adolescentes y jóvenes que beben de manera compulsiva, rápida e intensa y con un ritmo a modo de fiesta patronal semanal, sometiendo, transitoriamente, al cerebro a un cambio brusco de su estructura bioquímica, provocan que esa desorganización neuronal se convierta en permanente, y de funcional pase a orgánica; el resultado es un cerebro primaveral deteriorado. Estamos contemplando la salud de los elementos  más importante de nuestra sociedad y que significan el tesoro más preciado de la comunidad: los niños. No podemos olvidar que somos los adultos, los arquitectos de su cerebro y de los arquetipos que condicionan su dirección existencial. Queremos que cambien ellos, pero nosotros, ¿estamos dispuestos también a cambiar?, ¿cuáles son nuestros deseos durante esos días de descanso?, ¿pero no son imitadores del mundo de los mayores?, ¿sus ideas han surgido por generación espontánea?, ¿la cultura del botellón no es heredada? A veces, los adultos, ¿no buscamos también ese nihilismo etílico?, ¿la miopía intensa del futuro y el "axioma” del carpe diem, quién lo ha grabado en sus mentes?

Con carácter urgente se debe abordar la fábrica de donde siguen saliendo niños que se suman a esta filosofía de vida: la familia. Las consecuenicas de una educación familiar, en que formamos niños esclavos de sus deseos, escuchadores sólo de elogios y halagos, caprichosos, y con una orientación en que la disciplina, el orden, la voluntad y el esfuerzo son hipotecados, florecen con fuerza en la adolescencia. Las actuaciones preventivas deben colocarse en ese  escenario pues presenta la ocasión única e irrepetible para que el niño desarrolle sus potencialidades, y dirigirlos hacia los valores en los que la humanización y el sentido de la vida tengan sólidas opciones; es intensificar la renovación de valores, pues en esa etapa podemos grabar directamente, sin filtro de ninguna clase y sin oposición, las motivaciones que consideremos mejores para su conducta y ayudarles descubrir sus abundantes tesoros internos para que, en su desarrollo, alcancen la libertad de su autonomía y así elegir la dirección hacia las que orientar sus vidas.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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