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La torre del cura

Iglesia de Arriate
Publicado: 25/10/2017: 163

Como médico titular de Arriate, asumí en 1973 la responsabilidad de cuidar la salud de todos sus habitantes: prevención, tratamientos y urgencias, por lo que era obligatorio vivir en el pueblo. Cuando a la semana de empezar a trabajar, el cura (D. Antonio Marañón), se acercó a saludarme y, con firmeza se ofreció para colaborar y ayudarme en todo, experimenté una gran alegría. En poco tiempo comprobé que su ejemplo de vida: sencillez, entrega, amabilidad, prudencia, cercanía y horizontalidad en el trato e interés por los problemas y conflictos de las personas, representaban argumentos suficientes para que fuera muy querido. Vivía cerca de la iglesia, apenas salía del pueblo y su dedicación era de 24 horas: asilo, comunidad de monjas, catequesis, coro parroquial, paseos y visitas para “repartir tranquilidad”, conformaba su disciplinada y ordenada actividad diaria. Todos sabían la hora de la misa, del rosario, día de exposición… Después del desayuno, estaba localizado, durante un tiempo ancho -¿…?-   “calentando silla delante del Sagrario y justificando nómina en el confesionario”, explicaba con humor.

Su austeridad de vida y sobriedad, y la templanza con la que prescindía de muchas necesidades (“deseo morir pobre y sin deudas)  asociada a una leve y suave sonrisa alejada de apariencias, era una predicación permanente que justificaba y explicaba el respeto y admiración a su persona. No era un hombre de “opinión” sino de “unión”, y con esta permanente intencionalidad, promovía, alimentaba y fortalecía una convivencia pacífica y pacificadora, que era un singular bien común valorado como un tesoro a cuidar y conservar,  y por eso todos los habitantes se esforzaban en un ejercicio de tolerancia que, de manera ejemplar, le hacían superar y controlar, con inteligencia y elegancia, las  seculares y antagónicas orientaciones políticas, sociales e incluso “devocionales” (cofradías de “jesuitas” y “cristinos”) para mantener y argumentar un clima tan enriquecedor.

En mi ruta diaria de atender los avisos, era fácil cruzarme con él y tener una “parrafada”; de una manera regular empecé a buscar esos encuentros pues siempre me enriquecían.

Una tarde en su casa, le comenté a D. Antonio que  en el seguimiento domiciliario de los enfermos crónicos o impedidos, algunos me sorprendían con estados de ánimos optimistas y alegres, y en la exploración clínica era evidente la mejoría de los síntomas, que siempre son factores resolutivos de sanación. Buscando las causas de estos cambios tan estimulantes, descubrí la relación que tenía con las visitas que él había recientemente realizado en su tarea de “animador espiritual” y la capacidad que tienen las emociones gratificantes para activar los recursos terapéuticos propios y conseguir una evolución positiva de cualquier patología, en una secuencia no milagrosa sino específicamente fisiológica.

“¿No cree usted que necesitamos muchos animadores espirituales?”,  le pregunté. La respuesta fue inmediata: “La palabra medicina empieza por M (misericordia)) y termina por A (amor)  que son precisamente dos movimientos afectivos que los sacerdotes utilizamos en nuestra praxis espiritual, y  que se valoran como fármacos universales pues se encuentran indicados para todos los males y sufrimientos; claro que para conseguir la felicidad, tenemos perfectamente diseñado el programa más eficaz que existe: las bienaventuranzas, que además son los mejores antídotos para evitar los pecados capitales que son los que originan la mayoría de las enfermedades”.

El periodo en que conocí mejor a la persona, amigo y sacerdote, fue cuando por unas dificultades en la micción, el urólogo le diagnosticó una hipertrofia prostática y la necesidad de intervención quirúrgica.  Aunque no le prestó gran importancia, yo insistí en controlar las alteraciones de su tensión arterial, vigilar sus esporádicos episodios de arritmia y cuidar su prediabetes, y así lo hicimos durante las seis semanas previas al quirófano; fue un tiempo en el que contemplé la frugalidad de su almuerzo, la disminuida cena, el orden de su biblioteca, y abundantes y ejemplares matices humanos y espirituales. La víspera de su ingreso hospitalario me avisó para echar un rato; fui con la intención de relativizar inquietudes, miedos y consecuencias postoperatorias, pero su propósito era otro.

Después de ofrecerme una manzanilla que era su merienda me dijo: “Mira, cuando sucedió el conflicto que tú conoces en la parroquia de D. Hipólito, me sentí señalado y sufrí una honda crisis con un intenso tiempo de oscuridad, vacío y tristeza que me hizo aislarme de todo y de todos… hasta de mis compañeros. No entendía nada y sobre todo no tenía conciencia de culpabilidad, y por obediencia guardé silencio… y soledad.  La Eucaristía, el rezo del Oficio y el Rosario me sostenían una disminuida esperanza. Por ¿casualidad?, la biografía de un dominico alemán, Maestro Eckhart, del siglo XIII, me llamó la atención, y al leer y meditar sobre uno de sus sermones, y después de algunos días de oración, que tenía descuidada pero que nunca abandoné, empecé a comprender el verdadero significado de la palabra Fiat: desplazar la propia voluntad para dejar que la voluntad de Dios obre en mí; desde entonces una singular armonía y paz interior se ha ido adueñando de mi alma.

Yo te he hecho un resumen en este folio* que quiero que lo trabajes, porque si tienes la gracia de experimentar una noche oscura no dudes que es la oportunidad que Dios te ofrece para que te identifiques con su Voluntad: Él es nuestro origen y meta.  Esto es lo único que quería decirte y a mi regreso ya hablaremos”. Fue la última conversación que tuvimos.

Cuando D. Antonio salía de la casa parroquial lo primero que contemplaba a pocos metros era su iglesia S. Juan de Letrán, pues estaba situada en la plaza que, a manera de atrio, sirve de entrada a la puerta principal del templo con la que se encuentra formando cuerpo su esbelta torre: habitaba en “territorio eclesial”.

Al poco tiempo de subir al cielo y alcanzar su plenitud, el pueblo de manera significativamente rápida y decidida le rotuló con su nombre esa plaza-atrio y también le colocó una piedra de mármol en la torre con esta inscripción:                     

"A Don Antonio Marañón Canovaca
-Párroco-
Artífice de esta torre en reconocimiento
a su celo apostólico y labor pastoral.
Arriate agradecido. 24-2-1975”

Su recuerdo y añoranza  aún se mantiene en el corazón de muchos arriateños, y en mío, en el que los sentimientos de admiración y gratitud, se encuentran justificados porque con su praxis sacerdotal me hizo descubrir y sublimar el verdadero significado de mi praxis clínica.                               

*Consideraciones para consolar en su aflicción al hombre capaz de comprender (Maestro Eckahrt. Obras escogidas. Libro del consuelo divino II))


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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