BlogsDroga, vida y libertad

Cuaresma terapéutica

Publicado: 10/03/2017: 341

Cuando el enfermo de la droga solicita ayuda, llega cansado de sí mismo, ausente del presente, con una mente confundida, y un futuro hipotecado; este escenario exige que en las primeras entrevistas que conforman la acogida, se le tiene que ofrecer una escucha atenta y activa con un grado de interés suficiente para que perciba que es importante para alguien.

Se le debe regalar un tiempo sin limitaciones y sin de signos de impaciencia, en una comunicación serena y apacible, y con una actitud de respeto para que se sienta invitado a una comunicación que, en principio puede ser errática e incluso incoherente, pero no se trata de analizar su historia clínica, sino que se encuentre reconocido y valorado; la prioridad no es tanto conocer su sufrir como a la persona que sufre. Tampoco es tiempo de orientar o dirigir, sino de comprender, y como no se juzga lo que se comprende,  surge espontáneamente un hermanamiento con el enfermo que despierta una especial sensibilidad ante su situación de vulnerabilidad e indefensión. La empatía/simpatía conseguida, hace que la relación adquiera una cercanía y disponibilidad que, apartando toda indiferencia, consolide firmemente la confianza del enfermo en su terapeuta; los síntomas de una autoestima empiezan a hacerse objetivas,  y condicionan el aumento y consolidación de una fortaleza mental de especial importancia para la integración interior: la piedra angular de todo el proceso de rehabilitación está ya colocada, y se hacen presentes unas circunstancias propicias para que  rescate, con perspectivas dignificantes, su dignidad.

En esta dinámica, ya es la ocasión de insistir para que el enfermo asuma la responsabilidad  que le corresponde en su recuperación, y adquiera conciencia clara que no importa lo que es ni lo que ha sido, sino lo que desea ser, pues antes de echarse a andar hay que saber adónde se va, y olvidando lo que deja atrás, lanzarse a lo que está por delante: el pasado pisado. Para esto tiene que buscar y concretar el por qué y para qué quiere dejar la droga, y consolidar un cuerpo de motivaciones con la capacidad de perfilar un meta que, valorada como un bien, se haga protagonista de sus deseos más fervientes.

De manera espontánea inicia una cuaresma terapéutica ( purificación gozosa en espera de una pascua) en la que marcada la meta y activadas las motivaciones, son estimuladas las poderosas energías de esperanzas argumentadas, y los obstáculos, dificultades y problemas son interpretados y considerados como oportunidades que superadas, le aproximan de manera exponencial a la meta; hasta la propia voluntad, secuestrada por esta intencionalidad de un bien que ha sido discernido previamente por el entendimiento, la mantiene y sostiene en todas y cada una de las células del organismo, de tal manera que la ascesis es experimentada como una actividad placentera y gratificante que enriquece, justifica y compensa muy generosamente, esfuerzos, carencias  y trabajos.
La anterior propedéutica ilustra una idónea composición de lugar que le impulsa a una entrada en sí mismo, y en esta ruta empieza a encontrar recursos y capacidades cerebrales que le alumbran (ventanas plásticas) espacios desconocidos en su interior, y que le hacen sospechar que en ellos se encuentran las soluciones a sus vacíos y oscuridades.

El proceso de introspección, le lleva a distinguir entre cuerpo, mente, y una entidad de naturaleza no física ni psíquica sino espiritual, con sus propias unidades (genes) de información,  que le ofrecen señales de ser "un espíritu localizado" con el que se identifica como ser único e irrepetible, suficiente y con voluntad libre, y decide profundizar e investigar deseos que le surgen y que van más allá de él mismo, y, entusiasmado en la tarea, llega a experimentar plenitudes inefables que responden a inquietudes, comunes al género humano, de trascendencias, inmortalidades e infinitudes.

Este encuentro con nuestra dimensión espiritual es obligatorio, pues llevamos impresa en nuestra más íntima naturaleza la imagen del Creador que nos hace tender en progreso infinito hacia Él: "...el ser humano no se satisface sino con tornar a Áquel a cuya semejanza fue hecho". Y Dios, que se encuentra al acecho, aprovecha toda ocasión para, sin quebrar nuestra libertad, "soplar la brisa de su gracia" y  convertir las ascuas de nuestro espíritu, en llamas que descubren nuestra filiación divina, entonces es cuando... "las peñas se transforman en estanques, el pedernal en manantiales de agua".


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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