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Un cura rural: "el frater"

Publicado: 03/07/2017: 718

Vicario de Arriate y atender las pedanías rondeñas de La Cimada y Lo Prados, era el destino de Ángel Ortiz Massaguer cuando me invitó, como amigo, vecino y conocedor de mis inquietudes, a pasar, durante las vacaciones de verano, unos días en su parroquia y participar en sus tareas.

Los compañeros le llamaban "el frater" pues estando en su compañía se encontraban en territorio amigo. Sus latinajos de andar por casa eran celebrados desde los tiempos del seminario. Sencillo, mente limpia, recta intención, con un carácter siempre igual, optimista, sereno, pacifico y buscador de concordia y armonía, custodiaba su lengua en la forma y en la intención: sus palabras tenían la capacidad de modificar una mañana gris en un día esplendoroso. ¿Quién lo sorprendió enfadado o protestando? Su presencia era motivo de paz y alegría, a pesar de una salud siempre debilitada pero de la que nadie escuchaba quejas. El respeto y cariño al obispo lo demostraba con una obediencia rápida, noble y sincera; el pasillo de la obediencia en el seminario menor era su referencia permanente.

Amaba el mundo rural y las escuelas rurales, y las salidas apostólicas por las pedanías eran muy frecuentes. "Voy a enseñar sotana" decía cuando iniciaba sus paseos por el campo, visitando casas y cortijos, y saludando por su nombre a muchas personas y, con  preguntas sobre su familia, trabajo, salud y cosecha, les transmitía una sensación de ser importante para el cura: alguien se preocupaba de ellos y de sus problemas.

Amigo de todos, tenía hipotecada la palabra enemigo. El tiempo para los enfermos era ancho y con  escucha atenta y activa, ternura en su mirada, y sus palabras, "catecismos" que despejaban sombras, dejaba un rastro de paz y contento con especiales efectos terapéuticos.  Imitar su "actitud" me hizo descubrir y comprobar, en la praxis médica, que "donde no llega la ciencia llega el corazón" es una eficaz orientación metodológica para aliviar el sufrir humano.

A pesar de que señalaba: "en tiempo de melones no hay sermones, ni en tiempo de sandías homilías", en la Misa siempre encontraba una justificación para de manera breve,  desarrollar selectivas catequesis que, con sencillas, inocentes e infantiles palabras, al alcance de todos, siempre arrancaba espontáneas sonrisas. Su especialidad de humanizar lo divino y divinizar lo humano, la trabajaba con un sentido común asociado a anécdotas, ocurrencias y "genialidades" que eran muy festejadas: "cosas de D. Ángel".

Generosidad alimentada por una alegre y argumentada austeridad, y empapadas por una bondad "crónica", señalan algunos matices de "el frater".

Cuando años más tarde (1974) fui nombrado médico titular de Arriate y sus anejos, el recuerdo y añoranza de D. Ángel estaba muy presente en el pueblo, y de manera notable en La Cimada, Los Prados y zonas de La Indiana, pues en ocasiones también "salía de su viña" cuando lo necesitaban. Con brillo en los ojos, muchos repetían frases, sentencias y refranes que siempre ofrecían esperanzas, ilusiones y optimismos.

Su tiempo en Torremolinos, con "achaques y disminuciones" de la salud,  continuó siendo "el frater", que creaba un clima de paz, armonía y alegría. En una de las últimas visitas que le hice en su piso, me hizo leer, muy despacio, el himno de vísperas: " Cuando la muerte sea vencida...entonces, sólo entonces, estaremos contentos" que tenía marcado con una estampa en la que estaba escrita una consigna: "Sacerdos Alter Chritus", que parece tenía grabada en su adn espiritual y que evocaba, cuando se presentaba la ocasión, con una contenida emoción.

"Hay un hombre en cada parroquia campesina que no tiene familia y que pertenece, no obstante, a todas las familias. Un hombre a quien se le llama como testigo, como consejero o como agente en todos los actos más solemnes de la vida civil; sin el no podemos nacer ni morir, que nos recibe en el seno de la madre y no nos abandona hasta la tumba, que bendice o consagra la cuna, el conyugal tálamo, el lecho de la muerte y el ataúd; un hombre a quien los niños se acostumbran a llamar padre, y amarle y respetarle, a quienes los mismos que no lo conocen, le reverencian; a cuyos pies llegan los cristianos a descorrer el velo que cubre sus más íntimos secretos, y a verter las lágrimas más ocultas; un hombre que, por su estado, es consolador de todas las miserias del cuerpo y del alma, el obligado mediador entre la riqueza y la indigencia, y que oye llamar a su puerta, ya al pobre, ya al rico; éste, para depositar su limosna sin ostentación; aquél para recibirla sin vergüenza; un hombre que, sin pertenecer exclusivamente a ningún rango social, se enlaza igualmente con todas las clases sociales; a las inferiores, por su vida pobre, y muchas veces, por la humildad de su nacimiento; a las elevadas, por la educación, la ciencia y la nobleza de los sentimiento. Un hombre, en fin, para quien no hay secretos, y que tiene el derecho de decirlo todo, y cuya palabra penetra el entendimiento y los corazones con la autoridad de una misión divina, y el imperio de una fe inquebrantable. ¿Y sabéis quién es ese hombre? Pues es el párroco campesino, el párroco rural. ¡Misión sublime la del párroco rural!" ¿Autor?


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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