BlogsDroga, vida y libertad

Propedéutica espiritual

Publicado: 05/01/2017: 700

La droga, al estimular el sistema de recompensa cerebral, desencadena un estado de conciencia gratificante que se presenta como un refugio rápido para alejarse de problemas y experimentar sensaciones de poder, euforia y alegría.

Como no es una enfermedad autolimitada, tiende a progresar hasta su fase de estado en la que el consumidor se encuentra ausente del presente, oscurecido en su futuro y un pasado repleto de conflictos y cavernas que le condicionan una vida mínima, lánguida, apática y de infausto pronóstico.

Ante esta situación límite de fracaso existencial y motivado por el instinto de conservación, solicita ayuda, y el objetivo de las primeras entrevistas es ofrecerle un tiempo de escucha atenta y activa, en una actitud de respeto para que perciba que es reconocido, valorado y dignificado como persona; es un tiempo de comprensión que, hipotecando cualquier tentación de juicio, facilita y fortalece una empatía que garantiza una sincera y limpia comunicación. Así podemos conocer sus más fervientes deseos, y no tanto su pasado como sus proyectos de futuro; el objetivo se centra en marcar conjuntamente una meta argumentada, y dirigir los recursos y esfuerzos en esa dirección: sabiendo hacia dónde dirigirse todos los vientos serán favorables.

Si el problema se originó y desarrolló en su interior, será éste el lugar donde buscar las solución, así que se le ofrece una información documentada y adaptada de los recursos ilimitados que los neurocientíficos han localizado en el cerebro, y que aseguran una existencia en las mejores condiciones posibles; después de varias sesiones y valorada su situación,  se le indica que, asumiendo el protagonismo que le corresponde, inicie la ruta hacia sus espacios interiores- internarse en su interior- en un trabajo de introspección asistida, tutelada y orientada, para que, con el desarrollo de su potencias mentales, dirigir sus intenciones hacia el objetivo de activar las capacidades de su cerebro.

Hollando estos caminos, se ejercita en discernir y estudiar sus sombras y penumbras, y empieza a experimentar la sensación de poder afrontar e incluso gobernar los elementos que le perturban. Inefables movimientos de paz y armonía le motivan para continuar y profundizar en estas tareas que de manera progresiva le ensanchan conocimientos y le ofrecen respuestas y soluciones.  Es tiempo de luces, despertares y eurekas que le atraen y seducen, y le consolidan especiales añoranzas y "nostalgias" de futuro: las potentes y poderosas fuerzas de la esperanza son estimuladas y se ponen en actividad.

En esta composición de lugar descubre  que es más que un cuerpo o un cerebro, porque se diferencia de ellos y los puede colocar, para su análisis, en un escenario en el que los observa como espectador, y al no identificarse con ellos, aumenta la sospecha que su verdadera realidad no es física ni mental; es cuando empieza a "arañar" una dimensión en la que la palabra "espiritual" aporta una significada definición, y se sorprende con reflexiones sobre el sentido de la vida e inquietudes de trascendencia que van más allá de el mismo. Intensos y profundos deseos de permanencia e inmortalidad, se le hacen presentes en unos horizontes sin fronteras que, señalando una dimensión espiritual, le hace descubrir su auténtica y verdadera identidad: otra historia con matices muy particulares se apodera de su ser.

El médico tiene la obligación de contemplar, estudiar, conocer, activar y desarrollar esta dimensión espiritual para poder cumplir la misión de aliviar el sufrir humano, pues en ella se encuentran los remedios terapéuticos más eficaces y resolutivos que existen, y, de manera singular, ofrece respuestas específicas y completas  a todas sus inquietudes existenciales. Si por alguna razón, en su praxis dimite de esta obligación, traiciona su vocación y  mutila grave y peligrosamente no sólo a la persona enferma sino también a sí mismo.

Y es que esta dimensión espiritual, común al genero humano, no es una parte accidental de una estructura celular, sino la forma sustancial de todo ser viviente que tiene la capacidad de convertir un cuerpo en una persona única, irrepetible, con voluntad libre, independiente, autónoma y con autoconciencia de su ser, y a la que vivifica y anima para que alcance una plenitud que, superando el periodo biológico, se proyecta hacia territorios en los que, ausentes de espacios y tiempos, la felicidad integral plena y absoluta, para la que ha sido diseñada, encuentra su condición de eternidad.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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