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Droga, razón y fe

Publicado: 17/11/2017: 287

       “No sé qué juicio se formará de mí el mundo; a mí me parece haber sido sólo como un niño que ha estado jugando a la orilla del mar y ha encontrado aquí una piedrecita más pulida, allí una concha más bellamente nacarada, mientras que el inmenso océano de la Verdad se ofrecía ante mí inexplorado”. Newton
     
   
Después de un tiempo suficiente de tratamiento, el enfermo de la droga ha dejado el consumo, controla los factores de riesgo, las recaídas han desaparecido, el clima familiar se ha normalizado y con la recuperación de su antiguo trabajo se encuentra en un periodo de cierta tranquilidad, armonía y equilibrio emocional. Pero, en ocasiones, el pasado se le hace presente y este recuerdo es significativamente el más poderoso estímulo para, con todas sus fuerzas, organizar su vida y nunca volver a la esclavitud y los fogonazos del horror vacui que ha experimentado.

Decide de manera firme argumentar un proyecto de futuro, una alternativa válida de vida que le libere definitivamente de la droga. En estas elaboraciones,  la razón, cualidad suprema, con su capacidad de discernimiento, valora la situación y los contenidos de la conciencia y en este ejercicio confirma que las ideas preceden a la conducta y ésta puede ser modificada por aquellas; las ideas adquieren su verdadero protagonismo y se le presentan como las que originan los movimientos emocionales que identifica como su verdadera realidad. Rumiando estas reflexiones, descubre que no está hueco ni vacío, y se sorprende con la presencia de añoranzas de permanencia y deseos de trascendencia, que al conocer que son comunes al género humano, le señalan que la vida tiene necesariamente que tener una finalidad, una meta, una dirección que será la que justificará su significado existencial: una singular e intensa esperanza le motiva y estimula para buscar las respuestas que deben encontrarse en el mismo lugar de las que surgen esas inquietudes.  Y así, explorando su interior, le llegan noticias de dimensiones propias  pero desconocidas, y la razón, al  contemplarlas sin referencias de tiempos, espacios o lugares y con horizontes sin fronteras, se desconcierta y reconoce sus limitaciones para poder entrar y explicar ese territorio. Pero estas inquietudes despertadas de inmortalidades y trascendencias ocupan cada vez más lugar en su conciencia y le obligan, admitiendo su impotencia,  a seguir  profundizando en su tarea de introspección y autoconocimiento que, en el tiempo, le descubre señales que le hace tener razonables sospechas e incluso cierta seguridad que este es el camino correcto… además tampoco se le presenta otro: la razón llega a sus últimas fronteras y el escenario  que se le presenta tiene matices de suprarracional.

Es entonces cuando la fe encuentra el escenario idóneo para, cumplir su  misión, que es iluminar y orientar a la razón en estas nuevas dimensiones; es una luz que la dilata y le sugiere plenitudes. No es la superación ni la supresión de la razón por la fe, sino que ésta aporta una luz que la abre a una sabiduría que no es evidente a la razón natural, y la hace renacer como una razón que cree a través de la metamorfosis de una fe razonada. Es una metamorfosis en la que sin dejar de ser racional eleva esta razón, y al aportarle una gracia iluminante, cambia su luz natural a una luz “superior” que la razón no puede conseguir por ella misma: la fe le transmite la presencia de Dios como una realidad susceptible de ser experimentada. Esta nueva razón puede, desarrollando los recursos humanos, desplegar la divinidad que tiene por creación. La transición de lo racional a lo espiritual conforma al “hombre nuevo”.

La racionalidad informada por la fe se espiritualiza, y la razón y la fe se fusionan en un solo estado, en una estrecha, íntima y esencial relación de unión que, representando la supremacía del hombre en sus creencias, le hace descubrir su filiación divina, y cautivado, seducido y atraído por  Dios, al que no se va sino al que se vuelve, goza de una  experiencia inefable que le confirma que ha encontrado el origen, meta y término de todas sus esperanzas.

“Nada existe más semejante a Dios que el hombre en su alma” Maestro Eckhart


José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones

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