BlogsDroga, vida y libertad

Una adicta en clausura

Publicado: 10/10/2015: 637

El primer consumo de una droga se identifica en muchos casos con el inicio de la enfermedad, pues, al estimular el sistema de recompensa cerebral, desencadena estados de conciencia gratificantes que grabados en los circuitos neuronales están siempre a la espera de ser rescatados por un recuerdo que, potenciado por la imaginación, se presentan en el consciente como experiencia positiva.

Esta es la secuencia que hace que la persona desee repetir la experiencia, especialmente cuando las consecuencias negativas necesitan un tiempo prolongado para que se hagan evidentes.
Elena llevaba ya más de tres años de consumo y la droga se había hecho protagonista de sus pensamientos, palabras y obras, y  se encontraba esclavizada en la rutina de  ganarse la vida en la prostitución. No tenía conflictos porque su deteriorado cerebro apenas tenía libertad para pensar y decidir,  y el proxeneta que la controlaba le garantizaba la dosis,  e incluso en tiempos difíciles, se la proporcionaba a cuenta. El equipo de chicas a la que pertenecía Elena pasó a depender de otro proxeneta y las cosas se complicaron porque las exigencias y malos tratos físicos y psíquicos, la hicieron rebelarse, y la paliza que recibió necesitó un ingreso hospitalario.

Dada de alta, volvió a casa de sus padres, pero a los pocos días  recibió la visita del  nuevo jefe para cobrar una deuda pendiente. El padre le pidió tiempo para reunir el dinero, y la respuesta fue un intento de secuestro que resultó fallido. Las amenazas por teléfono crearon una angustia constante en la familia, y de manera muy particular en Elena, que desesperada, no sabía qué hacer. Se discutió la idea de esconder a Elena en algún lugar durante un tiempo suficiente hasta que la familia pudiera pagar.
La historia fue comentada con la priora de un convento de clausura para valorar la posibilidad de que fuera admitida en la hospedería que se encontraba prácticamente sin utilizar. Consultada la comunidad, fue acogida por unos días pero en absoluto secreto y con el compromiso de no salir ni comunicarse con nadie.

Ante la sospecha de estar vigilada, un policía amigo se responsabilizó de la estrategia del traslado para evitar que localizaran el lugar donde se la iba a llevar. El recibimiento de las monjas fue de un cariño silencioso y con unos ojos rebosantes de ternura  que demostraban que en las motivaciones de amor, el temor se encuentra hipotecado.

El tiempo se prolongó más de lo previsto pero la convivencia se fue consolidando con enriquecedoras delicadezas, y Elena empezó a vivir una situación de paz y tranquilidad que le fue descubriendo una manera de vivir que no entendía pero que le proporcionaba unas sensaciones  que, asociada a la singular y contagiosa alegría, y a las continuadas bondades de las monjas, le hacía reflexionar y consolidar en su mente que la felicidad es posible. ¿La droga? simplemente "se le olvidó".

Las hermanas de oficio en la cocina la tenían mimada con la comida, pues la veía muy delgada y desmejorada, y a veces, el aroma de las enchiladas mejicanas inundaba toda la casa. La relación con las hermanas empezó a tener unos matices de afectividad y de solicitud que hacían nacer en Elena fuentes de amor que nunca había conocido, y en su encierro vivía la mayor libertad que jamás había conocido. El tiempo se prolongaba y aunque el secreto estaba controlado, la situación se podía descarriar. Un familiar  que    residía en otra ciudad, la invitó a vivir en su casa hasta que todo quedara resuelto. La despedida del convento fue muy emotiva: los gestos, las miradas y los apretados abrazos sabían a toneladas de cariños.

Actualmente y después de más de 15 años, la añoranza de Elena por estos intensos y singulares días, son argumentos de sus conversaciones, y la experiencia de una manera de convivencia en que el protagonismo del amor convierte la vida en un periodo de felicidad,  es algo que la ha transformado el hondón de su corazón, y la inquietud de una trascendencia la hace orientar su vida a un Dios  que las monjas le había informado que es el que ofrece sentido pleno a toda existencia.

Y es que en lo más profundo de todo ser humano existe un impulso que proviene de Dios, y asegura que en el camino para encontrarlo nadie se pierde porque, ¡es tan grande!

José Rosado Ruiz. Médico acreditado en adicciones
 

 

 


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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