San Rafael Arnáiz
Publicado: 10/11/2015: 1416

La palabra Trapa, que suena a una marca de chocolate, identifica a los monasterios cistercienses de la estrecha observancia en los que viven unos monjes que han hecho del silencio el medio más eficaz para poder hablar constantemente con Dios, y que sólo se rompe, en un estallido de alegres y armónicas voces, cuando la comunidad se reúnen para  intercalar, los jubilosos, esplendorosos y cuidados cánticos de las 7 horas litúrgicas que conforman una jornada iniciada a las 4,15 de la mañana con el oficio de vigilia y finaliza con las completas hacia las 20,40 h., que siempre, están adornadas por la dulce, tierna, delicada y amorosa Salve solemne   (la Virgen María es el instrumento terapéutico más utilizado por los trapenses) que como broche de oro, se convierte en una despedida, con ansías en amores inflamada, para que llegue pronto, ¡otra vez!, la hora de la vigilia del día siguiente. Todo esto se acompaña de una austera austeridad de vida que, con su trabajo manual, hacen de la pobreza radical, el más específico y abundante enriquecimiento interior, ya que les asegura una digna autonomía y la liberación de todas las ataduras.

Estos monjes tienen una hospedería donde llegan personas para en ese ambiente, aumentar y fortalecer su fe, otros por curiosidad o turismo, algunos pidiendo ayuda y muchos buscando respuestas a sus oscuridades e inquietudes; todos, independientemente de sus creencias, son recibidos y acogidos con exquisito respeto y cordialidad.
Miguel, era un joven de 27 años que desde hacia unos meses se encontraba en tratamiento por su adicción a la cocaína, pero con poco éxito pues siempre estaba viajando por las zonas que le marcaban la empresa, y en Málaga, que era su residencia, estaba de manera esporádica, así que el seguimiento de su enfermedad no se podía sistematizar, y las recaídas eran muy frecuentes: el problema estaba descontrolado. Un día apareció en la consulta en un estado  desesperación y angustia pues su jefe le había señalado que si no cambiaba lo tendría que despedir. Me comentó que le tocaba hacer la ruta de Castilla la Mancha que la trabajaba dos veces al año, y que allí había pasado un día en la hospedería de unos monjes, por lo que iba aprovechar para pasar con ellos un fin de semana tranquilo, aislado y pensando  en su situación.
Se refería al Monasterio trapense de S. Isidoro de Dueñas de Ventas de Baños  (Palencia). Fue la oportunidad para ofrecerle un pequeño rostro de Cristo que había sido bendecido sobre los restos del Hermano Rafael Arnáiz que se encontraba en proceso de beatificación, y le informé que era tiempo oportuno para pedirle favores. Le sugerí que visitara al H. Evaristo que era malagueño de pura cepa y que se alegraría conocerlo y hablar con un paisano. Así lo hizo, y la entrevista fue muy singular, emotiva... y prolongada. No entendía su modo de vida pero las sensaciones de paz y tranquilidad que experimentó ese día se quedaron grabadas en su hondón. El hermano le regaló una postal de la Virgen que se encuentra en la Iglesia y le insistió que Ella era la omnipotencia suplicante y el refugio seguro donde todos los monjes se ponen a salvo; le aseguró que él rezaría a Ella por sus problemas y que no lo iba a olvidar. Vino impresionado y con la cabeza llena de "cosas". La visita al hermano la repitió en dos ocasiones.
En una de sus recaídas, intentó suicidarse pero el recuerdo del H. Evaristo y lo que él le había dicho de la Virgen, le hizo despertar a un estado de conciencia en que de manera espontánea se sorprendió musitando con los ojos llenos de lágrimas lo que su madre de pequeño le repetía cuando lo acostaba: "Bajo tu protección nos acogemos Santa Madre de Dios..."
Actualmente el H. Rafael ha sido proclamado Santo por la Iglesia Católica; el H. Evaristo se encuentra contemplando a Dios en el cielo; Miguel ha normalizado su vida laboral, pero, sobre todo, las ascuas encendidas de su espíritu se han transformado en llamas que calientan su vida; y los monjes trapenses, "silencio en los labios, cantares en el corazón", siguen caminando con la vista fija en el Amor, y sabiendo con certeza que sus oraciones son los "estímulos" para un Dios que nunca deja una plegaria sin escuchar, y que no cesa de enviar bendiciones que iluminan los corazones y explican casualidades terapéuticas y sanadoras..., y es que la casualidad es el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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