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La persona enferma: invertir en afectividad

Publicado: 26/05/2016: 855

El aumento progresivo de patologías crónicas o de larga duración, constituyen una realidad que es necesario contemplar, pues al ser vivida por el enfermo y la familia como un acontecimiento traumático, contamina la vida social, familiar, laboral y personal. Es imprescindible, considerar la dimensión humana del que sufre, y aquí, la super-especialización supone el riesgo de la fragmentación conceptual del paciente y conduce a una despersonalización en la atención médica, de ahí la importancia de un abordaje integral.

Las necesidades de los seres humanos, en relación con su salud y enfermedad, van más allá de un simple modelo de curación, donde el diagnóstico y la prescripción agotan la actuación terapéutica. Sólo la técnica no basta para atender a estos enfermos: la ciencia se completa de manera exquisita y eficiente cuando aparece la conciencia; la ciencia sin conciencia se resuelve en una perversidad y la conciencia sin ciencia en un fraude. Y es que el factor humano, tiene potencialidad para convertir un episodio traumático, en una experiencia con múltiples facetas positivas para el enfermo y para los que lo cuidan.

Una enfermedad crónica, supone en el que la padece, una afectación de su realidad interna que determinará una especial manera de vivir, y que necesitará en todos los casos, una ayuda al “territorio emocional afectivo”, porque la gran tragedia de muchos de estos enfermos es que, con el tratamiento farmacológico, parece que todo se encuentra hecho, y la sensación de abandono, indiferencia o imposibilidad de hacer algo más, es lo que ellos perciben; de esta manera lo convertimos, en la práctica, en enfermos terminales. Esto, puede acontecer cuando que nos centramos en la patología y sus síntomas, y nos olvidamos que no es un órgano, sistema o miembro lo que está enfermo, sino la persona en su totalidad.

La comunicación con el  paciente y su modo de reaccionar ante el sufrimiento, exigen un conjunto de actitudes de ayuda y servicio: la escucha atenta y exclusiva, la palabra de ánimo, el gesto cariñoso, el diálogo sereno y ancho de tiempo para explicarle su enfermedad, y la actitud de respeto a su persona, son detalles donde el arte de sanar adquiere su más profundo y noble significado: son actos de gran categoría científica, pues estimulan los potentes recursos internos que el ser humano posee. Porque los miedos, temores, dudas, obsesiones, imaginaciones, constituyen su auténtica realidad y con la que se encuentra durante todo el día en un diálogo permanente, en un rumiar y darle vueltas a lo que le sucede y que le hace vivir según cómo lo interpreta: somos lo que pensamos... e interpretamos. Hipócrates afirmaba, que “los estados de ánimo provocan graves y malignas enfermedades”, porque “toca” a lo más íntimo y real de la persona: su mundo afectivo y emocional al que hay que cuidar. Y resulta que, los instrumentos más eficaces para cualquier sufrimiento, son también los más naturales y fáciles de aplicar: un gesto, una sonrisa, una palabra, una mirada, una caricia, desencadena en el enfermo la sensación de ser reconocida, valorada, querida y pueden transformar una mañana gris en un esplendoroso día, que sin duda alguna, refuerza el proceso de sanación: es el humanismo científico.

Como corolario: 1) la enfermedad, obliga a esa persona a un nuevo planteamiento existencial, que supone siempre un esfuerzo y una tensión para adaptarse a un cambio no querido ni deseado, a la vez que aparecen una serie de preocupaciones laborales, económicas y sociales que influyen en su evolución, 2) esa persona ha perdido parte de su autonomía y se encuentra en una situación de dependencia, 3)  la enfermedad tiene una entidad, no en un riñón, pulmón o hígado, sino en la persona, 4) el enfermo no es un débil mental, y puede ofrecer orientaciones y sugerencias muy eficaces, de ahí la necesidad absoluta del diálogo, 5) el respeto absoluto a sus creencias y a las motivaciones esenciales de su conducta,  tenemos la obligación de potenciarlas y utilizarlas para reforzar el proceso de sanación y  garantizar su dignidad, 6) ante un pronóstico infausto, siempre podemos trabajar para que esa persona se sienta atendida, respetada, consultada, necesaria, preferida e importante, y ser estimuladores de esperanzas argumentadas que hacen posible lo imposible... ¿qué es imposible?.

Bueno, existe un “fármaco” que no tiene riesgo de sobredosis, está indicado en todas las enfermedades, posee gran potencia terapéutica y siempre es eficaz: la ternura, que la utilizan rutinariamente las madres... y los que “quieren sacar nota”.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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