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Espiritualidad académica

Publicado: 02/03/2016: 628

La definición del ser humano como "substancia individual de naturaleza racional" tiene asociada la valoración de ser único, irrepetible, suficiente, independiente y autónomo ( en el ADN se encuentran todos los programas necesarios y suficiente para su conservación, defensa, desarrollo y reparación),  con autoconciencia de su ser y en busca de sentido con una voluntad libre que la hace determinarse por sí misma y asumir esta responsabilidad.

Pero, la razón, como cualidad suprema, y en su ejercicio y desarrollo, también le hace presente importantes interrogantes e inquietudes que le originan unos deseos que van más allá de ella misma, y que mantienen unas intencionalidades trascendentes y de inmortalidad que, superando los límites de espacio y tiempo, le marcan una orientación existencial.

En busca de significados, toma conciencia que es algo más que un cuerpo y un cerebro, pues estas inquietudes, comunes a todo el género humano, no pueden tener su origen en una entidad física, en permanente proceso de muerte y renovación celular, transitoria y efímera, y por lo tanto con valoración de accidente, por lo que no le pertenece generar algo que escapa de sus capacidades, y tiene que ser una entidad de su misma categoría: es cuando intensificando su búsqueda y profundizando en sus espacios interiores, entiende que el lugar de donde surgen esas interrogantes deber el mismo en el que se encuentran las respuestas.

En esta ruta, le llegan señales que la dirigen y le hacen descubrir una dimensión sin horizontes que considera como permanente y esencial y en la que identifica su yo como su realidad más real y que posee la condición de espiritual. En el proceso de discernimiento, llega a comprender que esta dimensión, posee la potencialidad de ofrecer explicación a todas sus incógnitas e interrogantes. Todo lo anterior adquiere particular relevancia, cuando el médico, en su praxis, atiende a una persona con una patología grave y con un pronóstico infausto. La formación en la facultad de medicina, le ha hecho experto en síntomas y en el manejo de fármacos, pero no le han informado de estas dimensiones espirituales, y esta carencia le hace no contemplarla, y aunque sospeche su existencia, no sabe cómo utilizarlas, e hipoteca instrumentos terapéuticos que pueden ser resolutivos para el propio enfermo que, desde su propia condición de vulnerabilidad e indefensión, puede tener la oportunidad de activar los poderosos recursos  de los que las neurociencias nos informan.

Toda actividad que se desarrolla en la persona, independientemente de su categoría física o espiritual, tiene necesariamente unos específicos mecanismos de acción cerebrales localizados anatómicamente. Esta dimensión espiritual se desarrolla en el mismo escenario, en el que los movimientos más sustanciales del ser humano que protagonizan el entendimiento, memoria y voluntad, con sus soportes neurobiológicos, químicos y eléctricos, organizan el mundo de los pensamientos, las ideas y la emociones, que la dirigen y se hacen visibles en su conducta

El estudio  de la espiritualidad como capacidad cerebral y con sus características clínicas, como materia preferente en las facultades de medicina, o al menos con la misma importancia que las "médicas o quirúrgicas", se encuentra justificada en la concepción holística que enriquece el conocimiento del ser humano y que ofrece elementos para encontrar sentido y explicación a la enfermedad y a la vida. Cuando estos territorios espirituales son ignorados, la persona  mutila y amputa su calidad existencial porque pierde su esencia como "substancia que piensa" (res cogitans).
Por estos mismos argumentos, debe ser integrada en el sistema educativo como información privilegiada y adaptada progresivamente, porque es un derecho fundamental que toda persona tiene de conocer sus recursos cerebrales y los pueda utilizar, como remedios terapéuticos.

Cuando se olvida, no se facilita o se obstaculiza la enseñanza de esta dimensión espiritual que  anima y vivifica a toda persona, se le daña gravemente y se puede considerar como un perverso mal trato, pues ocasiona consecuencias patológicas para la salud física, mental y espiritual que conforman la piedra angular para la meta para la que estamos diseñados: la felicidad.

¿Es de razón o mínimamente razonable que una información de esta trascendencia no se valore como una necesidad existencial? ¿No es un "elogio a la estulticia"?


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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