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Cocaína durante el embarazo

La sangre de la madre es exactamente la misma que, a través de la placenta, llega al embrión
Publicado: 29/10/2015: 1618

La supervivencia de la especie humana se encuentra asegurada por su capacidad para la procreación en la que el óvulo, fecundado por un espermatozoide, conforma una estructura con los recursos necesarios y suficientes para que en su desarrollo, consiga una entidad con todas las características de un ser humano. Este óvulo fecundado, anida en la pared del útero de la mujer durante el periodo más importante y resolutivo de toda persona, y en este puerto seguro tiene garantizado protección, defensa y cuidado en un periodo de nueve meses en los que activa sus potencialidades, y que en una singular multiplicación celular y diferenciación especializada, va adquiriendo progresivamente, desde el embrión y feto, la realidad de un nuevo ser.
Es una unidad, que aunque se encuentra en una etapa transitoria de desarrollo y maduración para alcanzar su autonomía e independencia, tiene todas las condiciones idóneas para su normal desarrollo, y participa plena y directamente  en lo que la madre vive y experimenta, y ésta, como toda persona, en sus movimientos emocionales necesita, para que estos existan, un soporte bioquímico. Así, una reacción de enfado o de ira es imposible sin un neurotransmisor denominado adrenalina que se hace presente en la sangre y es causa de los signos clínicos cardíacos, respiratorios, musculares  y psicológicos que acompañan a ese movimiento emocional.  Si la reacción es de tranquilidad, alegría y paz, las endorfinas y dopaminas son los principales e imprescindibles mediadores químicos que provocan esos efectos y desencadenan los síntomas clínicos que evidencian gratificaciones y felicidades. De manera similar suceden con todos los posibles supuestos, y es el argumento que justifica el cuidado del mundo afectivo con el que se rodea a la mujer embarazada, y la importancia terapéutica de las vivencias emocionales positivas y los peligros de las negativas sobre ese binomio madre-hijo tan intrínsecamente identificado.
Pues bien, la evolución de las adicciones señala el aumento significativo de mujeres consumidoras de cocaína, de tal manera que las cifras se aproximan a la de los varones, y como la mayoría se sitúan entre edades  que coinciden con los años fértiles que se mantiene en  un arco de los 15 a los 45 años, se explica el progresivo y peligroso aumento de embarazos. Sucede, con cierta frecuencia, que la cocaína provoca alteraciones del ciclo menstrual e incluso tiempos de amenorrea, por lo que la ausencia del ciclo menstrual, se valora como efecto de la droga y no como un embarazo, y la mujer sigue consumiendo, y cuando el embarazo se diagnostica, han pasado 8 ó 10 semanas que es precisamente una etapa que coincide con la fase embrionaria de la formación de los órganos y estructuración del sistema nervioso central.
La sangre de la madre, que es  vehículo de la cocaína, es exactamente la misma que, a través de la placenta, llega al embrión y con igual proporción en cantidad y calidad, y hace sus efectos de manera desproporcionada, pues se encuentra con una estructura inmadura, vulnerable y sensible; deteriora su dinámica normal, altera los circuitos neuronales y sus mecanismos de acción diseñado en los programas del ADN, que es el que ofrece las informaciones para el desarrollo armónico de la persona en su conjunto, y desde luego contamina informaciones genéticas que dirigen el proceso de maduración; por esto se contempla una fundamentada hipótesis de los efectos de algunos metabolitos de la cocaína ( el cocaetileno cuando se le asocia el consumo de alcohol), sobre los cromosomas y concretamente sobre sus genes que tienen las características hereditarias, por lo que pequeñas alteraciones provocan graves consecuencias. En cualquier caso, se condiciona un escenario favorable a múltiples y diversas patologías.
En resumen, el niño vive y sufre los subidones de la madre después del consumo con sus alegrías y euforias patológicas,  y los bajones en  tiempos de no consumo, con angustias, miedos e incluso  psicosis cocainómanas, y los síntomas estresantes del síndrome de abstinencia: el embarazo pierde su normal desarrollo y se valora como de alto riesgo.
Esencialmente, el verdadero problema es que estamos (es una responsabilidad común) fabricando personas con posibles carencias físicas y mentales.
Consumir cocaína es un error, pero el consumir durante el embarazo es una tragedia.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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