BlogsDroga, vida y libertad

Testimonio de amor, fe y alegría

Publicado: 15/06/2016: 826

Después de un tiempo de consumo de droga y varios tratamientos fracasados, Aurora, médico de familia, solicitó ayuda desde una situación límite y con unas esperanzas contaminadas por una inseguridad existencial y emocional.

Las primeras consultas se dedican de manera selectiva a conocer a la persona, no la enfermedad, para crear un clima de comunicación en que la escucha atenta y activa, con una actitud de respeto, de interés y de ganas, para que perciba que es importante para alguien. Es también dedicarle un tiempo suficiente para que se sienta reconocida y valorada y pueda rescatar su dignidad con perspectivas dignificantes. Es conocer su historia, la que ella ha vivido y cómo la ha experimentado, y al comprender su situación, es fácil identificarse con sus problemas, y no se juzga lo que se comprende: la empatía conseguida es la piedra angular de todo proceso terapéutico.

Es entonces la ocasión para afirmar, repetir e insistir con rotundidad que lo importante no es su situación presente, sino lo que fervientemente quiere y desea ser para que una intensa nostalgia del futuro se apodere de ella e inicie con ganas la ruta de su integración y armonía interior.

En Aurora las motivaciones más selectivas y poderosas que existen se hicieron presentes de manera precoz y evidente, porque todas tenían el denominador común del amor que, como es esencialmente transitivo, se centraba en el amor a su marido, amor a su madre enferma y el amor a un hijo muy deseado pero aún no concebido: estos argumentos aseguraban un pronóstico favorable.
Su sentimiento de culpabilidad por el daño causado a personas que amaba, necesitaba ser resuelto para empezar a recuperar equilibrio emocional, y experimentó la fuerza terapéutica del perdón al descubrir que el perdón de su marido y de su madre, lo tenía concedido "desde hacía siglos", y una inefable sensación de felicidad, la hizo resucitar.

Aurora "pisó el pasado" e hipotecando remordimientos, lamentaciones y arrepentimientos, decidió aprovechar su tiempo en buscar soluciones y, al valorarse como alguien y no como algo, orientó sus objetivos en dejar que su amor  se manifestara y desarrollara en las personas que estaban anudadas a su querer... pero como una necesidad existencial..., y una nueva historia empezó a gestionarse.

Como el amor no soporta la espera, Antonio, enamorado de ella, era el estímulo constante, delicado y apacible, pero también disciplinado y sin concesiones, que aportando su gran sentido común, fundamentó una convivencia con los bálsamos de la comprensión y ternura que hicieron minimizar y anular los conflictos que se hicieron excepcionales, y los signos de felicidades aumentaban progresivamente con detalles que sólo el amor puede inventar. El cambio de conducta, la modificación de horarios, los objetivos diarios y valorados conjuntamente, el abordaje de los factores de riesgos, la superación alegre de las dificultades, el no dejarse ganar por el cansancio... y las demostraciones de cariño siempre presentes, le hacían hollar con seguridad el camino.

Claro que es necesario especificar que Antonio tenía la fuerza de unas creencias, de una fe de las que rompen cadenas y libera, y que iluminando su vida, iluminaba también la de "su" Aurora. El ejemplo de vida de su marido, con ese amor que ni cansa ni se cansa, le hizo visible a Dios en su corazón, y comprendió el porqué de "los renglones torcidos de Dios"..., y es que Él siempre se encuentra al acecho para convertir nuestros errores en singulares oportunidades para seducirnos con su Amor.

En la actualidad, Aurora y Antonio, con su madre, gozando ya en las dimensiones de la paz, armonía, luz y amor,  se encuentran confirmados en una realidad espiritual que se alimenta con la entrega a los demás en sus trabajos respectivos, y con su tiempo libre dedicado a una asociación de ayuda a los "últimos de la fila". Es una pareja optimista, dinámica y con un mensaje con esperanzas argumentadas. Hace poco tiempo que apareció en sus vidas un hijo que es un permanente murmullo de amor que les hace brillar en sus ojos una luz muy especial, y que ha hecho nacer en ellos una fe contagiosa que les hace creer en Dios como el ciego cree en sol, no porque lo ve sino porque siente su calor: la causa está ya ganada.

Conocer estas originales historias marca unos antecedentes que señalan la posibilidad de que se puedan repetir; sólo es necesario trabajar en crear un escenario, con las mismas condiciones y los mismos elementos terapéuticos para que pierdan su excepcionalidad y lleguen a ser sistemáticamente rutinarias.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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