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Placebo: recurso cerebral

Publicado: 06/09/2016: 787

No existe ninguna sabiduría en los prejuicios y, sin embargo, éstos se arraigan de tal manera, que son muy difíciles de anular, e incluso llegan a tomar categoría de verdades, por esto es necesario conocer antes de juzgar, para que nunca dejemos hipotecado un recurso que, con mínimos riesgos, pueda aliviar el sufrir humano.

Así sucede con el concepto de la  palabra placebo, asociada a la idea de, cuando no se puede hacer nada, complacer o satisfacer al paciente, como una mal menor -que siempre es un mal- y dejamos de aplicar, por ignorancia, las riquezas de una “fármaco cerebral" que posee singulares efectos terapéuticos.

Existen diferentes maneras de curar y diversos terapeutas: médicos, chamanes, curanderos... en muchas ocasiones con efectos y resultados muy similares, por lo que se deduce que, en el proceso de la sanación, interviene de manera determinante la capacidad de la persona para movilizar sus propios recursos, que se encuentran al servicio de sus ideas o creencias existenciales que conforman un escenario interior donde se localiza sus verdadera y auténtica realidad.

Un acto cognitivo posee un compuesto afectivo-emocional y unos registros neuronales muy definidos y localizados anatómicamente; un pensamiento tiene siempre una repercusión afectiva, fisiológica y conductual, y como es bidireccional, una experiencia física también moviliza componentes cognitivos y emocionales. Son elaboraciones que están sustentadas por un cambio en las estructuras cerebrales y con sus repercusiones en la persona como unidad: no existe ningún criterio que nos permita diferenciar exactamente un proceso psíquico de otro fisiológico u orgánico. Los efectos de un fármaco o un placebo, pueden producir los mismos cambios neuroquímicos dependiendo de las expectativas de la persona; la creencia en la curación, desactiva la red neuronal responsable del proceso patológico y condiciona esa curación, porque creer es crear las condiciones idóneas para que se pueda realizar esa creencia.

Actualmente el placebo se considera la piedra angular para entender la comunicación entre el cuerpo y la mente. Y el efecto placebo, como un fenómeno fisiológico, bioquímico y orgánico, está perfectamente definido como un recurso terapéutico.

La mente, al interpretar los acontecimientos, se manifiesta con unas emociones y sus asociaciones neuro-bioquímicas que  son las dirigen el sistema inmunológico, y si este sistema puede controlar el crecimiento canceroso, o  disminuir e incluso evitar problemas de rechazo en los trasplantes, su estimulación, a través de la mente, encuentra aquí una indicación especial: una elaboración mental es evidente que tiene la capacidad de influir de manera resolutiva  en todo proceso de sanación, porque experimentar unos efectos beneficiosos por el mero hecho de pensar que nos están suministrando un medicamento, es una capacidad cerebral que multiplica y fortalece el rendimiento terapéutico y que tiene que ser aprovechada para el tratamiento de la enfermedad.

Los cambios en la liberación de opioides se producen en el cerebro, en las zonas más íntimamente relacionadas con los sentimientos de recompensa y las experiencias dolorosas: a un grupo controlado de pacientes se les provocó dolor para después  administrarle morfina, hasta que después de varios días se la sustituyo por una solución salina, que produjo el mismo efecto analgésico que la morfina. Posteriormente se la añadió, a esa solución salina, una dosis de naloxona, que es una substancia que bloquea a la morfina ya que funciona como antagonista, y el efecto placebo desaparecía. En los animales funciona de manera similar, siempre con el refuerzo de los reflejos condicionados: ratas tratadas eficazmente con un antibiótico en presencia de una fuente potente de luz, y al poco tiempo los efectos del antibiótico eran evidentes... pero sólo con la exposición a la luz; es una evidencia que un estado de atención concentrado, como la hipnosis no farmacológica, puede conseguir una anestesia suficiente para cualquier acto quirúrgico. Los mecanismos activados, por una actitud agradable o una palabra amable en un momento determinado, son similares a los desencadenados por un antidepresivo.

No podemos seguir dejando la solución de nuestros problemas de salud sólo en las sustancias químicas. Se impone, aunque sea simplemente como higiene mental, la utilización más intensas y frecuente de terapias no farmacológicas y que contemplen no tanto a la enfermedad como a la persona que la padece, y esto sólo necesita que la ciencia nunca se encuentre huérfana de la conciencia, que es la que reconoce, en esa relación de ayuda que es la praxis médica, la dignidad de la persona, fortalece la recta intención de mitigar su sufrir y crea un escenario terapéutico que con unas "gotas de ternura" conforma una fórmula con potencialidad de generar insospechadas, pero demostradas y fundamentadas, curaciones.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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