BlogsDroga, vida y libertad

¿Médicos camellos?

Publicado: 16/04/2016: 788

Un problema ignorado nunca es un problema resuelto, pero en las drogodependencias el tema se refuerza con el relativismo, que es el instrumento más perverso y eficiente para anestesiar la conciencia social, pues condiciona una indiferencia que determina la falta de interés por la información, y por lo tanto el desconocimiento de las trágicas consecuencias que provoca y, de manera selectiva, las herencias genéticas con la que estamos programando a las futuras generaciones.

Evitar el dolor y buscar el placer es una intencionalidad grabada en lo más hondo del ser humano y que marcará su principal dirección existencial. Es causa primera del consumo de drogas, pero la diversidad etiológica también condiciona una complejidad terapéutica y como no existen enfermedades sino enfermos, los tratamientos, aunque con protocolos generales, no pueden perder su individualidad específica, y nunca los recursos farmacológicos pueden estar hipotecados por razones éticas, morales, políticas o económicas, sino sólo por argumentos terapéuticos avalados científicamente.

Se asume que hagamos lo que hagamos, un grupo importante de nuestros jóvenes y adolescentes van a consumir drogas, y que muchos de ellos no quieren, ni tienen la intención de dejar el consumo, porque no encuentran razones para hacerlo; sus condiciones no se lo permiten; no saben plantearse el problema; apenas tienen percepción de riesgo, ni de las consecuencias negativas y, en muchas ocasiones, su deterioro mental le oscurece el pensamiento de solicitar ayuda e incluso muchos están convencidos que es casi imposible abandonar el consumo.

¿Qué hacer? Se impone el encontrar los métodos y maneras para acercarnos a esa población y ponernos a su lado, en una actitud de respeto dignificante de su libertad y con el objetivo, no de inducirlos a dejar el consumo, sino el de atenderles, orientarles y preocuparnos de ellos como persona, para que ese consumo lo realicen con los menores daños y los mínimos riesgos: es enseñarlos a un consumo “higiénico” porque nadie abandona algo que le produce placer, a no ser que los problemas superen ampliamente los beneficios. Se entiende que es necesario abrir la mente para utilizar todo lo que pueda curar o aliviar el sufrir humano, pero sobre todo, que el enfermo tenga la percepción de ser objeto de cuidado y preocupación.

Todo consiste en informarles con datos objetivos y verdaderos para que asuman el protagonismo de sus decisiones: es informar y orientar con alejamiento de cualquier actitud coercitiva. Es conocer su problema, “desde su perspectiva”, introduciendo elementos de solidaridad, comprensión e interés, que activan unas ilusiones que son las que tienen potencialidad para provocar que ellas protagonice un discernimiento de su situación, y en esta dinámica,  puedan elaborar argumentos que le estimulen para salir de la esclavitud en la que se encuentran.

Se deduce que el usar como fármacos la cocaína, la heroína, cannabis o cualquier sustancia agonista, puede ser una alternativa válida, superando los aspectos legales o éticos, a favor de los objetivos terapéuticos en los que el bienestar y la calidad de vida se conviertan en prioritarios, trabajando en reducir los problemas y no ignorarlos.

En este aprender a convivir con la droga, como mal menor (que siempre es un mal) se introduce también una estrategia la educación sobre el uso de ellas, que es como integrar el “asunto de la droga” en la sociedad para su correcto entendimiento, porque  directa o indirectamente, todos podemos ser “salpicados” por sus efectos. Es admitir, sin reservas ni prejuicios, la existencia de un significativo grupo de personas consumidoras que no podemos dejar a su aire, “con el cuerpo roto y el alma lacerada”, y a las que tenemos que atender, con una escucha activa que sugiera orientaciones e incluso dirigir actuaciones, para que asuman voluntariamente un estilo de vida que le provoque menos problemas asociados a ese consumo.

En este contexto nos podemos considerar como “camellos terapéuticos” sin el menor rubor, pero con el mayor honor de tener la oportunidad de estar cerca de una persona para reconocerla como tal y sembrar en ella semillas de esperanzas que le haga sentir que es importante para alguien y encuentre las motivaciones suficiente para encontrar significado a su vida, con lo que es fácil esperar la cosecha más importante que existe: la paz, pero no como la “pax romana”, política e imperial, sino la que nace de los corazones que se hacen de “carne” y luchan por humanizar todo lo humano.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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