BlogsDroga, vida y libertad

Rector y terapeuta

VESPA. FOTO: Archivo CTI-UMA
Publicado: 28/08/2017: 189

En los primeros años de la década de los 80, la droga estaba creando una progresiva alarma social por la presencia de jóvenes con características muy definidas en las que su aspecto y su conducta sugerían violencia y agresividad; la valoración como  enfermedad no se contemplaba y la consideración de vicioso servía como excusa para que la red pública sanitaria no ofreciera cobertura.

Marginados y rechazados, un grupo encontró en la finca del seminario un lugar donde estar tranquilos y sin problemas para el consumo. En poco tiempo descubrieron que, en el Monasterio de las Capuchinas, a través del torno, le facilitaban agua, en ocasiones comida y palabras de consuelo que consolidaron una relación especial de convivencia. Como médico, yo subía un día a la semana para visitar a las monjas y siempre me llegaba a saludar al rector (Salvador Montes Marmolejo, familiarmente el “Rorro” por su infantil inocencia) amigo de años, y a los seminaristas. Él estaba inquieto ante la situación y quería saber qué hacer, así que informado previamente el obispo (D. Ramón), decidimos reunirnos con el grupo y explicarles la voluntad de ayudar que teníamos.

Con unos seminaristas entusiasmados y unas capuchinas que festejaron esta maniobra, el acercamiento fue desde el principio singularmente enriquecedor para todos. El amplio salón de la portería era el lugar para reuniones y consultas, y en ocasiones puntuales el despacho del rector. El percibir que no eran invisibles, alguien y no algo, el sentirse acogidos, respetados, reconocidos como personas y ayudados de manera espontánea y sin nada a cambio, “y con todo lo nuestro”, fue una experiencia  decisiva para muchos de ellos.

Desde el principio, la figura del Rector, con su permanente optimismo, contagiaba un cariño que le hacía estar atento a las necesidades de sus “nuevos y singulares seminaristas” que con respeto, devoción y admiración le llamaban “padre”.  Su horizontalidad en el trato, hacía que estas personas tuvieran la sensación que eran importantes y objeto de  interés y preocupación. Buen cantaor de flamenco, siempre tenía a punto letras de fandangos, peteneras, bulerías, malagueñas y cualquier palo, que con maestría administraba en los momentos más oportunos y que ofrecían orientaciones existenciales y estimulaban consuelos, alegrías y esperanzas. Cuando se arrancaba entonando, era jaleados con gestos y olés, y unos ojos brillantes y unos corazones ablandados,  marcaban un ambiente de especial eficacia terapéutica. Su alegre austeridad, alimentaba una ancha y delicada generosidad que era denunciada por sus bolsillos siempre con telarañas; fue un tema que discutimos, pero era inflexible: “ellos tienen muchas carencias”.

La limpieza, recta intención y bondad con la que interpretaba los acontecimientos lo señala la anécdota de la moto. Una mañana, cuando fue a utilizar su Vespa, se encontró que había desaparecido y me llamó por si podía recogerlo porque necesitaba ir a un pueblo cercano a oficiar una misa de difuntos. Durante el viaje me comentó lo sucedido y me pidió que, en principio, lo mantuviera en silencio para no alimentar desconfianzas y recelos que podían enturbiar la convivencia. Por supuesto que a la “policía nada de nada”: “la moto era muy vieja y ya estaba haciendo las cuentas para cambiarla por otra nueva y ahora es la ocasión, así que voy a salir ganando” me dijo guiñándome un ojo y tatareando el tanguillo de Cádiz de “aquellos duros antiguos…”.

Motu proprio me reuní con el “Lolo”, que con 7 meses sin consumir, participante y animador de todas las actividades programadas y unas motivaciones argumentadas para abandonar definitivamente las drogas, era una figura de referencia para el grupo y con un cierto liderazgo; yo lo cuidaba como “coterapeuta en práctica” pues  con su entrega, pasión y ganas,  garantizaba escenarios sanadores. Le informé de lo ocurrido y los deseos del “padre” de confidencialidad y prudencia, y, sin señalar culpa ni culpable, mantener un clima de normalidad. En cualquier caso la intención de borrar el asunto como un acontecimiento accidental se presentaba como una solución, y dependía de la responsabilidad, compromiso y protagonismo que el grupo quisiera asumir. Desde luego si se repetían incidentes similares, el riesgo que se hicieran públicos, robustecería la opinión peyorativa social y, con la posibles reacciones, sería muy complicado que ellos siguieran en el seminario, arruinado el proceso de ayuda y acompañamiento, y quebrando el proyecto de rehabilitación en el que el grupo y nosotros estábamos trabajando con tantas ilusiones.

A los dos días, estando de guardia en el hospital, recibí una llamada de mi amigo “Rorro” para decirme, con la voz entrecortada  por la emoción y rebosante de alegría, que al levantarse y asomarse a la ventana, vio la moto en el habitual lugar de la explanada del seminario mayor. Cuando se acercó para asegurarse, la encontró que estaba limpia, reluciente, con el depósito lleno y con un cartón atado al manillar con dos palabras mayúsculas: PADRE PERDÓN.

José Rosado Ruiz.

Ad/ A los diez meses de este suceso, que fue “vacuna terapéutica”, el párroco de S. Gabriel (Miguel Martín García) nos ofreció dos salones para hacer las acogidas y las reuniones y allí no trasladamos; era un lugar céntrico con buenas comunicaciones y las familias podían incorporarse con facilidad a las terapias familiares; se nos presentaba una oportunidad para iniciar una integración social sobre todo porque el párroco había trabajado con los feligreses disminuyendo prejuicios y despertando sensibilidades, y, como un factor muy deseado, el Hospital Noble a pocos metros, nos garantizaba una consulta gratuita de urgencias y una cierta cobertura farmacológica. Se inició otra historia y no tardaron en presentarse cuatro voluntarios ( una religiosa ursulina, dos maestras,  y un ingeniero jubilado) que con el “Lolo” incorporado, conformaron un equipo que descubrió que “donde no llega la ciencia llega el corazón”. El recuerdo, las añoranzas y las anécdotas del seminario, el “padre”, los seminaristas y las monjas, estaban muy presentes.

“Rorro”, estando preparándose para la misa, en la sacristía de la capilla de las capuchinas, recibió la llamada inesperada y urgente del PADRE, pero desde el cielo, cuando contempló la inauguración del centro provincial de drogodependencia (1986), nadie duda que un alegre cante por bulerías sorprendió a los ángeles que de inmediato le acompañaron con un tierno batir de alas.


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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