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Farmacopea de dioses

Publicado: 21/10/2016: 682

Definir a una sustancia como remedio o veneno, es simplemente cuestión de dosis y de indicación terapéutica y, por ejemplo, la succino-colina (curare) a dosis de 75- 100 mg, vía intravenosa, provoca la muerte por parada respiratoria en pocos minutos.

Sin embargo, es imprescindible y obligatorio su diario uso en los hospitales para inducir, en los enfermos que van a ser intervenidos quirúrgicamente y que necesitan un estado de relajación muscular que permita una intubación endotraqueal para controlar su sistema respiratorio y la dinámica de una anestesia general.  El efecto letal o terapéutico de una droga depende de su correcta utilización, marcando que el abuso de una sustancia no anula su uso, especialmente si éste ofrece alivio al sufrir humano.

La búsqueda del placer y la evitación del dolor en cualquiera de sus manifestaciones, es una consigna grabada en lo más hondo de nuestro ser y que representa la motivación esencial que condiciona el desarrollo de nuestra vida; la persona intenta aprovechar todo lo que le puede servir para satisfacer esa dirección existencial, y aquí aparece el señuelo de la droga con la oferta de paraísos  que muchos quieren disfrutar. El primer consumo se realiza con esta finalidad: la droga moviliza algunas de nuestras  propias sustancias químicas que activan receptores específicos del Sistema de Recompensa Cerebral, localizado en zonas anatómicas concretas, que tiene, como función primordial, a través de corrientes eléctricas y reacciones químicas, provocar un estado de conciencia que se experimenta como gratificante: es una vivencia interior de euforia, alegría, tranquilidad, paz, alejamiento de problemas y ausencia de ansiedades miedos y temores.

 Durante los días posteriores no es difícil rescatar de la memoria esa experiencia, y la persona, recreándose en lo bien que lo pasó, abre un diálogo interno con el interrogante “¿por qué no volver a consumir?” que apenas encuentra argumentos en contra. Y como nadie se cansa  de tener vivencias felices, los consumos se repiten, al principio por necesidad emocional que, en poco tiempo, se transforma en neurobiológica y que abre un ancho camino para conseguir esos estados positivos de conciencia. Pero es conocido que  la fábrica de ilusiones se convierte en fábrica de frustraciones, y es cuando el enfermo pide ayuda, pero con un cerebro deteriorado, herido y con la perspectiva de secuelas neurológicas.

La droga, ese error de cálculo en el camino de la felicidad, descubre y pregona que el cerebro posee los recursos  necesarios y suficientes para crear un estado de conciencia de felicidad, sin necesidad de ninguna sustancia extraña al organismo y sin sus perversas consecuencias. Nuestro cerebro está diseñado, con un programa básico de autocuración, y así sucede que ante una herida que deteriora su integridad anatómica, se movilizan de manera automática los sistemas de coagulación de la sangre que controlan el sangrado, el sistema opiáceo para anular o aliviar el dolor, el inmunitario para evitar la infección, el plástico para reparar los tejidos deteriorados y la formación de una cicatriz que tiende a resolverse con el tiempo hacia una restitution ad integrum. De similar manera sucede ante las "heridas" emocionales, afectivas o espirituales, que movilizan los mecanismos especializados para conservar el equilibro o homeostasis, que garantizan la función integradora de las estructuras que conforman a todo ser humano y que le permiten el desarrollo armónico en la aventura de la vida.
"Pedimos a los dioses los remedios que ellos nos han otorgado” declaraban los pensadores griegos y que hoy certifican los neurocientíficos al afirmar que somos arquitectos de nuestro cerebros, y de manera singular de su contenido, que son los valores que ofrecen significación a nuestras vidas y que son de nuestra exclusiva responsabilidad; el hombre se convierte en lo que piensa, pero tiene la capacidad de elegir esos pensamientos.

Se impone la necesidad de conocer el gran tesoro que tenemos sobre los hombros, pues en él podemos descubrir las respuestas más selectivas y seguras para nuestro desarrollo como organismo vivo, y  teniendo grabado en lo arcano de nuestro corazón, en ese profundo lugar de nuestro ser, la intencionalidad de felicidad, es de razón y razonable que estemos dotados de las capacidades y mecanismos para hacer realidad ese universal deseo... lo contrario seria una estafa existencial que nos situaría en el absurdo más absoluto.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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