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¿Rezar? ¿Por qué?

Publicado: 01/02/2017: 156

Cuando la enfermedad de la droga irrumpe en la vida de una persona, provoca una quiebra en su biografía que tiene unas características especiales, pues se inicia generalmente con una voluntad que apenas tiene ocasión de intervenir y el significativo silencio clínico que marca la ausencia de síntomas desagradables, asociados a la experiencia de estados de conciencia gratificantes, dominados por una perversa idea de autocontrol, explican y justifican el consumo.

Pero la droga, desde el principio, realiza su trabajo en su órgano diana que es el cerebro: deteriora relaciones familiares, sociales y laborales; empobrece el mundo emocional; hipoteca proyectos de futuro, y controla un presente que se encuentra dirigido a un consumo que esclaviza mente y conducta. Es necesario que aparezca una situación límite, desencadenada por un acontecimiento traumático, para que esa persona tome conciencia de su estado y solicite tratamiento.

La familia y el enfermo se lanzan a buscar soluciones rápidas, y las peregrinaciones por diferentes profesionales y métodos, se alternan con recaídas que, como fracasos repetidos, generan un profundo pesimismo y una oscuridad existencial que tiene su origen en la necrópolis neuronal que la droga ha ocasionado en algunas zonas cerebrales. El único bien de esa persona es todo lo que le provoca el olvido de su existencia y, apagando su mente, se deja llevar.

Ante este panorama, el cerebro reptiliano, en un movimiento instintivo y visceral, logra activar su función de supervivencia que le estimula a bucear en su hondón, buscando salidas. Es cuando aparece, en los límites de su conciencia, una llamita de esperanza que pidiendo asilo, le refuerza la intención de seguir hollando estos territorios, y se le hace presente una fuerte sospecha que es algo más que lo que piensa, siente y experimenta. En esta dinámica surge, como solución mágica, la idea de un ser superior que le puede ayudar, y con una desesperada esperanza se aferra a ella porque... "alguien tiene que existir que me ayude".

En principio, es un eco lejano que, rebotando en su interior, va calando, y su vida empieza a ilusionarse con esta alternativa que le hace brotar espontáneamente recuerdos de su niñez, y se le presentan en su mente, jaculatorias, devociones y relatos piadosos llenos de ternura que su madre-¡bendita sean todas las madres!- le repetía en esos primeros años, y se sorprende verbalizando con añoranzas, algunas "letanías" que a modo de rezo salen de su corazón y que le crean estados de ánimo positivos y felices.

Sin darse cuenta, instaura un diálogo con ese ser superior que intuye, cada vez con más fuerza, que le puede ofrecer solución a sus problemas, y  va conformando una plegaria que define la confianza en su misericordia: recuerda las veces en las que su madre le decía que toda plegaria es escuchada y toda plegaría tiene respuesta, y se le empieza a fortalecer la idea de un Dios cada vez más cercano, "más mío", que prepara un escenario idóneo en el que se inicia un renacer con unas energías que le permiten la osadía de organizar un proyecto de vida sin miedos a fracasos, y con especiales matices de trascendencia. Esta seguridad, le hace movilizar los insospechados recursos que como "chispas divinas" todos tenemos, y, quizás por primera vez, se hace protagonista de su historia, y un tímido despertar transformador le ofrece señales suficientes para identificarse como un espíritu localizado. Este giro interior, que se empieza a manifestar en su conducta, se contagia a su madre que nunca ha dudado de la curación de su "niño": los poderosos motores del amor maternal se ponen a tope, y lo que ella "sembró con lágrimas, lo recoge ahora entre cantares".

Los apuntes científicos, documentados por las neurociencias, valoran, señalan e identifican el rezar como un singular factor terapéutico integral, que teniendo la capacidad de ofrecer conocimiento de nuestro interior, abre la posibilidad de descubrir las "razones seminales" que, traducidas y grabadas como capacidades mentales en los circuitos neuronales correspondientes, son transmitidas a todas y cada una de las células del organismo y, siendo de obligado cumplimiento, desencadenan hipersincronías neuronales, que unificando y dirigiendo todos los recursos específicos, ofrecen garantías de una vida con plenitudes.

¿Por qué no utilizar este factor terapéutico integral para iniciar nuestra propia ruta interior? 

Aunque sea a titulo de ensayo, podemos explorar y tantear esta aventura interna en la que no vamos a perder nada, y siempre será una experiencia personal e íntima para conocer nuestra auténtica realidad de manera directa y sin los peligros de las sustancias químicas,
Es la oportunidad de encontrar respuestas a las inquietudes e interrogantes que nos argumentarán significado y sentido a una existencia con esencia... entonces brillará en nuestro mirar la luz del sol.-


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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