BlogsDroga, vida y libertad

Personalidad poliédrica

Publicado: 05/04/2016: 1497

Disfrutar de una sensación de euforia y alegría, hipotecar problemas y preocupaciones e integrarse en el grupo de amigos que se reúnen para una fiesta, son las motivaciones más frecuentes para el consumo de drogas; por supuesto que la percepción de libertad y los efectos de la expansión de la conciencia, son elementos que fortalecen las anteriores experiencias gratificantes. Pero este estado emocional deja una querencia que le condiciona repetir el consumo y que consolida unos mecanismos neurobiológicos asociados que, cuando la adicción se afianza, son los que le dirigen sus pensamientos y conducta. La idea aceptada por el consumidor que "no hago daño a nadie" y su persistente convicción de autocontrol, le impide valorar los peligros y consecuencias, y nadie deja de consumir una sustancia que le proporciona placer y en la que no distingue efectos negativos.

Pero las ilusiones primeras se convierte paulatinamente en frustraciones, y existen dos realidades cerebrales que determinan la dinámica existencial de la persona. La primera, es el contenido de la conciencia en el que los intereses de la droga ocupan lugares selectivos y abundantes, arrinconando las obligaciones familiares, sociales, laborales, éticas y morales: esto determina la esclavitud que la droga provoca; y la segunda sucede después de un tiempo suficiente, cuando el consumo se ha convertido en enfermedad, y ésta al no ser autolimitada, tiende a prolongarse indefinidamente en el tiempo hasta que una situación límite y traumática, obliga a la persona a que replantee su vida y tome conciencia de su grave deterioro: es cuando la oscuridad del futuro, la ausencia del presente y las sombras del pasado conforman una realidad interior en que las esperanzas son difíciles de descubrir;  una persona puede vivir con muchas carencias pero no sin esperanzas.

Las neurociencias nos informan que el cuerpo calloso, estructura cerebral que se encuentra en lo profundo del cerebro, tiene la función de conectar los hemisferios cerebrales derecho e izquierdo, garantizando una coordinación e integración funcional de ambos y hace posible la conciencia diferenciada del yo o conciencia de sí mismo como persona individual, única e irrepetible. El cerebro racional organiza la interpretación de lo acontecimientos que le suceden a la persona y, valorando las informaciones que le llegan y examinando las circunstancias, ofrece la respuesta más idónea, que siempre tiene una orientación a mantener una supervivencia en las mejores condiciones posibles.
Pues bien, la droga altera las funciones de coordinación de este cuerpo calloso y condiciona una especial disociación e incluso problemas de identidad, como si la persona trabajara con dos "alter egos": con dos cerebros independientes. De alguna manera, la persona pierde conciencia de sí mismo, de su individuación e identificación y se encuentra como dispersa y confundida y con una inseguridad que le crea una impotencia que le impide un discernimiento objetivo del mundo exterior e interior. A esto se la añade la contaminación del contenido de la mente en que el propio consumo le ha hecho experimentar estados de conciencia de plenitud eufórica alternando con los estresantes síndromes de abstinencia, todo en un vaivén de sustancias químicas y cambios de potenciales de acción que desencadenan significativas resonancias internas.

Desde este escenario desordenado, confuso y con matices caóticos, la persona elabora las interpretaciones de los acontecimientos que se le presentan, y que se reflejan en las respuestas que se hacen visibles en una conducta difícilmente predecible, pues depende del protagonismo del hemisferio que las trabaja; ante los mismos estímulos y similares circunstancias, las respuestas son variadas, diversas e incluso antagónicas y, en muchos casos absurdas, pero perfectamente "lógicas" para el consumidor, y esto le separa y aleja de la realidad.

Contemplando este panorama mental, los profesionales tenemos que valorar de manera taxativa, que abandonar el consumo de la sustancia es una condición necesaria pero en absoluto suficiente, pues lo esencial, es dirigir todos nuestros esfuerzos terapéuticos en conseguir la normalidad funcional cerebral, que siempre es posible, pero que necesita la activa colaboración del paciente, consecuencia de una información documentada de su patología que consolide una motivación argumentada, que es la que alimenta el protagonismo en el trabajo persistente sobre el cerebro y que tiene la potencialidad de estimular la singular capacidad cerebral de activar sus propios recursos para su auto-recuperación neuronal y funcional, ofreciéndole la oportunidad de descubrir y gestionar un proyecto de futuro en el que encuentre su pleno sentido existencial y sabiendo hacia qué puerto dirigirse, todos los vientos le serán favorables.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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