BlogsDroga, vida y libertad

Sistema de recompensa cerebral

Publicado: 29/03/2017: 499

Nuestra verdadera realidad, la que vivimos como propia, con la que estamos todo el día y nos ofrece calidad de vida, es la que se desarrolla en nuestro interior, en nuestra mente, en el mundo de los sentimientos, emociones, afectos y deseos; el escenario donde se desarrolla toda la historia es el cerebro, que limitado en su crecimiento físico por la bóveda craneana, no tiene límites conocidos en sus contenidos ni en sus capacidades.

Uno de los recursos a valorar es el sistema de recompensa cerebral (SRC), que localizado anatómicamente, es una estructura neuronal que tiene la misión de, al ser activado por estímulos selectivos y propios, desencadenar estados de conciencia que nos hace experimentar sensaciones  positivas.  Este sistema se encarga fielmente que las funciones de reproducción y mantenimiento del individuo sean singularmente gratificantes, y por esta razón, la comida y el sexo son actividades necesariamente deseadas, pues en caso contrario, la supervivencia del individuo y de la especie estaría muy comprometida. También se encuentra integrado en los  programas grabados en el ADN que nos garantizan, en su activación y desarrollo, una existencia autónoma en las mejores condiciones posibles, y que señalan la felicidad, como meta y efecto de la normalidad funcional cerebral. 
En los animales de experimentación se observa como una rata, al pulsar una palanca que enciende una luz, recibe de manera automática, a través de un catéter intravenoso, una dosis de cocaína que le hace experimentar sus efectos reforzadores. Cuando descubre la relación de causa-efecto, la rata no se aleja de la palanca y aumenta la frecuencia con la que la pulsa. En poco tiempo pierde todo interés por cualquier otra actividad, y prioriza "el encender al luz" para disfrutar los efectos placenteros, descuidando sueño, comida, sexo e incluso hipotecando su instinto de conservación que le hace poner en peligro su vida.

En el drogodependiente, la secuencia con matices, es muy paralela, pues la droga estimula de manera fácil, rápida e intensa el sistema de recompensa, y se graba, en los circuitos neuronales correspondientes como una experiencia de poder, libertad, euforia y autonomía que marcan una querencia que se manifiesta en una intencionalidad para repetir. Los cerebros reptilianos y emocionales, asumen los intereses de la droga, y son los que dirigen la conducta orientada al consumo, disminuyendo el control del cerebro racional que pierde la jerarquía que le corresponde: su racionalidad queda tocada.

Por ser la droga una sustancia extraña y no especifica para el estimulo del sistema de recompensa, y por lo tanto con un mecanismo no fisiológico, contamina y altera su funcionamiento, y como consecuencia, el cerebro herido en su jerarquía, armonía y homeostasis, sufre el deterioro de muchas de sus funciones; las responsabilidades sociales, familiares y laborales, son relativizadas; el mundo emocional se estrecha, y la comida y el sexo son objetivos que al perder importancia y significado, empañan progresivamente el instinto de conservación.

La clínica evidencia a una persona ausente del presente, rumiadora de un pasado lleno de remordimientos y desinteresado ante cualquier proyecto de futuro. Se encuentra confundida y confusa, y una significativa oscuridad mental la conduce progresivamente a una disminución de la conciencia de su propio yo, de su identidad como ser humano; perdida, desorientada y sin motivaciones existenciales que le impiden valorar una posible alternativa, inicia una supervivencia biológica; es entonces cuando se le presenta el riesgo de decidir el "dejarse llevar y disfrutar de la vida olvidando que está viva".

Una conclusión firme y rotunda es que las drogas no añaden nada a nuestras capacidades, y  es razonable y de razón argumentar lo absurdo de consumir una sustancia extraña y peligrosa, que no necesitamos para experimentar estados gratificantes, y que ocasiona una grave alteración en la dinámica de nuestra felicidad, especialmente cuando fisiológicamente y sin complicaciones, tenemos un recurso que nos ofrece de manera específica, directa y limpia, esas mismas experiencias.

Es un axioma que el abordaje terapéutico de una adicción tiene que tener como objetivo "exclusivamente prioritario" la recuperación de una suficiente normalidad funcional cerebral, que es condición para alcanzar la plenitud como ser humano.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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