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Familia sanadora

Publicado: 12/07/2017: 272

Diagnosticado de una enfermedad crónica y con un pronóstico de vida limitado, después de un tiempo de cuidados y vigilancia hospitalaria, y agotadas todas las medidas terapéuticas, el paciente recibe el alta y es enviado a su casa para un seguimiento domiciliario.

Se ha hecho todo lo posible por la enfermedad pero ahora es tiempo de hacer todo lo posible por la persona que sufre.

La familia acoge a uno de sus miembros que llega con el sello de terminal: oscurecido en su futuro, desolado, cansado, desvalido, mutilado en sus esperanzas y experimentando una cierta eutanasia psicológica. Pero al menos ya se encuentra en territorio amigo, en puerto seguro donde se considera a salvo, rodeado de personas que están anudadas a su querer, y respira tranquilo, porque aunque la ciencia ha llegado a sus límites, ya se sabe que  "donde no llega la ciencia llega el corazón".

Esa persona percibe que es algo importante para todos, y lo comprueba cuando es escuchado, consultado, respetado y reconocido, y de alguna manera, se siente necesario. De forma progresiva empieza a recuperar su dignidad contaminada por una rutina hospitalaria condicionada por una inferencia que le hacía sentirse como invisible, como algo y no como alguien; ser valorado y comprendido representa una motivación que le hace superar la sensación de inutilidad y asume responsabilidades y tareas que contribuyen al bienestar de la familia.

La  convivencia serena, pacífica y pacificadora, y la dulzura, paciencia, espíritu de servicio con el que es tratado y el consuelo que recibe, satura el ambiente de una ternura (expresión más bella y firme del amor) que le causa una integración interior que "vuelve la noche mediodía". En este escenario de armonía, afectividad, equilibrio y esfuerzo común, el enfermo alimenta su mente con ideas de salud y el corazón con destellos continuados de amor que, movimiento esencialmente transitivo que se multiplica al dividirlo, le enciende la chispa de la alegría que le afianza en una tonalidad de optimismo consolidando añoranzas de un futuro sin nubes: la poderosa fuerza de una esperanza argumentada entra en acción.

Ante los vientos de tragedia decide que no se puede perder tiempo en levantar muros sino en construir molinos de vientos que los aproveche, para que "todos los vientos sean favorables" y la enfermedad, interpretada como la oportunidad que se la ha presentado para descubrir el amor de su familia, pierde fuelle: una familia unificada en el amor carece de límites terapéuticos. La calidad de vida adquiere categoría de singular fármaco que relativiza el protagonismo de la enfermedad, que aunque existe, diminuye su presencia que es la que contaminaba muchas de las actividades del día.
Es cuando empieza a disfrutar y gozar de tiempos anchos de silencio, soledad y sosiego, en los que estando consigo mismo y extrañándose de lo exterior, encuentra una ruta interior no hollada anteriormente. Es un mundo desconocido pero que le ofrece una inefable paz interior, y se sorprende contemplando que es único, irrepetible, y con inquietudes que le informan de trascendencias e inmortalidades: la enfermedad le ha hecho estar más cerca de su alma. Una nueva luz le ilumina,  y argumentos que salen de su hondón, le señalan horizontes de plenitudes en los que descubre significados existenciales que, de manera decisiva, le hacen dejar de sobrevivir y empezar a vivir: el presente se llena de contentos y venturas.

En esta composición de lugar se encuentran los factores suficientes para estimular las capacidades cerebrales que las neurociencias han descubierto y localizado, y que conforman especiales programas en el ADN con potencialidad de modificar mecanismos de acción  e incluso genéticos que ofrecen garantías para abordar eficazmente cualquier patología. Son estructuras cerebrales diseñadas para mantener, en todas y cada una de los millones de células del organismo, la intencionalidad permanente de conseguir una existencia en condiciones óptimas, e informarles  de la existencia de los recursos específicos para ese objetivo.

Esta dirección unánime celular, explica científicamente los pronósticos negativos que no se cumplen y se convierten en positivos, las prolongaciones de vida gratificante de enfermos valorados como terminales y, de manera especifica, la curaciones espontáneas, que tienen una importante relevancia estadística en los procesos cancerosos y confirman que en medicina no existe seguridad total, y el "milagro" es definido como la consecuencia de la activación motivada de las potencialidades de un cerebro que, como el órgano más perfecto jamás conocido, ofrece todas las respuestas terapéuticas para lograr la normalidad funcional del organismo que asegura una existencia digna y de calidad.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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