BlogsDroga, vida y libertad

La familia del adicto

Apoyo familiar
Publicado: 03/10/2016: 821

La noticia que un hijo está consumiendo drogas desde hace tiempo, coge en fuera de juego a la familia; la sorpresa ha dado paso al dolor y la angustia.

La desorientación y la confusión contaminan las relaciones; un ambiente de tensión propicia que los nervios estén a flor de piel y la interpretación de pequeños detalles desencadena tormentas desproporcionadas.  El sentido común parece que huye de los diálogos, y la imaginación ayudada por una falta de información, magnifica las consecuencias de tener un hijo drogadicto.

De manera precoz aparece una vivencia de culpabilidad que es necesario hipotecar porque es tiempo de mirar hacia delante y de reflexionar que si todos  encendemos una vela, podemos convertir en día la noche más oscura, y que la suerte de ese hijo, puede ser la suerte de toda la familia. Con este panorama, no se puede perder tiempo en conflictos y dramatizaciones, sino templar, estudiar y discernir para encontrar y definir el problema, y , cuanto antes, empezar a remar hacia la orilla con todos los vientos favorables.

"Pero, ¿cómo no nos hemos dado cuenta antes?, ¿estábamos ciegos?" El mismo estilo de vida, preocupaciones laborales, económicas y la propia dinámica familiar, con todas sus complejidades, impiden descubrir el problema, especialmente cuando existe un periodo de tiempo, a veces de meses, con un especial silencio clínico en que el consumo no ofrece señales ni síntomas que lo delate; conductas, actitudes y reacciones son valoradas como cosas de la juventud. 

"¿Y ahora qué hacemos?" ¡Ojo! No existen tratamientos rápidos y milagrosos, ni profesionales mágicos ni soluciones espontáneas. El consumo de drogas es la punta del iceberg que nos indica causas más profundas de una realidad que es preciso conocer, por eso es la ocasión y la prioridad de abrir espacios diarios de diálogos y comunicación en ese núcleo familiar para borrar historias pasadas- el pasado pisado- y espurias interpretaciones, sanear las relaciones y consolidar actitudes de solidaridad y ayuda. La recuperación del enfermo tiene una ruta segura cuando la familia empieza a consensuar referencias de convivencia y desarrollar posiciones amorosamente disciplinarias, ya que la propia enfermedad hace al consumidor especialmente manipulador, quizás como un recurso de supervivencia, y el engañar  representa para él un balón de oxígeno: es importante anular el juego de las lástimas y de las compensaciones superficiales, y ofrecer una unificación de criterios para no distraer o gastar de manera innecesaria los recursos terapéuticos.

No es tiempo tampoco de sostener un reproche continuo, pero sí es la ocasión de fortalecer posiciones firmes y a veces rígidas, y de manera especial abandonar los juicios y utilizar la comprensión porque no se juzga lo que se comprende, y entonces es fácil sustituir el verbo comprender por el verbo amar que, con sus diferentes tiempos, conforman el más poderos instrumento sanador que existe.

Es necesario considerar que es una enfermedad, no un vicio, que altera la funcionalidad cerebral que se manifiesta en las emociones y en la conducta, y que es consecuencia de un déficit neuropsicológico, por lo que deja huellas en el mundo emocional y afectivo que necesita tiempo, paciencia, persistencia y suerte para su resolución. Por esto, dejar el consumo es condición necesaria pero no suficiente para resolver el problema. Sacarlo del pozo es el primer paso, pero después hay que sostenerlo, porque esa persona necesita ayuda para normalizar su cerebro...y su vida: no confundir la meta con el camino.

Otro capítulo esencial es el de las recaídas, que con frecuencia están presentes en la fase de la normalización familiar. Por eso se impone no dejar las reuniones y, sin prejuicios y con sinceridad, examinar los valores y referencias existenciales, para ir descubriendo factores de riesgos que pueden desencadenar una recaída, que a veces son episodios accidentales que saltan desde el inconsciente y, sin que la voluntad tenga oportunidad de intervenir, precipitan un consumo que tiene  siempre matices peligrosos, pero que también ofrece la oportunidad de descubrir y conocer sus causas y trabajar para su control... y es que de las drogas no se sale celebrando éxitos sino superando dificultades.

Es la prevención el mejor tratamiento que existe y en ella tenemos que trabajar con nuestros mejores y más selectivos recursos para conseguir cerrar el grifo y no tener que estar permanentemente recogiendo el agua. Y es la familia la estructura más idónea para conseguir esta meta...sin olvidar que a la cima nunca se llega por caminos llanos.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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