BlogsDroga, vida y libertad

La locura de la droga

Publicado: 23/09/2015: 733

Es evidente que las motivaciones de una persona para consumir una droga se concretan en las perspectivas que tiene en pasar un buen rato, hipotecando problemas y complicaciones y disfrutando de un estado de conciencia  positivo y gratificante, que lo considera como un premio a su situación de estrés y complicación existencial.
La querencia le hace repetir el consumo y con la convicción, siempre subjetiva, del autocontrol, la dinámica sigue su curso hasta que se consolida una dependencia bioquímica cerebral que esclaviza la mente y la conducta de la persona para continuar con un consumo que no le soluciona nada:  crea nuevos problemas, despierta los latentes y agrava los presentes, y todo dejando un cerebro tocado, contaminando la farmacia cerebral y alterando su vida afectiva y emocional que representa la auténtica realidad que fundamenta la calidad de vida de una persona. Al deteriorar la química de la secuencia lógica de los pensamientos, precipita una cierta confusión mental que distorsiona el sentido de la realidad. También sucede que en el contenido de la conciencia se mezclan pensamientos e ideas deseadas, pensadas, proyectadas o imaginadas con las que se experimentan y viven durante los episodios de consumo, y la interpretación de los acontecimientos diarios se realiza desde este caos mental. La fantasía adquiere categoría de realidad objetiva, y la voluntad, enflaquecida ante el deseo del consumo, se convierte en potencia inútil, dejando a la persona disminuida en su libertad y en su capacidad para elegir; es fácil que la percepción de fracaso en sus expresiones emocionales, provoque un sentimiento de hostilidad hacia todo lo que le rodea e incluso hacia sí mismo. Sentirse aislado y solitario conduce a la desintegración mental del mismo modo que la inanición conduce a la muerte; pierde su individualidad, y  su vida pierde significado y dirección. En esa situación de soledad y de insignificancia ante el mundo exterior, un fácil mecanismo de evasión lo constituye el retraimiento de ese mundo para eliminar la amenaza que de él proviene y la inflación del propio yo, de manera que el mundo exterior se vuelva pequeño.
El deterioro de la armonía, equilibrio y jerarquía cerebral condiciona y propicia una vida alejada de un orden, con ausencia  de normas sociales y familiares, y sin valores referenciales sobre los que fundamentar  una convivencia y asegurar unos límites que le ofrezcan seguridad en su conducta: son las condiciones idóneas para que en esa persona se consolide una cierta pérdida de su yo como referencia individual y social, y con la pérdida de objetivos existenciales, los significados también lo hacen, y la neurosis del vacío se hace protagonista de su vida: “el único bien de mi vida es aquello que me provoca el olvido de mi existencia”; en ese confuso estado mental, sustentado por una desorganización bioquímica cerebral, y precipitado por una sensación de impotencia paralizante, se puede presentar una  psicosis terapéutica, como manera de aliviar y ofrecer salida una situación singularmente traumática y estresante del contenido de su conciencia.
Ciencia, tiempo, trabajo, paciencia, interés y suerte son los elementos para conseguir el objetivo principal y más significativo de todo abordaje terapéutico de las adicciones: la recuperación de la normalidad funcional cerebral.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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