Publicado: 04/01/2016: 786

En la dinámica existencial de toda persona, le llega una etapa en que tomando conciencia de su ser como entidad, se descubre como única, irrepetible y con unos deseos de trascendencia que le llenan de inquietudes sobre el sentido de su vida, y el contemplar la desaparición física como una realidad rutinaria, le provoca un movimiento de rebeldía, porque, aceptando la muerte biológica de una manera resignada, no dejan de estar presente mensajes que salen de su hondón que le hacen sostener que su esencia como ser no desaparece, y no le es ajena la  percepción íntima e inexplicable de ser un espíritu localizado que tiene categoría de permanente.

La información de las grandes verdades de nuestra fe en los años de la  niñez, adolescencia y juventud, representa un instrumento terapéutico físico y mental, pero singularmente espiritual, que es la dimensión que anima, dirige, orienta y ofrece respuestas a todas las interrogantes. Así, la catequesis se presenta como una necesidad y un derecho de toda persona que tiene la posibilidad de conformar un escenario en el descubrir el significado profundo de su vida: es un recurso selectivo para la felicidad de la persona. No ser informado de esta dimensión espiritual, y de una manera especial de su filiación divina, es una grave mutilación grave, pues le hipoteca el desarrollo de su divinidad, que es el objetivo de su creación.
El joven que se encuentra ante una sociedad llena de cosas y vacía de contenidos,  que no ofrece respuestas fiables y seguras a las dudas, enigmas y desasosiegos que bullen en su interior, y que aspiran a ser resueltas, se encuentra con la droga que le desencadena sugestivos estados de conciencia que, sin dar soluciones, sí le hacen vivir experiencias en unas espacios interiores que le aproximan a unos límites en que se vislumbran posibles alternativas y, aunque estas situaciones son efímeras, les queda una querencia para repetir en la primera ocasión y profundizar en unos estados mentales que considera placenteros... aunque sea sólo para olvidarse de la existencia. Las alteraciones de los mecanismos neuronales provocados por el consumo, alteran la armonía y jerarquía y orden, de un cerebro que es el órgano más perfecto jamás creado y que es el organizador y responsable de todas las actividades que identifican al ser humano.
Un episodio de particular significación traumática familiar, laboral o personal, se presenta como factor precipitante para plantearse su adicción, y decide dejar su consumo. Conseguida esta meta, se encuentra con la misma sociedad, y similares situaciones y conflictos; ausente del presente, con un pasado que quiere pisar y un futuro sin luz, la desorientación se hace dueña de su persona y la desesperanza ocupa muchos de sus pensamientos: valora que la vida es un timo absurdo. Le queda como último refugio su "conciencia", y se introduce en sí mismo en una ruta en la que pide auxilio a la esperanza. Es cuando la mente, con intencionalidad terapéutica, recupera de la memoria y hace presente en el consciente los años de la niñez, que son como respiros y alivios, y es entonces cuando, las verdades de la fe grabadas en la catequesis y asociadas a esos tiempos felices, tienen la oportunidad de ser rescatadas: reflexiones gratificantes aumentadas y reforzadas por una imaginación que afianza matices y colores positivos, señalan otros horizontes.
Estas grabaciones son como ascuas o rescoldos neurobiológicos que afianzados en sus circuitos neuronales, se presentan con la posibilidad que algunos "soplos" pueda convertirlas en llamas que iluminan su dimensión espiritual. Y Dios, del que somos su imagen y semejanza, que se encuentra en esencia, presencia y potencia con nosotros y es la garantía de nuestro ser, vida y conservación, no deja de estar al acecho para aprovechar cualquier oportunidad para que podamos sentir su Aliento.
El escenario interior empieza a recuperar claridades y seguridades, y las añoranzas del pasado se van transformando en añoranzas de un futuro en que la posibilidad de dirigirnos hacia el origen y meta de nuestra vida no es un sueño o una ilusión sino una verdad de inefable garantía.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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